Introducción
Ningún objeto está en un museo por accidente (Procter Reference Procter2021). Una frase que toma aún más fuerza cuando se trata de objetos precolombinos o arqueológicos, dado que a diferencia de otra clase de obras humanas, ellos nunca fueron diseñados y elaborados con ese fin. De hecho, todos o en su gran mayoría fueron sacados de sus lugares de origen para ser llevados por distintos medios y circunstancias hasta los museos. Lo cierto es que no han sido creados para ese propósito. Uno que además no depende de ellos ni de quienes los crearon, sino que es muy posterior, consecuencia del coleccionismo y del mercado global de esta clase de objetos. Paradójicamente, algunos museos hacen vista gorda a estos supuestos “accidentes” en sus relatos y discursos institucionales, lo que se traduce en un silencio acerca de cómo estas piezas llegaron hasta sus dependencias desde los sitios arqueológicos, incluidos los medios, técnicas y agencias involucradas. Un ocultamiento que seguramente tiene que ver con su propio rol en dichas historias, sobre todo considerando que muchas de ellas son delicadas y oscuras, incluso reprochables y condenables.
Este artículo presenta una investigación acerca de un objeto de museo que no tiene historia, o al menos no una historia posterior a su desuso en tiempos precolombinos. Y no es porque realmente no la tenga, sino simplemente porque no se quiere hacer pública. El caso apunta a una estela maya que desde principios de la década de 1980 se exhibe en el Museo Chileno de Arte Precolombino, un museo privado fundado desde una colección privada, ubicado a 6.000 km en línea recta desde su lugar de origen en el asentamiento arqueológico de Aguateca en la selva guatemalteca (Figura 1). Más allá de su sitio de proveniencia, en 45 años el museo jamás ha explicitado cómo esta estela llegó hasta sus dependencias, menos aún bajo qué circunstancias y mecanismos salió de Guatemala y arribó a Chile, aun cuando mover un monumento de piedra por varios miles de kilómetros, atravesando selva, mar y desierto, debió implicar necesariamente su paso por muchas manos y un sinfín de acciones, lugares y agencias. Ya Irina Podgorny (Reference Podgorny2020:21) nos advirtió en un momento: “los museos suelen describirse como lugares de la memoria aunque con ello se niegue su historia”.
Mapa con la ubicación de las localidades y sitios arqueológicos mencionados en el texto.

El saqueo, tráfico y comercio de objetos arqueológicos maya ha tenido un alcance global y como consecuencia desencadenó la destrucción masiva del legado material de su pueblo (p.e. Achim et al. Reference Achim, Deans-Smith and Rozental2021; Acosta Reference Acosta2018; Bueno Reference Bueno2016, Reference Bueno, Miruna, Deans-Smith and Rozental2021; Díaz y Williams Reference Díaz and Williams2024; Joyce Reference Joyce, Tremain and Yates2019; Luján Reference Luján1969; López Reference López2018; Martínez Reference Martínez1996; Meyer Reference Meyer1990; O’Neil Reference O’Neil2024b; Pillsbury Reference Pillsbury2021; Robertson Reference Robertson1972; Rozental Reference Rozental, Miruna, Deans-Smith and Rozental2021; Stenz Reference Stenz2024; Tremain y Yates Reference Yates, Tremain and Yates2019; Yates Reference Yates and Desmarais2015a, Reference Yates, Tremain and Yates2019). En este escenario, las estelas de piedra se convirtieron en el botín predilecto de saqueadores, traficantes, coleccionistas y museos, al punto que Merle Greene Robertson (Reference Robertson1972) acuñó el concepto de “Stela Stealing” para abordar el tema. Hasta ahora el foco de análisis se ha puesto principalmente en el flujo de objetos hacia el Norte Global, sobre todo a Norteamérica y Europa, debido a su posición privilegiada en el mercado mundial de arte precolombino y su concentración de capital económico. Pero pese a los avances que esos estudios han tenido en la materia, se ha desconsiderado y subvalorado el papel que han desempeñado otras agencias emplazadas en puntos más periféricos de la red global de tráfico y consumo de esta clase de bienes en lo que James Clifford (Reference Clifford and Clifford1988) denominó el Sistema Arte Cultura. A nuestra manera de ver, esos puntos ciegos del coleccionismo arqueológico pueden colaborar en la reflexión sobre el fenómeno cultural, económico y político mayor en el que se desenvuelven, cuestión que motivó esta investigación.
Siguiendo esta línea, el objetivo de este artículo es visibilizar algunos fragmentos de la biografía de la Estela 6 de Aguateca desde Guatemala hasta su exhibición del Museo Chileno de Arte Precolombino, con el propósito de reflexionar acerca del trato que algunos museos y coleccionistas tienen con estas obras en el presente y en nuestro pasado reciente. Consideramos que conocer la biografía de esta clase de objetos es fundamental para comprender nuestra relación con ellos, su vida social y significado cultural, pues en torno a estos elementos materiales creamos redes y conformamos realidad (Appadurai Reference Appadurai1991; Gosden y Marshall Reference Gosden and Marshall1999; Hoskins Reference Hoskins, Tilley, Keane, Kuechler, Rowlands and Spyer2006; Kopytoff Reference Kopytoff1991). En este sentido, no nos mueve una motivación jurídica o legal respecto del tráfico ilícito o lícito de esta clase de obras, sino más bien comprender el rol y las relaciones que se han tejido a través y en conjunto a la cultura material precolombina en la configuración del mundo contemporáneo, sobre todo entre coleccionistas y museos (p.e. Byrne et al. Reference Byrne, Clarke, Harrison and Terrence2011; Feest Reference Feest1992; Hinsley Reference Hinsley1992; Kohl et al. Reference Kohl, Podgorny and Gänger2014; Pearce Reference Pearce1994; Stocking Reference Stocking1985).
Hablamos de fragmentos de la biografía de la Estela 6 de Aguateca porque el Museo Chileno de Arte Precolombino se ha negado a entregar información respecto a la historia de la estela, como también del resto de los objetos que integran su colección. Aun cuando poseen un archivo documental ligado a la colección, aseguran que es confidencial. Como consecuencia, nuestra investigación se sustenta de fuentes complementarias, como son documentos inéditos de archivos internacionales, entrevistas, publicaciones especializadas y un estudio por imágenes sobre la estela, concretamente fotografías por luz visible (Vis), Falso color infrarrojo (FCIR), Fluorescencia visible inducida por radiación Ultravioleta (FUV) y Fotografía digital infrarroja reflejada (IR). Nuestros resultados nos permiten reescribir parte de la biografía de la estela y con ello trazar ciertas vivencias de su trayectoria desde Guatemala hasta Chile. Por supuesto, al tratarse de fragmentos incompletos, las conclusiones no están exentas de vacíos y preguntas, por lo que esperamos que este gesto abra el debate y cure en parte su amnesia (sensu O’Neil Reference O’Neil, Turner and O’Neil2024c), haciendo visible aquello que hasta ahora es invisible, con el fin de reflexionar sobre el rol de ciertos museos y coleccionistas en la construcción de las historias de los bienes culturales nativo americanos.
Saqueo y tráfico de estelas maya en el mercado global de arte precolombino
El saqueo producto del coleccionismo y el mercado global del arte precolombino fue probablemente uno de los principales depredadores del patrimonio arqueológico en tierras maya y uno de sus objetivos predilectos fueron las magníficas estelas de piedra (p.e. Achim et al. Reference Achim, Deans-Smith and Rozental2021; Bueno Reference Bueno2016; Díaz y Williams Reference Díaz and Williams2024; Joyce Reference Joyce, Tremain and Yates2019; Luján Reference Luján1969; Martínez Reference Martínez1996; Meyer Reference Meyer1990; O’Neil Reference O’Neil2024b; O’Neil y Miller Reference O’Neil and Miller2023; Pillsbury Reference Pillsbury2021; Robertson Reference Robertson1972; Stenz Reference Stenz2024; Tremain y Yates Reference Yates, Tremain and Yates2019; Turner y O’Neil Reference Turner and O’Neil2024; Waterman Reference Waterman1992; Yates Reference Yates and Desmarais2015a, Reference Yates, Tremain and Yates2019). Existen miles de historias al respecto, cada cual con sus propios matices e intereses. Sin duda, algunos de estos relatos son personales y subjetivos, mientras otros todavía requieren de una verificación precisa de sus datos, pero aun así sirven para comprender y dimensionar la naturaleza de este fenómeno. Así, por ejemplo, Karl Meyer (Reference Meyer1990:41) afirma que la mayoría de estas estelas
están en sitios no vigilados de México y Guatemala, y para moverlas los saqueadores –a los que se conoce como ‘esteleros’– las cortan en pedazos. Son vueltas a armar por restauradores y se las vende por precios que van de 50.000 a 200.000 dólares, según sea la condición y belleza de los relieves.
