La historia que narra Sebastián Edwards en The Chile Project tiene raíces geopolíticas y académicas que anteceden a la dictadura de Augusto Pinochet. En los primeros años de la Guerra Fría, Estados Unidos impulsó una estrategia diplomática y académica para contener la expansión del comunismo en América Latina. Una de estas iniciativas fue formar a jóvenes economistas latinoamericanos en universidades estadounidenses, con la expectativa de que al regresar contribuyeran a construir economías ‘democráticas y amigables con el mercado’ (market friendly).
En 1954, la Universidad de Chicago propuso un convenio de formación a la Universidad de Chile, entonces el centro académico más prestigioso del país. Sus economistas, sin embargo, influenciados por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el estructuralismo latinoamericano, rechazaron la propuesta. Fue la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC) la que, en 1956, aceptó el convenio, que incluía becas completas para estudios de posgrado en Chicago, con el compromiso de que los becarios regresaran como profesores a su escuela de economía. Así nacieron los Chicago Boys, quienes décadas después jugarían un rol clave en la transformación del modelo económico chileno.
El libro está dividido en tres partes: (1) los primeros años (1950–73), (2) la dictadura y el experimento neoliberal (1973–90) y (3) el neoliberalismo en democracia (1990–2022). Una de las virtudes de The Chile Project es su tono híbrido: combina historia económica, análisis político y una dimensión autobiográfica que le da profundidad y humanidad al relato. Edwards fue parte del gobierno de Allende, se formó en la Universidad Católica y luego obtuvo su doctorado en la Universidad de Chicago bajo la mentoría de Arnold Harberger, figura clave para la primera generación de Chicago Boys. Aunque comparte formación con ellos, siempre mantuvo una postura crítica hacia la dictadura. Esta trayectoria lo sitúa en un lugar privilegiado para narrar la historia desde dentro, pero con imparcialidad.
Edwards define el neoliberalismo como un conjunto de creencias que promueven el uso de mecanismos de mercado para resolver la mayoría de los problemas sociales, desde la educación hasta el transporte. Retomando a Michael Sandel, lo describe como ‘la marketización de todo’. Esta definición permite entender tanto la admiración como las críticas que ha recibido el modelo chileno.
En la segunda parte del libro, Edwards relata la elaboración de El Ladrillo, el documento fundacional del programa económico de los Chicago Boys. Redactado antes del golpe de Estado, fue ofrecido como programa económico al candidato Jorge Alessandri, quien lo rechazó por considerarlo inviable. Tras el golpe de 1973, los economistas de Chicago se posicionaron en el gobierno militar y aprovecharon una ventana de oportunidad inédita: un régimen autoritario que les ofrecía carta blanca para implementar reformas radicales. El plan fue modificado y se aplicó con una lógica de shock: liberalización comercial, privatización de empresas públicas, desregulación financiera y retiro del Estado de múltiples áreas.
Edwards muestra que los Chicago Boys no operaban sin contrapesos. Dentro del régimen militar hubo resistencia: generales se oponían a privatizar sectores estratégicos, como la minería o la energía, por razones de seguridad nacional. Tampoco apoyaban una liberalización total, por temor al colapso industrial. Aunque los economistas terminaron imponiéndose, la transformación no fue ni unánime ni lineal. Las consecuencias fueron profundas: auge exportador, retroceso del sector manufacturero, desempleo y pobreza.
Desde los años 80, la hegemonía intelectual de los Chicago Boys fue disputada por otras figuras del mismo bloque neoliberal. José Piñera impulsó el sistema de pensiones, mientras que Miguel Kast y Jaime Guzmán promovieron la expansión del modelo a otras áreas como salud, educación y relaciones laborales. Guzmán, además, fue clave en la institucionalización del modelo a través de la Constitución de 1980.
Con el retorno a la democracia, muchos pensaron que el modelo neoliberal sería desmantelado. No fue así. Los gobiernos de Patricio Aylwin y Eduardo Frei mantuvieron gran parte del modelo y nombraron a ex Chicago Boys en cargos clave. En los gobiernos de Ricardo Lagos y particularmente Michelle Bachelet, se ampliaron los servicios sociales, pero siempre bajo la lógica de focalización. El crecimiento económico fue notable: entre 1990 y 1997 Chile creció a una tasa promedio de 7,7%. La regla fiscal del gobierno de Lagos fue celebrada internacionalmente por su prudencia macroeconómica y carácter contracíclico.
Durante dos décadas, Chile fue considerado un caso ejemplar en la región: el PIB per cápita se triplicó, la pobreza disminuyó y mejoraron los indicadores sociales. Sin embargo, estas cifras ocultaban tensiones estructurales: pensiones con bajas tasas de reemplazo, endeudamiento estudiantil, y universidades que encontraban formas de lucrar pese a la prohibición legal. El malestar crecía, especialmente en la clase media cuyos hijos accedían por primera vez a la educación superior.
