La fiesta de los negros es una gran contribución a una inquietud de largo plazo que Ezequiel Adamovsky viene desplegando sobre la cultura popular argentina y, en particular, sus dimensiones étnico-raciales —largamente desatendidas. Si en su libro anterior la figura del gaucho y el criollismo fueron el locus de esa indagación, en el presente, el centro es el carnaval de Buenos Aires. Esas fiestas, sostiene el autor, fueron un espacio de encuentro “crucial para procesar las agudas tensiones de clase, de género y étnico raciales que se produjeron en el momento de formación de la Argentina moderna” (p. 13). Sin negar esos conflictos, Adamovsky vislumbra en el carnaval un predominio de “afectos positivos” (240) y un lazo social creado por la dimensión material y corporal de la fiesta. Esta habría contribuido así a la creación de un “nosotros popular”, conllevando incluso “un potencial antirracista” (p. 242).
El recorrido histórico del libro es amplio y minucioso. Su historia se despliega en seis capítulos. El primero describe desde las regulaciones coloniales que buscaron domesticar la celebración hasta la europeización que se alentó desde fines del siglo XIX. Repone la multiplicación de agrupaciones por colectividad y de comparsas, la aparición de grupos de blancos tiznados, la popularización de los pomos, la difusión de la sátira política, la entrega de premios y la organización de corsos.
El capítulo dos, siguiendo a Bajtín, apunta que el carnaval era un ritual de inversión del orden social y que las máscaras fueron un poderoso vehículo de metamorfosis. Reconstruye así las transgresiones que se desplegaron: de clase, visibles en las pujas por el control de la fiesta, en la creciente fragmentación de los corsos tras su democratización y en la concurrencia de jóvenes acomodados a salones populares; de género, habilitando travestismos y relajando los controles sobre masculinidad y feminidad; nacionales, con la escenificación de etnicidades y la proliferación de figuras híbridas como el “cocoliche”; y raciales, desde la práctica del tiznado hasta los encuentros entre blancos y negras fuera de intercambios previstos. Frente a quienes interpretan estas burlas como xenófobas, el autor sugiere que funcionaron más como mecanismo de distensión y que “a través la burla humorística, más que agredirlos, se los incluía” (p). Este énfasis en la integración por momentos corre el riesgo de minimizar la violencia simbólica de los intercambios.
Desde el capítulo tres, las transgresiones raciales son objeto de un profundo análisis histórico. Se realiza un relevamiento cuantitativo de las comparsas tiznadas entre 1864 y 1914, distinguiendo tres tipos: agrupaciones de “falsos negros”, de afroporteños y “africanizantes” (77). Se examina su evolución, sus letras y géneros, y los contrastes entre comparsas “musicales” y “candomberas”, que se extinguirían bajo las presiones gubernamentales de europeización.
El capítulo cuatro analiza la irrupción de las agrupaciones gauchescas y la instalación del criollismo popular en el carnaval hacia fines de siglo. Por ese medio muestra como indios y negros fueron reintroducidos en el relato nacional como protagonistas del mundo popular y fueron configurando, con los años, en la base de una “negritud popular”. Un apartado particularmente sugerente traza vínculos -como hiciera Robert F. Thopmson- entre los afroporteños, el surgimiento del tango rioplatense, otros géneros transnacionales como la zarzuela, y el carnaval.
El quinto capítulo reconstruye los significados situados del tiznado. El autor discute la equiparación del uso de la “máscara negra” en Buenos Aires con el blackface anglosajón, y disiente con Lea Geler quien enfatizó el carácter polémico de estas performances al interior de la comunidad afroporteña. Adamovsky señala que “no aparecen en los documentos signos visibles de que la imitación de los negros fuese tenida por los blancos de entonces como una agresión racista ni paródica” (154) ni se encontró “en todo ese tiempo un solo reporte de animosidad entre blancos y negros” (155). El último capítulo, más teórico, busca pensar en “el transformismo étnico en clave latinoamericana”, evitando moldes norteamericanos y proponiendo pensar en el tiznado y el mestizaje “desde el sur”.
Como muestra este breve punteo, se trata de una investigación vasta, inédita y documentada sobre el carnaval porteño. Si bien no todas las interpretaciones serán compartidas, el libro contribuye a un campo de discusión clave. Pueden señalarse dos de las cuestiones que invitan al debate. La primera es el supuesto de que los actores históricos valoraban sobre todo ser incluidos. El autor sostiene que “el anhelo de unión fraternal estaba seguramente muy presente en algún lugar de la conciencia de todos” (38), y que en “Carnaval, cada cual proyectaba su propia fantasía de unidad y sus propios anhelos de verse aceptado como parte de un todo” (39). Con esas premisas, la fiesta es leída como un espacio de “encuentro gozoso”, más que de ambivalente ratificación de jerarquías. Un momento crucial en la creación de un “nosotros” desde abajo, con sentidos no sólo distintos sino el “reverso exacto” (227) de los propuestos por la élite. Si bien en la conclusión se aclara que no se trata de una “mixtura exitosa que amalgama de manera armónica el sujeto popular” y se menciona la desigualad estructural, a lo largo del libro el racismo de anécdotas como la de la “negra enmascarada” aparece diluido y el carácter democrático de la burla -porque “nadie escapaba de la jocosa degradación”- corre el riesgo de obliterar la jerarquía implícita de los estereotipos y los lugares sociales que se naturalizaba. No todo lugar en la memoria y la identidad nacional es una conquista igualitaria.
La segunda cuestión es más historiográfica. Aunque se retoman aportes de la antropología latinoamericana, habría resultado fructífero, por un lado, mencionar explícitamente las tesis y autores que se recuperan y, por otro, dialogar con la historiografía que ha estudiado el mestizaje y la racialización latinoamericanos -sin equipararlos a la experiencia de los Estados Unidos. Estos estudios han develado las falacias de las promesas de “ceguera” y “democracia racial”, han repensado sus efectos no lineales al ser apropiados por los sectores subalternos, y han mostrado el carácter jerárquico de muchos “afectos”. Algunos de estos puntos también han sido señalados en las historias sociales de otros carnavales sudamericanos. No hay dudas de que el libro abrirá más investigaciones sobre esas agrupaciones y comparsas en toda la Argentina.
Estas posibles interpretaciones alternativas, lejos de opacar el libro, refuerzan el valor de La fiesta de los negros: un libro que revela una impresionante cantidad de evidencia empírica, renueva los estudios sobre la cultura popular e invita a audiencias amplias a continuar pensado sobre la historia de la nación argentina y el lugar de la negritud en ella.