Según sus cálculos, “en la década de los setentas, en Guatemala habían sido saqueadas o gravemente mutiladas no menos de 40 estelas. De los más o menos 100 sitios en El Petén, sólo uno, Tikal, tenía vigilancia, e incluso allí operaban los esteleros” (Meyer Reference Meyer1990:46).
Las estelas son esculturas talladas generalmente en piedra caliza que pueden llegar a medir más de 10 m de alto y pesar varias toneladas, por lo que para mover de la jungla estas enormes obras de roca se requería de sofisticadas soluciones técnicas (i.e. Bueno Reference Bueno, Miruna, Deans-Smith and Rozental2021; Coggins Reference Coggins1972; Díaz y Williams Reference Díaz and Williams2024; Doyle Reference Doyle, Tremain and Yates2019; Graham Reference Graham1988; Martínez Reference Martínez1996; Robb et al. Reference Robb, Lara, Meléndez, Arroyo, Méndez and Álvarez2016; Stenz Reference Stenz2024; Yates Reference Yates2023). Meyer (Reference Meyer1990:25) sostiene que
[…] el estímulo del mercado del arte ha hecho de los sitios antiguos el blanco del asalto sin precedente por saqueadores armados con palas, tractores, e incluso dinamita. Con frecuencia se mutilan los objetos que se extraen de los sitios y, en todos los casos, se pierde su contexto.
Hay decenas de relatos al respecto. Así, por ejemplo, según Clemency Coggins (Reference Coggins1969:94), “the commonest method is to use a power saw with which they cut vertically through the stela and remove the face of it. Then they frequently cut this into quadrants”. Alejandro Martínez (Reference Martínez1996:11) agrega que “hay una gran cantidad de estelas a las que les ha sido aserrado el frente esculpido, para después seccionarlo en pequeños cuadros y así poder transportarlo en maletas fuera del país”. Ian Graham (Reference Graham1988:123) asegura que las reducían “into slices suitable for loading on to mules, each no larger than about 60 x 80 cm or heavier than 40 kg”, para lo cual usando “an ordinary lumberman’s crosscut saw (seldom the chainsaws of newspaper accounts) the looter would start by cutting a large shaft into rectangular blocks; then he would saw the face of each block off in a layer 5–10 cm thick” (Figura 2). Merle Greene Robertson (Reference Robertson1972:151, 154) señala que esto lo hacían con “either a battery or gas power-saw such as is used for felling trees, or with a large two-man saw”, también que “roaring fires are something built under monuments and kept fired until the stone splits in sections”. En síntesis, mutilar, descuartizar, desmembrar y quemar fueron acciones comunes en el comercio de estelas maya.
Fotografías que muestran el faenamiento y trozado de estelas mayas en Guatemala: (a) Estela 1 de Aguateca (Mayer Reference Mayer1994:Figure. 2); (b) El Perú (Archivo del Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, Cambridge, Massachusetts, EE. UU.).

Pero ciertamente el problema no se acababa en el trozado, pues luego había que saber desplazar esas toneladas de piedra cortada hacia su destino a manos del coleccionista. Sin duda, el transporte fue bastante más sencillo desde aquellos sitios aledaños a ríos al aprovechar la vía fluvial. Donde no los había, en tanto, se hacía primero a lomo de mula o de humanos y luego, cuando había caminos, con jeeps o camiones (Graham Reference Graham1988; Robertson Reference Robertson1972). Dicha empresa podía implicar incluso grandes inversiones en infraestructura. Es el caso de la operación destinada al saqueo de la fachada de estuco del sitio de Placeres, en Campeche, México (i.e. Freidel Reference Freidel2000; Martínez Reference Martínez1996; Yates Reference Yates2015b), la cual incluyó personal especializado junto a la construcción de una pista de aterrizaje y un campamento. Se estima que el costo de la operación rondó los \$80.000 USD y que luego la fachada fue ofrecida en alrededor de \$400.000 USD.
Una vez en el puerto (fuera aéreo o marítimo), la trama solo se expandía. Únicamente a modo de ejemplo, el mismo Meyer (Reference Meyer1990:42) menciona que en 1967 seis cajas con el rótulo de “maquinaria” provenientes desde Centroamérica se abrieron en la aduana de Houston, Texas, Estados Unidos, dejando al descubierto restos de una estela maya fragmentada en 32 piezas que en total pesaba 1.325 kg. La estela provenía de la ciudad maya de Naranjo en Guatemala y era la número 30 de las más de 40 que contenía el sitio (Yates Reference Yates2023). Aunque Meyer (Reference Meyer1990) no explicita sus fuentes y necesariamente sus palabras requieren verificación, según él la estela habría sido extraída a lomo de mula hasta la capital de Belice, no sin antes ser trozada en partes transportables, para luego ser encajonada y embarcada con destino a Houston. Una suerte que vivieron también otras estelas de este mismo asentamiento, como es el caso de la número 23, ilustrada completa e íntegra en 1905 por Teobert Maler, pero que en la década de 1960 fue “shattered into pieces by explosives or fire and sawn up by looters, and fragments were stolen in later years” (Mayer Reference Mayer1995:4). La Estela 8, en tanto, terminó en manos de un empresario en San Luis, también de Estados Unidos, vía escala en Nueva York gracias a un conocido marchante de arte de la ciudad (Robb et al. Reference Robb, Lara, Meléndez, Arroyo, Méndez and Álvarez2016). Casos hay por montones, pero lo cierto es que de acuerdo con estimaciones el 78% de las estelas de este mismo sitio fueron saqueadas antes de 1972 (Quintana Reference Quintana, Laporte, Arroyo, Escobedo and Mejia2004) y al presente la gran mayoría de las más de 40 estelas que lo componían se encuentran destruidas, mutiladas o desaparecidas (Coggins Reference Coggins1972; Mayer Reference Mayer2003; Meyer Reference Meyer1990).
Ian Graham, un connotado explorador, conservacionista y documentador de ruinas y arte maya (Stuart Reference Stuart2017:1), conoció en persona el sitio de Naranjo en la década de 1960. En un relato biográfico, no exento de controversias y basado en sus propios recuerdos, comenta que
[…] the damage of Naranjo was disastrous, and one could see that there had been more than one party working there – or if only one, then its members must have been so new to the job that several different techniques of reducing large stone shafts to portable fragments had been employed experimentally. Some monuments were attacked with chisels, others cut with saws (but the stone there is too hard for ordinary saws); yet others had been heated by setting bonfires on them and the dousing them with water – a technique so effective that thermal shock reduced them to countless shards almost impossible to reunite. And then, an equally grotesque brainwave: in order to snap off the butt of a stela as if it were a bar or chocolate, they (or others) drilled a row of one-inch holes with a gasoline-powered rotary rock drill! (Graham Reference Graham2010:435)
Se dice que miles de fragmentos destrozados y casi irreconocibles de estelas de este sitio están almacenados en las bodegas del Museo Nacional en la Ciudad de Guatemala (Beliaev y de León Reference Beliaev and de León2016; Robertson Reference Robertson1972).
Un caso emblemático de este fenómeno es la Estela 2 del sitio de Machaquilá (Figura 1), también en Guatemala, ya que expresa de manera nítida y locuaz la diversidad de técnicas de extracción, las formas de transporte, el derrotero y las estrategias de venta que vivieron estos monumentos maya (i.e. Graham Reference Graham2010; Gutchen Reference Gutchen1983; Yates Reference Yates and Desmarais2015a). En los pasajes de su libro, Graham (Reference Graham2010:436–437)Footnote 1 recuerda partes de su bitácora: todo comenzó en 1971 –un año antes de que entrara en vigor la Convención de la UNESCO de 1970 que prohíbe el tráfico de bienes culturales (Herman Reference Herman2020)–, cuando escucha que esta estela estaba siendo ofrecida a la venta en Florida, Estados UnidosFootnote 2. Su sorpresa fue mayor, pues él mismo la había registrado in-situ en 1962. Tras varias averiguaciones supo que la pieza fue sacada desde Machaquilá luego de ser trozada en pedazos, para llegar a manos de un traficante de antigüedades de Belice y de empresarios norteamericanos. Fue vendida a $3.000 USD a la persona encargada de llevarla a Florida, el dueño de una empresa de exportación de camarones y, como tal, fue transportada por trozos a una planta de envasado de pescado en Belice donde fue almacenada por un tiempo para luego ser cargada en un barco camaronero hacia Estados Unidos. Una vez en su destino, sus nuevos propietarios la cargaron en la maleta de un Oldsmobile station wagon para llevarla hasta Nueva York, donde la ofrecieron, todavía mutilada en varias partes, al Brooklyn Museum, además de a galeristas y coleccionistas privados, sin lograr su cometido. Mientras lo intentaban, el station wagon con la estela en el maletero quedó mal estacionado, siendo remolcado al aparcadero municipal. Una vez solucionado el “imprevisto”, viajaron con el Oldsmobile y la estela hacia Milwaukee (1.500 km por carretera) para intentar venderla nuevamente. Otra negativa los hace desviar el rumbo hacia Los Ángeles (3.300 km en automóvil), cruzando todo el país, no sin antes intentar venderla en Georgia y North Carolina, aunque sin éxito (Yates Reference Yates and Desmarais2015a). Fue definitivamente en Los Ángeles donde encontraron un comprador que se encargó luego de restaurarla (todo el periplo lo realizó completamente descuartizada). Gracias a una denuncia del propio Graham, el FBI confiscó la estela a su comprador, quien además era un famoso traficante de arte de Santa Fe Springs que en ese entonces la ofrecía públicamente en $300.000 USD, cien veces su precio original. Finalmente, fue devuelta a Guatemala junto a otra estela del mismo sitio (número 5) que había vivido simultáneamente una historia similar en ese país.
