Introducción
Dada su directa responsabilidad como auxiliares operativos de la justicia, la seguridad y la higiene, los médicos legistas atendieron a los saberes anatómicos que expresaban los cuerpos de criminales y enfermos en observaciones rutinarias en hospitales, dispensarios y morgues. El estudio sistemático del cuerpo en la transición al siglo XX se había convertido en una práctica científica privilegiada que amalgamaba las pretensiones de prevención del delito y de las enfermedades. La medicina legal se integró con fuerza en los mecanismos de control social que el Estado colombiano fue implementando durante este periodo, aprovechando su capacidad de dominio de las ambigüedades que plagaban las investigaciones criminales con la sistematización y análisis del cuerpo humano. Así, fue estableciéndose cada vez más como una justicia menor que emanó juicios, diagnósticos y pronósticos del delito a través de una serie de ejercicios de observación detallada de las estructuras corporales con los que este saber y sus expertos procuraron consignar elementos visibles en la piel y develar aquello que esta misma ocultaba, esto es, lo que el individuo era, lo que había hecho y lo que podría llegar a ser. La medicina legal, que aseguraba la articulación entre lo médico y lo judicial, cumplió con la función de activar discursos organizados en torno al problema del peligro social, detectarlo y oponerse a él (Foucault Reference Foucault2007, 43).
Interrogar en torno a la piel implicó el uso de una serie de dispositivos de conocimiento anatómico que, con sus operaciones concretas y sus estrategias intelectuales, permitían percibir y representar en lo “desviado”, lo “anormal” y lo “enfermo” del cuerpo, subordinando determinadas características a signos fácilmente interpretables. Estos fueron conceptos que, como veremos, dentro de la práctica médica se guiaron por juicios de apreciación científicos, morales y políticos que normativizaron corporalidades y enunciaron caracteres diferenciales en infracciones somáticas y mentales del individuo que transgredían los límites sociales, morales, naturales, culturales y jurídicos (Cardona Reference Cardona Rodas2005, 170; Hering Reference Hering2008, 16-17). La facultad de visibilidad, esto es, la capacidad de enunciación científica de estas prácticas y saberes para identificar los quebrantos del orden corporal externo e interno, fue garantizada por vía de un lenguaje que lo visibilizó en conceptos y con el uso de herramientas como la fotografía y el dibujo. Estas se convirtieron en el principal vehículo difusor de representaciones del cuerpo elaboradas con sustento científico y dotaron a los estudios clínicos de pruebas de verosimilitud para sustentar teorías y recrear materialidades desde la perspectiva del médico, que convirtió al cuerpo humano en un objeto de conocimiento en el cual esculpir sus verdades (Mandressi Reference Mandressi2012, 15, 150; Cardona Reference Cardona Rodas2012, 13).
En este campo, junto a patologías, enfermedades deformantes y erupciones cutáneas, el tatuaje pasó a integrar un grupo de vicios anatómicos que sustentaron diversas teorías causalistas que relacionaron su origen y formación con predisposiciones psíquicas, taras congénitas y herencias degeneradas. Así, fue este un elemento que desde finales del siglo XIX y hasta entrada la segunda mitad del siglo XX planteó importantes interrogantes en los estudios que indagaron en las causas biológicas, raciales y sociales del delito y en las enfermedades del cuerpo y de la mente. Y como se trató de un elemento que, por la difusión de los estudios criminológicos europeos, estuvo ligado al crimen y a sus causas patológicas interpretables con la observación, muchos individuos tatuados alrededor del mundo fueron objeto de análisis y sus pieles fueron reproducidas en libros, fotografías, dibujos y museos anatómicos.
En estos últimos, que componen el corpus de esta investigación, se encontró limitada y episódicamente una alianza entre la piel aún fresca de un cadáver con la vista y el tacto del médico que la despellejó y disecó en morgues y escuelas de medicina del mundo a finales del siglo XIX, cuando los estudios criminológicos positivistas le dieron un ímpetu científico a la elaboración de colecciones anatómicas. Muchos de estos macabros repositorios de pieles marcadas, de las que por lo general no se sabe a ciencia cierta cómo fueron coleccionadas, han sobrevivido al paso del tiempo y hoy día conservan vestigios de su fetichización en el departamento de antropología del Muséum National d’Histoire Naturelle de París, con cerca de cincuenta piezas de piel tatuada preservadas en seco; en el Departamento de Medicina Forense de la Universidad de Cracovia, con unas sesenta piezas preservadas en líquido conservante; en el Instituto Nacional de Medicina Legal e Ciências Forenses de Lisboa, con unos sesenta frascos con pieles tatuadas (Coutinho Reference Coutinho2017); en la Wellcome Collection de Londres (Angel Reference Angel, Krutak and Deter-Wolf2017, 128); el Berliner Medizinhistorisches Museum der Charité; el Museo Anatomopatológico de Barcelona (Rocha Reference Rocha2022, 185–192); el Museo del Instituto Médico Legal de Chile (Muñóz Reference Muñoz Aránguiz2025); entre muchas otras colecciones públicas y privadas existentes en Bucarest, Bolonia, Madrid, Viena y Tokio, con recortes de piel tatuada expuestos en vitrinas y tomados de cadáveres sin el consentimiento de sus propietarios o sus herederos (Deter-Wolf y Krutak Reference Deter-Wolf, Krutak, Krutak and Deter-Wolf2017, 130; Smith et al. Reference Smith, Starkie, Slater and Manley2021; Sánchez Reference Sánchez Gómez2019; Vadrucci et al. Reference Vadrucci, Cicero, Zanasi, Stani, Orsini, Lodolo, Ordonez, Nisi, Rose, Cicuttin, Crespo, Vaccari and Ratti2025).