Las críticas a la mantención del modelo no tardaron en llegar: primero en 2006 con estudiantes secundarios, luego en 2011 con protestas universitarias, y finalmente con el estallido de 2019. Una explicación fue la rigidez institucional de la Constitución heredada de la dictadura. Pero Edwards señala que muchas reformas que profundizaron el modelo fueron decisiones voluntarias: el Crédito con Aval del Estado (CAE), las concesiones de autopistas con peajes elevados y la profundización del libre comercio con aranceles mínimos.
Con el estallido social del 18 de octubre de 2019, las élites se vieron forzadas a reconocer un malestar que había sido ampliamente subestimado y se inició un proceso de cambio de la constitución de Pinochet. Aunque el malestar ya había sido descrito por el informe Desiguales (PNUD, 2017), sus causas eran múltiples. A pesar de buenos indicadores macroeconómicos, las personas percibían desigualdad en el trato, segregación social, y clasismo en la vida cotidiana. El modelo hacía énfasis en el esfuerzo individual y la educación como vía de movilidad social, pero el país seguía siendo controlado por una élite pequeña, predominantemente masculina, proveniente de un puñado de colegios y dos universidades (Universidad de Chile y la PUC).
A este malestar se sumaron otros factores. Casos de colusión empresarial alimentaron la percepción de impunidad económica. Aunque las empresas involucradas pagaron multas, ningún ejecutivo fue a la cárcel, en fuerte contraste con las sanciones aplicadas a delitos contra la propiedad cometidos por personas comunes. A esto se agregaron el alto endeudamiento de los hogares, los conflictos no resueltos con los pueblos originarios y los escándalos de financiamiento ilegal de la política que involucraron a partidos de todo el espectro. Se confrontaban así dos narrativas: la del país exitoso y próspero, y la del malestar y la exclusión.
Edwards denomina a esta tensión la ‘paradoja chilena’: mientras los indicadores de bienestar mejoraban, también lo hacía la percepción de injusticia. Para entender esta brecha, recurre a la distinción entre desigualdad vertical (de ingreso) y desigualdad horizontal (social), esta última cercana al concepto de desigualdad relacional (relational inequality) de Elizabeth Anderson. En un país donde el 1% más rico concentra casi la mitad del patrimonio, estas formas de desigualdad se combinan para explicar el profundo descontento social.
En las páginas finales, Edwards describe la historia económica chilena como una de ‘éxito y abandono’: éxito en el rápido crecimiento y la reducción de la pobreza, y abandono en cuanto a la desigualdad. No desde la nostalgia, sino como observador crítico, señala también el retiro de los economistas neoliberales de la ‘guerra de las ideas’. Al ver que los gobiernos post dictadura mantuvieron buena parte de las bases del modelo – aunque sin reconocerlo abiertamente – sus defensores abandonaron la labor de predicar activamente las bondades del modelo. A esto se sumó el contexto post estallido social y la discusión sobre derechos sociales en los procesos constituyentes, que hizo más difícil la defensa abierta del modelo. Instituciones como el Centro de Estudios Públicos ampliaron su agenda temática, otras como Libertad y Desarrollo perdieron visibilidad, y los académicos de la PUC se alinearon con la lógica global de ‘¡publicar o morir!’, retirándose de ese debate.
Edwards termina su libro con la predicción de que Chile se alejará del modelo neoliberalismo impuesto por los Chicago Boys. Lo cierto es que después de que él terminara de escribir este libro, los cambios propuestos por un equipo técnico sobre la nueva constitución fueron rechazados por la ciudadanía, manteniéndonos en la constitución de dictadura. También han surgido nuevos liderazgos de extrema derecha que intentan revivir el debate de ideas, más extremas que las de los Chicago Boys, aunque con componentes proteccionistas y nacionalistas que suponen un peligro para un estado democrático y de derechos.
Así, The Chile Project puede leerse también como una historia del poder de las ideas. Edwards insiste en que comprender la historia económica chilena exige atender a la competencia entre visiones del mundo que, en distintos momentos, moldearon políticas, instituciones y sentidos comunes. La ‘guerra de las ideas’ no es un capítulo cerrado, sino una disputa continua, con momentos de repliegue y de resurgimiento, que sigue viva en el presente.
En una época en que la formación en economía está cada vez más orientada al análisis cuantitativo, relegando la historia económica y la economía política a un plano casi inexistente, The Chile Project es una lectura imprescindible. Por su claridad narrativa, riqueza empírica y capacidad para conectar trayectorias individuales con procesos estructurales, es fundamental para estudiantes de economía, y para cualquiera que quiera comprender los dilemas de un país que ha sido, al mismo tiempo, ejemplo y advertencia.