Por supuesto, esta no fue una realidad exclusiva a Machaquilá y Naranjo, sino extendida a la mayor parte de los sitios maya de México, Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador (p.e. Coggins Reference Coggins1969, Reference Coggins1972; Gilgan Reference Gilgan, Brodie, Doole and Renfrew2001; Gutchen Reference Gutchen1983; Luján Reference Luján1969; Martínez Reference Martínez1996; Meyer Reference Meyer1990; Robertson Reference Robertson1972). Solo a modo de contrapunto, James Doyle (Reference Doyle, Tremain and Yates2019) expone la odisea de la Estela 5 de Piedras Negras desde las orillas del río Usumacinta en Guatemala hasta Nueva York en 1963, al ser comprada por el magnate, político y luego vicepresidente de Estados Unidos, Nelson Rockefeller. La estela llegó primero al Museum of Primitive Art, fundado por el mismo Rockefeller, y, tras su cierre en 1976, fue trasladada junto al resto de su colección al Metropolitan Museum of Art. Para sacarla desde la selva, la estela fue cortada con sierra en varios pedazos y se llevaron solo su cara principal. Como es habitual, la acción de los saqueadores destruyó algunos textos del monumento y su base permaneció en el sitio. En Manhattan la obra atrajo la atención mundial y las demandas de retorno no tardaron en aparecer (O’Neil Reference O’Neil2012). Además, la Estela 3 de este mismo sitio estaba también en un museo de Nueva York, aunque en la rivera opuesta del East River, en el Brooklyn Museum, lo que volvió más notoria y polémica la situación. Como consecuencia, y tras varios intercambios diplomáticos, Rockefeller decidió devolver la estela al gobierno de Guatemala en 1970, aunque con un convenio de préstamo extendido que la mantiene hasta el día de hoy en exhibición en el Metropolitan Museum of Art.
Al ser un mercado ilegal en muchos países y una actividad bastante poco ética, es muy difícil poder estimar el número de estelas saqueadas desde territorio maya y trazar su tráfico hacia otras latitudes, sobre todo porque estos monumentos de piedra han sido los más controversiales y disputados en la escena internacional, por lo tanto también los más oscuros y ocultos de dicho mercado. Sin embargo, estudios de los catálogos de galerías y casas de subasta han dado bastante buenos resultados para estimar y reconstruir las rutas de ciertas clases de objetos arqueológicos desde Mesoamérica hacia el resto del planeta (p.e. Brodie et al. Reference Brodie, Doole and Renfrew2006; Levine y Martínez de Luna Reference Levine and de Luna2013; O’Neil Reference O’Neil, Turner and O’Neil2024a; Luke and Henderson Reference Luke, Henderson, Brodie, Kersel, Luke and Tubb2006; O’Neil y Miller Reference O’Neil and Miller2023). En esta línea, de acuerdo con los cálculos de Cara Tremain (Reference Tremain2017, Reference Tremain, Tremain and Yates2019), la casa de subasta Sotheby’s, una de las más importantes del mundo con 80 sucursales en 40 países, entre los años 1963 y 2016 (53 años) ofertó más de 3.500 objetos de la cultura maya, de los cuales el 80% carecía de información de proveniencia. De este total, un 4%, correspondiente a 135 ejemplares, estaba representado por esculturas de piedra, entre las que se cuentan paneles grabados, dinteles, altares, fachadas de palacios y estelas.
Sin embargo, hasta aquí casi todos los ejemplos y la mayor cantidad de la documentación disponible refiere al mercado del arte y el tráfico de piezas arqueológicas maya hacia el Norte Global, sobre todo con destino a Europa y Estados Unidos, posiblemente los mercados más fuertes a nivel mundial. Por el contrario, muy poco o prácticamente nada se sabe acerca de sus redes y alcances hacia otros rincones del planeta, especialmente a países del tercer mundo y del hemisferio sur. Realidades que, pese a su calidad de “mercado menor”, no dejan de ser significativas e interesantes, pues exponen el alcance geográfico y la agencia de las periferias económicas en el tráfico global.
Historia del descubrimiento
Aguateca fue un centro secundario y de mediana envergadura de la cultura maya que alcanza las 71 hectáreas de extensión, contiene 157 estructuras, y funcionó como capital gemela de Dos Pilas hacia los 700 d.C. de la mano de una dinastía introducida desde Tikal (Houston Reference Houston1993; Inomata Reference Inomata1997; Inomata et al. Reference Inomata, Ponciano, Chinchilla, Román, Breuil-Martínez and Santos2004). Su descubrimiento se atribuye a Jesús Segura de Sayaxché en 1957 y un año después lo visita Robert Lindsley desde San Francisco para hacer los primeros registros visuales de las esculturas y un mapa (Graham Reference Graham1967). Ian Graham pasa por él brevemente en 1959 y toma algunas fotografías. Solo un mes después, G. L. Vinson (Reference Vinson1960), un geólogo especialista en petróleo que trabajaba para la ESSO Standard Oil Company, arriba al sitio y realiza un segundo mapa, además de dar vuelta y mover algunas de las estelas, dando lugar a la primera publicación sobre Aguateca.
En 1960 Graham (Reference Graham1961) vuelve al sitio en canoa a través de los ríos y canales que desaguan hacia el sur desde el lago Petexbatún, específicamente por el arroyo de Aguateca, con el fin de realizar una investigación sistemática de las ruinas. A su llegada divisa una sola estela en pie junto a doce tumbadas (Figura 3), seis hacia adelante y seis hacia atrás. En su primera estancia de 10 días procura dar vuelta las estelas 6 y 7 que yacían tiradas sobre el suelo (Graham Reference Graham1967). Según su reporte, de ellas, la Estela 6 es la que poseía mayores inscripciones (67 glifos en total), pero lamentablemente la más desgastada por el clima hasta el punto de ser ilegibles (Graham Reference Graham1961). En esa oportunidad aprovecha de hacer un mapa detallado del asentamiento, así como de dibujar y fotografiar todas las estelas, probablemente el mejor registro de ellas en su lugar de origen.
El panorama del sitio de Aguateca a la llegada de Ian Graham a comienzos de la década de 1960. En ambas fotografías se ven las estelas tiradas en el suelo de la jungla (Archivo del Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, Cambridge, Massachusetts, EE. UU.).

Figura 3 Long description
Image A shows a fallen stela lying on the ground in a jungle environment. The stela is broken into two large pieces, surrounded by rocks and vegetation. Trees and dense foliage are visible in the background. Image B depicts another fallen stela in a similar jungle setting. This stela is intact but lying flat on the ground, partially covered by leaves and surrounded by trees and undergrowth. Both images highlight the stelae's condition and the natural surroundings.
Graham (Reference Graham1967) describe una por una las estelas en términos de su ubicación, dimensiones, estado de conservación, fragmentación y completitud, además de los glifos que las componían. De la Estela 6 entrega un dibujo preciso (Figura 4a), salvo por los bloques I1–5 que olvidó dibujar, además de una fotografía remontada (Figura 4b). Esto último porque desde su hallazgo esta se encontraba quebrada en al menos seis partes, una grande (Figura 5) y cinco pequeñas (Figura 6), las que fotografió de manera independiente. El archivo del Peabody Museum of Archaeology and Ethnology conserva algunas de estas fotografías hasta ahora inéditas que publicamos gracias a su consentimiento (Figuras 5 y 6). En aquel entonces la estela se ubicaba al centro del sitio, a los pies de la Estructura 2, junto a un altar rectangular. Sus dimensiones eran de 3,7 m de alto, 1,45 m de ancho y 28 cm de espesor (un dato clave, como veremos más adelante). Según su publicación, él levantó el gran fragmento central de la Estela 6 en 1960 y, cuando regresó dos años más tarde con la intención de volver a colocarla boca abajo, esta se había deslizado demasiado como para poder moverla sin gatos [jacks].
Registro visual de la Estela 6 realizado por Ian Graham: (a) dibujo detallado (Graham Reference Graham1967:Figure. 15) y (b) composición fotográfica (Graham Reference Graham1967:Figure. 14).

Figura 4 Long description
The image A showing a black-and-white line drawing of a tall, rounded-top stela. A large standing figure fills the lower section, shown in side view with the head turned toward the left. The figure wears a tall headdress and holds a long staff-like object angled upward. A rectangular area above the figure is divided into many small compartments containing glyph-like marks. A narrow border runs around the stela outline, with small marks along the sides. Additional small motifs appear near the figure’s feet and along the lower edge. The image B showing a grayscale photographic view of a similarly shaped stela surface. The top section contains a grid of small compartments with worn glyph-like marks. A large standing figure occupies the lower section, with the head and upper body less distinct due to surface wear. Several long cracks and missing areas cut across the surface, including a large missing area near the upper middle. The lower edge shows more worn texture and irregular breaks.
Fragmento principal de la Estela 6 de Aguateca todavía en el sitio luego de haber sido volteada por Ian Graham a principios de la década de 1960. Notar que la fotografía está invertida, pues estaba parada desde el costado derecho (Archivo del Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, Cambridge, Massachusetts, EE. UU.).

Fragmentos superiores de la Estela 6 de Aguateca reensamblados para la fotografía por Ian Graham, década de 1960 (Archivo del Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, Cambridge, Massachusetts, EE. UU.).

Lamentablemente, el saqueo y la mutilación de estelas en Aguateca derivó en una constante desde su descubrimiento. Así, por ejemplo, la sección principal y de mayor tamaño de la Estela 6 fue robada en 1968 por personas de Sayaxché y poco más de una década después apareció depositada en el Museo Chileno de Arte Precolombino sin ninguna información acerca de cómo llegó hasta allí, a casi 6.000 km a vuelo de pájaro de su lugar de origen (Mayer Reference Mayer1989:10; Reference Mayer1994:25). En efecto, según el catastro de estelas dañadas y sustraídas de El Petén de Guatemala confeccionado el año 1969 por Luis Luján (Reference Luján1969:19), el cuerpo principal de la Estela 6 (Figura 5) ya se describe literalmente como “robado”. Esto significa que no duró siquiera una década en el sitio desde su primer registro sistemático, situación que grafica nítidamente la vorágine del saqueo en estas tierras. Tres de los otros cinco fragmentos superiores de la misma estela que habían sido registrados por Graham (Reference Graham1967) se encuentran hoy en día resguardados en el Museo de Cerámica Sylvanus G. Morley del Parque Nacional de Tikal, en su país de origen, mientras que los dos restantes siguen todavía desaparecidos (Beliaev et al. Reference Beliaev, de León, Tokovinine, Vepretskii, Lun, Aragón, Galeev, Canan, Arroyo, Méndez and Paiz2015; Luján Reference Luján1969; Ponciano et al. Reference Ponciano2005).
La suerte del resto de las estelas de Aguateca no fue mejor. En efecto, una noche de enero de 1993 la Estela 1 fue mutilada con una sierra eléctrica, dejándole un corte recto de cerca de un metro de largo en un costado (Mayer Reference Mayer1994:25). El bloque liberado, de casi 90 cm y varias inscripciones glíficas, fue robado y hasta el presente no se tiene noticias de él. En junio de ese mismo año tres saqueadores volvieron a cortar con sierra eléctrica ahora el otro costado de la estela, compuesta de nueve glifos, cuyo bloque fue ofrecido para venta en la Ciudad de Guatemala en 1996, pese a su prohibición de exportación (Mayer Reference Mayer1996:85). También en ese año, la sección superior de la Estela 7 fue cortada y robada desde el sitio (Grube Reference Grube1996). Según testigos, “a gang of heavily armed looters entered the site on the night of February 2 and used an electric saw with a special thin blade to cut the marble, so that the cut remained thin” (Grube Reference Grube1996:23). El paradero de la porción extraída es hoy en día un misterio.
Ante la amenaza de los saqueadores, desde la década de 1990 se han desarrollado nuevos trabajos de campo que han dejado al descubierto otras cinco estelas hasta entonces desconocidas en el sitio (p.e. Eberl Reference Eberl, Laporte, Escobedo, Arroyo and de Suasnávar2000; Inomata Reference Inomata1997; Inomata y Triadan Reference Inomata, Triadan, Laporte, Arroyo, Escobedo and Mejía2004; Inotama et al. Reference Inomata, Triadan, Wolley, Laporte, Escobedo and Villagrán de Brady1993). Asimismo, gracias a las labores se encontró la espiga y la base de la Estela 6 que permanecían enterrados bajo la superficie del suelo (Ponciano et al. Reference Ponciano2005), por lo que no fueron vistos por los investigadores ni esteleros previos (Graham Reference Graham1967; Houston Reference Houston1993). Con todo, el panorama del sitio es desolador en lo que respecta a las estelas que lo conformaban, pues a la actualidad todas han sido en cierto grado mutiladas, desmembradas, descuartizadas o robadas por partes. A muchas se les ha perdido por completo el rastro y se hallan desaparecidas en las sombras del mercado negro y del coleccionismo del arte precolombino mundial. La intención de este artículo es, precisamente, entregar algunos fragmentos para intentar reensamblar al menos en parte la biografía de la Estela 6, un fragmento también del sitio en su conjunto.
Epigrafía e iconografía de la Estela 6 de Aguateca
Es importante señalar que el fragmento principal que conserva el Museo Chileno de Arte Precolombino carece de la parte superior (Figuras 4 y 6) donde se concentraba la mayor parte de la inscripción de la estela. El fragmento del museo (Figura 5), en tanto, sólo posee 13 bloques jeroglíficos (19%) del total de 67 que originalmente tenía esta estela, y como se verá en detalle más adelante, todos están en mal estado de conservación desde su descubrimiento. Cabe añadir además que muchos de los glifos sufrieron daños por la destrucción y restauración de la estela, tal como quedará de manifiesto en los análisis imagenológicos posteriores, lo que lamentablemente nos ha impedido aportar nuevos datos epigráficos a los ya conocidos. Por esta razón, en esta sección entregamos una síntesis que contextualiza lo que algunos autores han podido leer y reconstruir de esta estela.
En términos epigráficos e iconográficos, la Estela 6 representa a un gobernante que lleva el título de señor sagrado de MutuˀlFootnote 3, el glifo emblema que ostentaron los señores de Dos Pilas, en la región del Petexbatún, además de los gobernantes de Tikal. Aguateca fue la capital gemela de la entidad política de Dos Pilas (Figura 1) y ambas ciudades fueron gobernadas por la dinastía expansiva y poderosa de esta última (Inomata y Stiver Reference Inomata, Stiver, Laporte and Escobedo1994; Ishihara Reference Ishihara2009; Ponciano et al. Reference Ponciano, Inomata, Triadan, Arnauld and Breton2013; Vega Reference Vega2021). Así, tras la posible muerte del Gobernante 4 de Dos Pilas, aparece el Gobernante 5 en Aguateca, llamado Tahnteˀ K’inich y con este nombramiento la ciudad se convirtió en la capital principal de ambas (Ishihara Reference Ishihara2009). El traslado de la dinastía de Dos Pilas a Aguateca probablemente fue provocado por la intensificación de conflictos bélicos en la región Petexbatún y por las ventajas de fortificación que Aguateca ofrecía en comparación con Dos Pilas (Eberl Reference Eberl, Laporte, Escobedo, Arroyo and de Suasnávar2000:417).
Precisamente, la primera mención conocida de Tahnteˀ K’inich se encuentra en la Estela 6 que, debido a su mala conservación y notoria alteración, sólo ha podido ser leída de manera parcial. La iconografía lo representa como guerrero, portando un escudo y una lanza, junto a dos cautivos con las manos atadas, de procedencia desconocida. En la estela, Tahnteˀ K’inich se encuentra parado sobre una montaña partida y animada, adornada con flores –en alusión al concepto de montaña florida–, la cual ha sido identificada con el topónimo de Aguateca, K’inich Paˀ Witz, “colina hendida y soleada”, que probablemente se refiere a la escarpa de Aguateca (Ishihara y Guerra Reference Ishihara, Guerra, Laporte, Arroyo and Mejía2006; Palomo Reference Palomo2007; Stuart y Houston Reference Stuart and Houston1994).
Según la información de la estela, el nacimiento del Gobernante 5 se registra en los bloques A1–B6, con una fecha de Serie Inicial erosionada 9.15.16.12.1 12 ˀImix 14 Kumk’u (22 de enero de 748 d.C.) (Graham Reference Graham1967; Houston Reference Houston1993). Este mandatario se entronizó a la edad de 22 años, aparentemente en 9.16.19.0.14 5 ˀIx 12 Pop (8 de febrero de 770 d.C.) (Houston Reference Houston1993; Martin y Grube Reference Martin and Grube2008). La fecha más tardía de la estela, (9.)17.0.0.0 13 *ˀAjaw 18 Kumk’u (20 de enero de 771 d.C.) (Graham Reference Graham1967:25; Houston Reference Houston1993:107, Tabla 4-1), se asocia con la dedicación del monumento y con la celebración de un fin de periodo, realizado por Tahnteˀ K’inich. Dicho rey fue el último gobernante de Aguateca, a quien le tocó vivir el colapso definitivo de la ciudad ocasionado por enemigos aún desconocidos, que la atacaron e incendiaron probablemente alrededor del año 810 d.C., provocando con esto, su inevitable abandono (Inomata y Stiver Reference Inomata, Stiver, Laporte and Escobedo1994; Ponciano y Pinto Reference Ponciano, Pinto, Laporte, Arroyo and Mejía2007; Ponciano et al. Reference Ponciano, Inomata, Triadan, Arnauld and Breton2013). Por estas razones, la Estela 6 sería uno de los monumentos más tardíos que se conocen de AguatecaFootnote 4.
La Estela 6 de Aguateca en el Museo Chileno de Arte Precolombino
El Museo Chileno de Arte Precolombino se fundó el año 1981 en pleno centro de Santiago, la capital de Chile (Berenguer y Torres Reference Berenguer and Torres2011). Su fundador fue Sergio Larrain García-Moreno, un acomodado y connotado arquitecto y académico de la elite nacional, también diplomático, que además era un apasionado coleccionista de libros, muebles, arte antiguo y contemporáneo, así como de piezas asiáticas y precolombinas (Ballester Reference Ballester2023). Fue esta última fracción de su colección, compuesta de cerca de un millar de objetos provenientes de toda América, la que dio origen al museo, reunida por él durante décadas gracias a compras en galerías de arte, anticuarios, casas de subasta y por encargo a terceros en Chile y sobre todo en el extranjero (Ballester Reference Ballester2023). Con el paso del tiempo, y especialmente tras su fallecimiento en 1999, el museo ha continuado recibiendo colecciones y objetos de todo el continente, alcanzando las casi 12.000 piezas donadas por más de 250 personas (Ballester Reference Ballester2023).
Actualmente el Museo Chileno de Arte Precolombino resguarda alrededor de 530 obras mesoamericanas, de las cuales 98 se atribuyen a la cultura maya (López Oliva Reference López Oliva2025). De ellas, cuatro corresponden a piezas de gran tamaño, entre las cuales se cuentan una jamba, dos frisos de piedra y la estela que sirve de protagonista a este artículo, a lo que se suman dos cabezas y un fragmento de estuco de menores dimensiones. La Estela 6 de Aguateca (MChAP 0950) se encuentra en el museo desde su fundación y fue donada por el propio Larrain para la ocasión. Se ha publicado en varias oportunidades en catálogos y libros del museo, siendo la primera vez en el año 1982 como parte del catálogo inaugural (Aldunate et al. Reference Aldunate, Mena and de Viñaspre1998; Ballester Reference Ballester2023; Museo Chileno de Arte Precolombino Reference de Arte Precolombino1982). Desde entonces ha sido expuesta al público de manera ininterrumpida en la exhibición permanente del museo por casi 45 años (Figura 7). Sin embargo, ni los textos de sala ni las publicaciones de la institución hacen referencia a la historia de cómo este imponente monumento de piedra (que mide 2,43 m de largo y 1,43 m de ancho) arribó hasta su colección, salvo por la mención de su donación por Larrain. Si bien el museo resguarda documentación respecto del origen de sus colecciones, al ser consultadosFootnote 5 por datos relativos a la estela y de otras piezas mesoamericanas se nos comunicó que dicha información es confidencial; un preocupante secreto de memoria y negación de archivo que no es exclusivo a estos ejemplares, sino extensivo a todos los objetos del museo como parte de una política institucional.
Estela 6 de Aguateca en la exhibición permanente del Museo Chileno de Arte Precolombino, décadas de 1980 y 1990 (Archivo del Museo Chileno de Arte Precolombino, Santiago, Chile).

Pero pese a la negativa, nuestra investigación paralela ha permitido recabar algunos antecedentes que son significativos para reconstruir fragmentos de su biografía desde su sitio de origen a orillas del río Aguateca en Guatemala hasta el centro de la capital chilena. Según nuestra pesquisa, la estela no formaba parte de la colección privada de Larrain antes de la fundación del museo, en tanto no aparece individualizada en los bienes de su casa ni en las fotografías disponibles de su residencia personal, lo que sí ocurre con la mayor parte del resto de los objetos de su colección donada al museo (Ballester Reference Ballester2023; Rivas y Ballester Reference Rivas and Ballester2021). Además, a fines de la década de 1970 Larrain encomienda a algunos arqueólogos y un fotógrafo (Stephan Löebel) fichar toda la colección en su casa antes de trasladarla al museo, donde paradojalmente la estela tampoco figura entre la serie de piezas fotografiadas (Rivas y Ballester Reference Rivas and Ballester2021). En efecto, cuando se publica el primer catálogo del museo en noviembre de 1982, la estela aparece pero fotografiada con posterioridad y por un fotógrafo distinto al que tomó la serie original (Museo Chileno de Arte Precolombino Reference de Arte Precolombino1982:86).
Cabe señalar que antes de abrir el museo y durante el proceso de fichaje de las piezas en su casa, Larrain consulta al equipo de arqueólogos –quienes posteriormente ocuparon cargos en la institución– qué clase de objetos faltarían en su colección para dar cuerpo a un museo de nivel mundial que represente la realidad del arte americano en su conjunto (Berenguer y Torres Reference Berenguer and Torres2011). Los especialistas elaboraron una lista y se la entregaron al coleccionista, quien vendió algunas de sus mejores obras de arte contemporáneo (entre ellas un Picasso comprado en entreguerras) para poder adquirir parte de los objetos precolombinos recomendados (Mena Reference Mena2021). Para conseguir estas piezas Larrain recurre a sus contactos internacionales (Ballester Reference Ballester2023), entre ellos a Junius Bird, en ese entonces curador del American Museum of Natural History en Nueva York, tal como queda de manifiesto en sus cartas personalesFootnote 6. Es posible, aunque no lo podemos asegurar, que fuera en estas instancias en que Larrain compra la Estela 6 de Aguateca considerando que no figura en su colección personal previa y que es una de las obras más espectaculares que dan cuerpo al nuevo museo. De hecho, es factible incluso que no estuviera ahí al momento mismo de abrirse el museo, pues pese a ser una obra única y deslumbrante para la realidad chilena de aquella épocaFootnote 7, está por completo ausente en las notas de prensa dedicadas a la inauguración y la flamante colección, no así otros objetos icónicos de la institución (Berenguer y Torres Reference Berenguer and Torres2011).
Ahora bien, cómo llegó ahí, no lo sabemos, pero Larrain contaba con estrechos vínculos con galeristas, marchantes y connoisseurs de arte en Nueva York, Miami, Los Ángeles y otras ciudades de Estados Unidos, donde habitualmente conseguía nuevos ejemplares para su colección (Ballester Reference Ballester2023), por lo que fácilmente pudo comprarla en ese mercado. Cabe recordar que, como vimos con anterioridad, era un ambiente donde en aquellos años se ofrecía y circulaba regularmente esta clase de obras. También es probable que la obtuviera de manos de algún otro coleccionista chileno con redes en Centro y Norteamérica, como es el caso de Roberto Otaegui o Juan Salinas, quienes también entregaron otras piezas a Larrain. Finalmente, no se puede descartar la participación del marchante chileno Eduardo Uhart, facilitador y vendedor de muchos otros objetos a Larrain y al museo, además de conocedor del mercado internacional de piezas precolombinas. De hecho, el propio Ian Graham (Reference Graham2010:450) nombra a un “Chilean dealer of notorious reputation” entre las redes de saqueo y tráfico arqueológico en tierras maya que, aunque no da su nombre, perfectamente podría corresponder a Uhart. Desgraciadamente, será muy difícil avanzar en esta indagatoria sin el apoyo del museo que hoy alberga la estela (Figura 8), por lo que hasta entonces estos vacíos de su biografía continuarán siendo un misterio.
Estela 6 de Aguateca en publicaciones del Museo Chileno de Arte Precolombino: (a) Aldunate y colaboradores (1998:14); (b) Ballester (Reference Ballester2023:44).

Análisis técnico de la Estela 6 a través de sus imágenes
Pese a la negativa del museo de entregar información documental u oral acerca de la historia de la estela fuera de las tierras maya y su llegada a Chile, si tuvieron la disposición para permitirnos estudiar la pieza en sus aspectos materiales como parte del proyecto de Postdoctorado de la autora de este artículo, financiado por el Estado de Chile. Es así como, con el fin de avanzar en el conocimiento sobre la biografía de la estela, implementamos una metodología de estudios por imágenes consistente en fotografías por luz visible (Vis), Falso color infrarrojo (FCIR), Fluorescencia visible inducida por radiación Ultravioleta (FUV) y Fotografía digital infrarroja reflejada (IR) (Figura 9). Las imágenes fueron realizadas por la jefa de la Unidad de Documentación Visual e Imagenología (UDVI), Pía Monteverde, con el apoyo de Trinidad Pérez, ambas del Centro Nacional de Conservación y Restauración (CNCR) del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural de Chile. En el marco del mismo programa de investigación se efectuó un modelamiento 3D para obtener una visión en 360º del monumentoFootnote 8.
Fotografías del estudio por imágenes: (a) Digital infrarroja reflejada (IR); (b) Fluorescencia visible inducida por radiación Ultra Violeta (FUV); (c) Falso color infrarrojo (FCIR); (d) Interpretación desde las imágenes de las intervenciones a la estela. (a)–(c): fotografías de Pía Monteverde (UDVI 1859).

Los análisis de FCIR e IR son bastante útiles para observar en objetos polícromos, como cerámicas, pinturas murales y de caballete, las zonas faltantes y repintes. Además, permiten diferenciar ciertos pigmentos en apariencia iguales a ojo desnudo (Laclavetine et al. Reference Laclavetine, Hernande, Arquillo, Arroyo and Respaldiza2013). Adicionalmente, la FUV es una herramienta de estudio no destructiva que ayuda, entre otras cosas, a detectar intervenciones sobre los materiales constitutivos de las obras, ya que éstos se comportan con distintos patrones ante la luz UV (Espinosa y Rivas Reference Espinosa and Rivas2011). En términos técnicos, para la captura de las imágenes del FUV se utilizó una fuente de radiación UV con rango de excitación de 365 nm y cámara con set de filtro de transmitancia entre los 400 nm, 700 nm y 410 nm. Para la IR, en tanto, se implementó fuente de radiación IR de tungsteno Photolita de 275 W, y cámara con filtro de transmitancia de 930 nm. Finalmente, la construcción de imágenes en el FCIR se efectuó con Vis e IR Adobe Photoshop 2023.
Como resultado se constató de manera concluyente que la estela presenta varios cortes inexistentes en el fragmento principal registrado por Graham (Figuras 4 y 5) y numerosas restauraciones en su cuerpo (Figura 9), aun cuando a simple vista pasan desapercibidos (Figura 8). La técnica del FUV fue la más fructífera para visualizar estas huellas y marcas. En las imágenes se observan líneas gruesas horizontales de color gris y café oscuro (Figura 9), que demuestran claramente que la estela fue cortada en al menos tres partes principales, quedando fragmentada en cuatro bloques horizontales de tamaños relativamente similares. Además, el primer bloque o superior fue también seccionado en tres unidades mediante dos cortes verticales. Asimismo, en la zona superior izquierda se reconocen dos uniones de un bloque más pequeño que se ensambla con el fragmento que divide verticalmente el primer bloque. Tenemos dudas de si esta última sección en vez de unión corresponde o no a un resane. Lamentablemente, el museo no nos autorizó a revisar nuevamente la estela para dilucidar esta incógnita. Por esta misma razón, no podemos asegurar si dichas restauraciones se realizaron en el mismo museo o antes de su llegada.
Si bien la Estela 6 no presenta restos de pintura visible, los análisis aplicados ayudan a reconocer posibles pinturas no detectables al ojo desnudo. En efecto, los resultados muestran la presencia de restos de pigmento en las zonas de unión de los fragmentos. La aplicación de pigmentos se reconoce principalmente en las zonas de uniones de las secciones o bloques, así como en sectores donde le dieron algunos toques o golpes. Los pigmentos utilizados para hacer la reintegración cromática corresponden a algún blanco con otro color que al mezclarse imitan la tonalidad natural de la piedra (Pía Monteverde, comunicación personal).
Desgraciadamente, es incuestionable que los cortes realizados para transportar la estela y las restauraciones posteriores que se hicieron para volver a unirla dañaron irreversiblemente los bloques epigráficos A14, A17 e I2–I3. Como ya se indicó, estos últimos corresponden a los bloques jeroglíficos (I1–5) que no fueron dibujados por Graham (Reference Graham1967) cuando registró la estela en la década de 1960 (Figura 4), por lo que la información destruida al mutilarla y luego volver a ensamblarla se perdió para siempre. Esto nos impidió hacer una “autopsia” del texto a través de una revisión directa de sus bloques, para intentar ofrecer dibujos más nítidos que ayudaran a realizar nuevas lecturas de bloques no identificados en trabajos anteriores (Figura 10). Cabe señalar que durante la investigación de la estela se planteó realizar un estudio por imágenes por transformación de reflectancia (RTI)/luz rasante, para intentar obtener mejores tomas de los bloques jeroglíficos, pero finalmente no se logró hacer.
Detalle del estado actual de conservación de los 13 bloques jeroglíficos presentes en el fragmento principal de la Estela 6 de Aguateca que conserva el Museo Chileno de Arte Precolombino: (a) bloques A10–-14; (b) bloques A15–-17; (c) bloques I1–-5.

Gracias al relevamiento 3D de la estela se pudo medir su espesor completo, pues hasta ahora en todas las publicaciones se destaca solo su cara frontal. La medición arrojó que actualmente posee 18 cm de espesor, 10 cm menos de los que registró Graham (Reference Graham1967) en terreno en 1960 (28 cm). Esto significa que la estela fue claramente adelgazada para facilitar su transporte, privilegiando llevarse solo la cara frontal que hoy se exhibe en el museo. Como revisamos en la primera parte de este artículo, este tipo de adelgazamiento, junto a las huellas de corte horizontal y vertical reconocidas a través de las imágenes anteriores, expresan las estrategias y técnicas típicas de fragmentación que solían efectuar los esteleros para facilitar el robo y traslado de estos monumentos de piedra desde la selva maya hacia los puertos y, con ello, alcanzar otros destinos globales. De hecho, al examinar la estela por sus costados o perfiles laterales, notamos de inmediato que las huellas de fracturas son mucho más evidentes que en su cara frontal, al igual que las reparaciones modernas (Figura 11). Incluso en algunas de estas secciones se reconocen reparaciones incompletas que dejan al descubierto los costados internos de los bloques fracturados de la estela (Figura 11e). Esta es seguramente la razón por la cual se oculta al público su cara posterior y se dificulta la visión de su contorno.
Costados de la Estela 6 en sus secciones de reparación: (a, b, c y d) lado izquierdo y (e y f) derecho.

Todas estas marcas, tanto laterales como frontales y posteriores, constituyen las heridas de su expolio y, con ello también, la manifestación material y empírica del trato sobre estas obras precolombinas por parte del coleccionismo y sus técnicas asociadas. Huellas y cicatrices que algunos museos intentan reparar y ocultar no solo para que se vean bien y luzcan originales ante el público, sino también para esconder cualquier indicio de la trágica historia que esconden sus cuerpos respecto de la manera en que llegaron hasta sus dependencias (mutilaciones, desmembramientos, descuartizamientos, aserrados, fracturas, quemas, explosiones, etc.). Una práctica ineludiblemente ligada al hecho de no incluir referencias a su origen y biografía en los textos de sala y catálogos, pero sobre todo de clasificar y volver confidencial cualquier documento o información disponible ligada a sus trayectorias de vida.
No sólo la Estela 6: otros monumentos maya del Museo Chileno de Arte Precolombino
Como señalamos previamente, la Estela 6 de Aguateca no es la única pieza maya de este museo, dado que casi un centenar le acompañan en sus vitrinas y bodegas. Entre ellas hay otros monumentos escultóricos de piedra y modelados en estuco, lo que demuestra que la estela no es un caso aislado sino un ejemplo dentro de un patrón coleccionista. Piezas que, tal como la de Aguateca, tampoco llegaron por accidente al museo, poseedoras de una biografía desconocida, oculta y todavía por escribirse. Desgraciadamente, desde la institución también se negó la documentación respecto al origen y trayectoria de estos otros monumentos maya, por lo que la información que hemos recopilado a lo largo de nuestra investigación es parcial y la hemos conseguido personalmente a través de distintas fuentes complementarias. El valor de exponer la biografía de estos objetos maya es que probablemente están ligadas a la de la estela, al ser parte de una práctica común producto de agentes, mecanismos y redes similares, e incluso idénticas.
Entre los objetos en cuestión destacan dos frisos murales o bloques grabados en bajo relieve que están asociados entre sí y proceden de un mismo lugar (MChAP 0416 y 0417) (Figura 12a–d). Ambos ejemplares pertenecían a Sergio Larrain y forman parte de la colección inaugural del museo (Museo Chileno de Arte Precolombino Reference de Arte Precolombino1982). Los especialistas que las han estudiado aseguran que vendrían del sitio de Dzehkabtún, ubicado en el municipio de Hopelchén (Figura 1), estado de Campeche, México (Mayer Reference Mayer1984, Reference Mayer1989; Pollock Reference Pollock and Bulllard1970; Spinden Reference Spinden1957). Herbert Spinden (Reference Spinden1957:Plate 53) publicó los dibujos de ambos ejemplares (Figura 12e–f), aunque sin información contextual. Harry Pollock (Reference Pollock and Bulllard1970:42–43), por su parte, sostiene que las dos estaban empotradas en un muro en la casa de José Lara en Hopelchén en el año 1936 y que provenían de las ruinas de “Dzchkabtun”, publicando también dos ilustraciones suyas (Figura 12g–h). La disposición de ambos frisos en la casa moderna de Hopelchén quedó documentada en dos fotografías tomadas por Ian Graham (Figura 12i–j). La reocupación de estos frisos en nuevas construcciones en la zona no es extraña, pues Teobert Maler (Reference Maler1902), quien exploró Dzehkabtún en 1887, ya mencionaba que buena parte de las edificaciones de la hacienda, incluida su iglesia, estaban erigidas con piedras de las ruinas del sitio arqueológico (Pollock Reference Pollock and Bulllard1970).
Frisos de piedra maya del Museo Chileno de Arte Precolombino, a la izquierda MChAP 0416 y a la derecha MChAP 0417: (a–b) fotografías de Stephan Löebel, fines de 1970 (Archivo del Museo Chileno de Arte Precolombino, Santiago, Chile); (c–d) fotografías de Macarena López de 2023; (e–f) ilustración de Herbert Spinden (Reference Spinden1957:Plate .LIIIb–-c); (g–h) fotografías de Harry Pollock (Reference Pollock and Bulllard1970:Figure .51a–-b); (i–j) fotografías de Ian Graham en la casa moderna de Hopelchén (Archivo del Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, Cambridge, Massachusetts, EE. UU.).

Figura 12 Long description
A: A photograph of a carved stone relief showing a standing figure with a large headdress and intricate motifs. B: A photograph of a stone relief with a figure in profile, adorned with a headdress and surrounded by detailed carvings. C: A photograph of a stone block with a standing figure and surrounding motifs, displayed on a support. D: A photograph of a stone block with a carved figure and motifs, also on a support. E: An illustration depicting a figure in profile holding a staff, with a headdress and carved-style motifs. F: An illustration of a figure in profile with a staff and headdress, surrounded by carved motifs. G: A photograph of a stone relief with a standing figure and dense carvings. H: A photograph of a stone relief with a figure and dense carvings. I: A photograph of a stone relief mounted within an architectural frame, featuring a projecting ledge. J: A photograph of a stone relief mounted within an architectural frame, similar to I. The panels display Mesoamerican-style glyph-like motifs, with varying levels of detail and complexity. Some panels show signs of wear or erosion, while others are well-preserved. The mix of photographs and illustrations highlights different perspectives and artistic interpretations of the reliefs.
Otra pieza (MChAP 0415) importante a mencionar corresponde al fragmento de una jamba que exhibe dos figuras humanas en bajo relieve, quebrada en su parte superior (Figura 13a). De acuerdo con Karl Herbert Mayer (Reference Mayer1991) esta pieza sería del Clásico Tardío y si bien no se conoce su proveniencia exacta, infiere por sus atributos iconográficos que podría ser de las Tierras Bajas Septentrionales del área maya, posiblemente de la zona de Puuc (Figura 1), en el norte de la Península de Yucatán, México. El autor presenta un ejemplar gemelo a este, aunque en espejo, que fue exhibido en Nueva York el año 1962, proponiendo que ambas pudieron haber sido confeccionadas en el mismo taller o por un único escultor, probablemente como parte de una sola estructura hoy completamente fragmentada. Comenta además que es factible que la parte superior de esta jamba se encuentre en Los Angeles County Museum of Art de Estados Unidos, debido a sus similitudes iconográficas, morfología del soporte y continuidad de los motivos (Mayer Reference Mayer1980). Empero, al observar y hacer coincidir ambas imágenes descartamos esta posibilidad, concluyendo que son monumentos distintos.
Dos monumentos mayas de origen desconocido depositados en el Museo Chileno de Arte Precolombino: (a) MChAP 0415 y (b) MChAP 0305 (Archivo del Museo Chileno de Arte Precolombino, Santiago, Chile).

Todo parece indicar que las biografías de estos tres últimos monumentos (MChAP 0415, 0416 y 0417) están relacionadas entre sí. Los tres fueron obtenidos por Larrain en julio de 1978 de manos de Juan Salinas, otro connotado coleccionista chileno, marchante y martillero, además de su amigo personal. Fueron registrados en el catálogo de la colección personal de Larrain en agosto de 1978, antes de la fundación del museo. Salinas, por su parte, compró los tres objetos a John Wise, un importante coleccionista, galerista y traficante norteamericano de arte, con sede en Nueva York pero de redes globales (Coe Reference Coe and Boone1993), cuyos objetos hoy se encuentran repartidos en algunos de los más prestigiosos museos del mundo como el Dallas Museum of Art, el Cleveland Museum, el Brooklyn Museum y el Metropolitan Museum of Art.
El Dallas Museum of Art resguarda además los archivos de Wise y su esposa, así como los de su galería de arte. Como parte de nuestra investigación, en este archivo logramos identificar una carpeta dedicada a Juan Salinas que contiene varios documentos, entre ellos el invoice de la compra de estos tres monumentos maya junto a otras tres piezas mexicanas más, fechado el 31 de enero de 1978 (Figura 14). Anteriormente, Wise había ofertado estos tres mismos objetos al Cleveland Museum of Art en 1968, quienes mostraron interés pero lo desestimaron para comprar una vasija cupisnique. En el mismo archivo descubrimos que Wise compró estas tres piezas maya de piedra el año 1961 a William Hawker, de la hacienda Temixco en Morelos, México. Según los inventarios de Wise, en total por ellas pagó $5.500 USD: (1) $1.000 USD por F26, que sería MChAP 0415 (Figura 13a); (2) $2.500 USD por F25, MChAP 0417 (Figura 12b, d, f, h, j); y (3) $2.000 USD por F24, MChAP 0416 (Figura 12a, c, e, g, i). Lo más llamativo es que los mismos inventarios muestran que Salinas no solo le compró piezas a Wise, sino que también le vendió, concretamente una máscara de madera, dos flautas y una copa de plata en junio de 1961.
Invoice de compra de los tres monumentos maya de piedra por parte de Juan Salinas a John Wise (F26 es MChAP 0415, F24 es MChAP 0416 y F25 es MChAP 0417) (Archivo del Dallas Museum of Art, Dallas, Texas, EE. UU.).

Por la cercanía en el rango de fechas de compra de Salinas a Wise (31 de enero de 1978) (Figura 14), de entrega de Salinas a Larrain (julio de 1978) y de fichaje de las piezas por Larrain en su catálogo personal (agosto de 1978) –todo en un mismo año, con solo meses de diferencia–, nos inclinamos a pensar que Salinas actuó como intermediario en la compra a Wise, pero que el comprador final era realmente Larrain y su futuro museo. Esta hipótesis toma más fuerza si se considera que ya en aquel entonces (1978) Larrain estaba buscando objetos faltantes para montar su museo y que Salinas ya tenía contacto previo con Wise al haberle vendido algunas obras desde Chile (1961). Como sea, estos tres monumentos se movieron juntos de mano en mano, primero desde William Hawker en Morelos (1961), luego a John Wise en Nueva York (1961–1978), más tarde a Juan Salinas en Santiago (1978), seguido de Sergio Larrain (1978) y, finalmente, el Museo Chileno de Arte Precolombino (1981–2026), donde continúan hasta el presente. Dos de ellos (MChAP 0416 y 0417) incluso comparten una historia previa, pues fueron registrados juntos en la casa de José Lara en Hopelchén en 1936.
Finalmente, una última pieza de la colección del museo merece atención. Se trata de un fragmento modelado de estuco con la representación en bajo relieve de Chaahk, el dios maya de la lluvia y una serpiente que se asoma de lo que parece ser el tocado de la deidad (MChAP 0305). Actualmente está en muy mal estado de conservación y pudo formar parte de algún mural o friso mayor (Figura 13b). Sabemos que el mismo Salinas la obtuvo desde la casa de remates internacional Christie’s, que en esos años tenía una sede en Santiago de Chile, y que luego se la vendió a Larrain en noviembre de 1976, por un precio de $3.500 USD, tal como figura en su primer catálogo personal confeccionado antes de la fundación del museo (López Oliva Reference López Oliva2025).
Todos estos ejemplos prueban que la red, la forma y las agencias involucradas en la compra y el tráfico de estas piezas se encuentran relacionados entre sí. Incluso, es muy probable que además estén directa o indirectamente ligados a la obtención del resto de los objetos maya de la colección de Larrain y ahora del museo, que, como dijimos previamente, hoy alcanza las 530 obras (López Oliva Reference López Oliva2025). Nos inclinamos a pensar que la llegada de la estela al museo chileno está de alguna manera relacionada a estos otros objetos, sea por sus redes, agentes o mecanismos, pero es algo que no podemos asegurar. Lamentablemente, es muy difícil poder seguir profundizando en estos temas sin la colaboración de la institución que desde hace 45 años los posee, sobre todo si ella es controlada por una fundación privada de la propia familia del fundador del museo, quien además fue el comprador de la mayor parte de estas piezas y responsable de su llegada al país. Es muy factible que el vínculo familiar con Larrain impida al museo y su fundación revelar esta información con tal de resguardar la imagen y reputación de su fundador. Tal vez el tiempo diluya este secreto y permita desclasificar los archivos confidenciales de un patrimonio que es potestad de toda la humanidad.
Biografías, tráficos y museos
Ciertamente los objetos precolombinos no están en los museos por accidente. Su presencia en ellos es premeditada y consecuencia de actos conscientes. Detrás de su extracción desde los sitios arqueológicos de origen, su desplazamiento, transformación material y compra hay personas e instituciones movidas por intereses, pasiones y obsesiones, sean cuales sean estas. Una trayectoria cruzada por una compleja red de agencias, lugares y acciones. En ciertos casos la negación de estas biografías no es inocente ni casual, sino deliberada, con el fin de blanquear sus propias historias y así encubrir aquello que, por distintos motivos, no se quiere mostrar, contar, ni hacer público. He aquí la paradoja de algunos museos: instituciones concebidas para cuidar y exhibir objetos socialmente valiosos, que en su quehacer también los pueden llegar a destruir y mutilar, además de ocultar y silenciar sus verdaderas historias.
La Estela 6 del sitio de Aguateca fue sacada en 1968 sin permiso ni autorización desde la selva guatemalteca pocos años después de su descubrimiento, aun cuando el Decreto de Protección y Conservación de los Monumentos, Objetos Arqueológicos, Históricos y Típicos de esta nación rige desde 1947, ratificada luego en 1966 (Luján Reference Luján1969; Meyer Reference Meyer1990). Para hacerlo, fue descuartizada y mutilada, fragmentada en varias partes, cortando su cara frontal como una lámina y luego trozándola en pedazos para poder transportarla primero fuera del sitio y luego del país. En el proceso destruyeron varios glifos de la estela, algunos de los cuales no fueron documentados por los investigadores que alcanzaron a verla en su contexto original. Con ello, parte de la historia que contenían se perdió para siempre producto del coleccionismo. No se sabe a ciencia cierta cómo salió de la selva ni bajo qué mecanismos de transporte, pero terminó a 6.000 km en línea recta hacia el sur, en Santiago, la capital de Chile, comprada por un famoso coleccionista local inmerso en redes internacionales de tráfico de bienes precolombinos (Ballester Reference Ballester2023). A su haber, ya tenía casi un millar de piezas y a su andar el museo que fundó hoy reúne más de 500 ejemplares de tierras maya (López Oliva Reference López Oliva2025; Rivas y Ballester Reference Rivas and Ballester2021). Lamentablemente, para aquella época ninguna ley chilena impedía el ingreso al país de este tipo de obras desde el extranjero, solo la protección del patrimonio arqueológico nacional (Ley 17.288). De hecho, recién en el año 2014 Chile suscribió la convención de la UNESCO de 1970 (Subdirección de Fomento y Gestión Patrimonial Reference de Fomento and Patrimonial2020). Pero lo cierto es que más allá del factor legal, esta realidad implica profundos dilemas éticos y morales que no involucra solo a los museos sino a la sociedad en su conjunto.
Las técnicas de mutilación y los mecanismos de saqueo de la Estela 6 no son extrañas y responden más bien al modus operandi de los “esteleros” locales (Meyer Reference Meyer1990; Yates Reference Yates and Desmarais2015a). Su tráfico sigiloso y la forma de adquisición aluden al mercado negro internacional imperante en aquella época, en el que participaban todo tipo de agencias (Coe Reference Coe and Boone1993). La lógica del “Stela Stealing” (Robertson Reference Robertson1972) alimentaba la moda global de personas e instituciones por poseer y ostentar bienes culturales de esta naturaleza en la arena política del estatus y el prestigio social (Akin Reference Akin and Kingery1996; Hinsley Reference Hinsley1992; Jenkins Reference Jenkins1994). Claramente existe un sistema de valores asociado a este tráfico en el que no todas las piezas tienen igual valor, donde la competencia juega activamente para definir gustos, predilecciones y precios de mercado. Un mercado que, como demuestra este artículo, no es exclusivo al Norte Global y cuyas redes se extienden hacia el resto del planeta, incluso hacia sus periferias, pues también ahí existen elites que replican los habitus de consumo y ostentación de las metrópolis occidentales (Bourdieu Reference Bourdieu1979). En este Sistema de Arte Cultura (Clifford Reference Clifford and Clifford1988) los objetos maya ocuparon una posición privilegiada y su tráfico fue inmenso, todavía incalculable (p.e. Bueno Reference Bueno, Miruna, Deans-Smith and Rozental2021; Coggins Reference Coggins1969; Díaz y Williams Reference Díaz and Williams2024; Gilgan Reference Gilgan, Brodie, Doole and Renfrew2001; Joyce Reference Joyce, Tremain and Yates2019; Meyer Reference Meyer1990; Luke and Henderson Reference Luke, Henderson, Brodie, Kersel, Luke and Tubb2006; O’Neil y Miller Reference O’Neil and Miller2023; Stenz Reference Stenz2024; Tremain Reference Tremain2017, Reference Tremain, Tremain and Yates2019; Tremain y Yates Reference Yates, Tremain and Yates2019; Turner y O’Neil Reference Turner and O’Neil2024; Yates Reference Yates and Desmarais2015a, Reference Yates2015b, Reference Yates, Tremain and Yates2019, Reference Yates2023), al punto que ha terminado destruyendo una parte significativa del legado material de este pueblo (p.e. Achim et al. Reference Achim, Deans-Smith and Rozental2021; Bueno Reference Bueno2016; Luján Reference Luján1969; Martínez Reference Martínez1996; Robertson Reference Robertson1972).
“La verdad es que las estelas no votan” (Meyer Reference Meyer1990:128), dijo una vez un sabio anciano guatemalteco al mirar a distancia la realidad de su legado arqueológico. Es por esta razón que se vuelve relevante estudiar y reescribir la biografía de objetos precolombinos como las estelas, silenciadas y enmudecidas, aunque sea a través de pequeños fragmentos inconexos, pues esto permite dar voz a sus historias y experiencias en nuestra propia cultura y así visibilizar el rol que nuestra sociedad les ha dado en la conformación de la realidad material. Ante la ausencia de archivos –por voluntad o simple pérdida– las técnicas de imagenología para el análisis de objetos arqueológicos se vuelve una herramienta fundamental, pues a falta de palabras escritas o voces orales permite hacer hablar a sus cicatrices y heridas, a aquellas dejadas desde su extracción en sus lugares de origen, seguido de su transporte y tráfico, así como su cadena de modificaciones, accidentes y restauraciones. En estas técnicas yace una oportunidad para reescribir las biografías de estos objetos, aunque sea de manera parcial y fragmentaria, como una forma de construir una nueva relación con ellos, más justa y respetuosa. De seguro estas técnicas analíticas podrán repetirse en otros monumentos y objetos para complementar los escuetos archivos y las escasas voces que aún persisten sobre su historia reciente.
Lastimosamente, tal vez sea esta la razón por la que algunos museos tienden a eludir la parte reciente o moderna de la biografía de estos objetos para quedarse solo con su época precolombina. Así omiten su propia participación y complicidad en dichas historias, en especial de aquellos capítulos más sórdidos y oscuros que no contribuyen a su reputación en la sociedad en que interactúan. Y si no es la de ellos, de seguro que sí de los coleccionistas que conforman sus círculos afines, también donantes o financistas. Sin embargo, recuperar fragmentos para colaborar en la reescritura de esas biografías podría servir para abordar e intentar reparar las heridas aún vivas del saqueo arqueológico americano (Luján Reference Luján1985). Es solo a partir de la develación y la reconfiguración de estas biografías que es posible volver a dar contextos a estos monumentos que hoy en día continúan siendo hijos del expolio (Graham Reference Graham1988).
Agradecimientos
ANID-FONDECYT 1250389 y FONDECYT POSTDOCTORADO 2021–3210794. Al Museo Chileno de Arte Precolombino, al Peabody Museum of Archaeology and Ethnology de Harvard University, al Dallas Museum of Art y al American Museum of Natural History de Nueva York. También a Rodrigo Wandschneider y a las funcionarias del Centro Nacional de Conservación y Restauración de Chile, Pía Monteverde y Trinidad Pérez, por su valiosa ayuda, apoyo y entusiasmo en el proceso de digitalización en 3D y en los estudios por imágenes, respectivamente. A Pía también le agradecemos sus comentarios y observaciones relacionados con el estudio por imágenes de la estela. A Daniela Silva por su ayuda en digitalizar algunos documentos en Alemania. Alexander San Francisco y Daniel Quiroz dieron sus comentarios al manuscrito. Finalmente, a los revisores del manuscrito y al Equipo Editorial de la revista.
Declaración de financiamiento
ANID-FONDECYT 1250389.