En Colombia, esta práctica coleccionista anatómica iniciada en el siglo XX tuvo una importante recepción en espacios médicos científicos, para lo cual medió la existencia de un modelo de entendimiento esencialista y funcionalista de comprensión de las relaciones entre cuerpo e identidad, que refirió al tatuaje dentro de un marco de conducta en sintonía con la enfermedad, el delito y los desórdenes morales. Entre toda una diversidad de materiales y de registros recopilados a inicios del siglo XX y hasta la década de 1960, que incluyen fotografías de tatuajes y dibujos calcados de tatuados presos y enfermos con fines pedagógicos, punitivos y profilácticos (Ortiz y Piedrahita Reference Ortiz Vázquez and Piedrahita R.1931; Correa Reference Correa Henao1965), destaca una privilegiada colección de pieles tatuadas recortadas de individuos fallecidos de manera natural o accidental que componen el eje central de esta investigación. Con estas muestras, que ilustran unos episodios de la historia social y de las ciencias médicas en Colombia, quiero explorar los usos médico-legales del tatuaje en Colombia y la producción de sus insumos visuales, revisando el tatuaje como práctica artística y como objeto de análisis científico.
Estas galerías de imágenes, elaboradas por médicos y tatuadores diletantes o profesionales, lidiando cada cual con sus disciplinas sobre los cuerpos de vivos y de muertos no reclamados, se presentan también como un medio esencial para acercarnos a la comprensión de las relaciones entre cuerpo y ciencias, de cómo las segundas indagaron en las transparencias difusamente ofrecidas por el cuerpo, elaborando sobre él una serie de técnicas, discursos y teorías. Esta investigación ofrece un estudio en torno a una colección, a mi saber, inexplorada, aportando material empírico original para el estudio de las transgresiones, las prácticas artísticas y los saberes médicos en la Colombia del siglo XX.
Así, abordo la materialidad de la colección de tatuajes de José María Garavito Baraya (1914–1986), por ser esta una fuente esencial para comprender, por una parte, la cultura identitaria del tatuaje en Colombia, sus técnicas, sus herramientas, iconografía y comunidades envueltas; y por la otra, las estrategias intelectuales para el estudio científico del mismo, incluyendo las operaciones concretas de colección anatómica y las funciones médicas, higiénicas y morales del mismo.Footnote 1
Esta colección, empero, presenta unas limitaciones importantes. Al tratarse de recortes de piel reunidos por separado y no puestos en contexto con sus respectivos informes periciales o expedientes, no es posible profundizar como se desearía en torno a los análisis forenses a los que cada uno fue sometido. De estos silencios solo quedan piezas orgánicas naturales transformadas en artificios de museo, en “pergaminos humanos pintados, monumentos de paciencia, calumnias de la naturaleza” (Urrutia Reference Urrutia1895, 43), agrupadas como animales disecados por un taxidermista, para interpretar su visualidad aprovechando su resistencia a la putrefacción enfisematosa (Mandressi Reference Mandressi2012, 272). No obstante, de no ser por la preocupación de médicos, policías y criminólogos reunida en otros registros documentales que apoyan el estudio de esta colección, no sería posible imaginar parte de la historia del tatuaje en Colombia.
El tatuaje es susceptible de ser contextualizado dentro de un momento histórico, y de ser puesto en relación con sus formas de producción y los usos que se le dieron de acuerdo con su disponibilidad, su necesidad y su individualidad. Por eso las pieles de la colección de Garavito no son presentadas acá como objetos en el sentido común, a pesar de ser visibles, palpables y almacenables en museos o archivos históricos como cualquier fuente primaria (Angel Reference Angel, Krutak and Deter-Wolf2017, 109). Son rastros de las vidas de otras personas, son memorias de la identidad individual inscritas en la carne que, con sus variables temporales, geográficas y sociales, han sobrevivido al tiempo revelando su constitución como forma de arte popular amateur o profesional, dependiendo de las transacciones envueltas. Son recuerdos hechos por reos en presidios, por marineros extranjeros en puertos, por taxidermistas, por mercachifles o por culebreros itinerantes (Figura 1). Estos últimos, mercaderes de vida gitana que, viajando a pie por caminos solitarios con una caja repleta de medicinas, tintas y herramientas, sorprendían a sus potenciales clientes en ciudades y pueblos con disfraces de plumas “como verdaderos indios salvajes” o vestidos de frac y con alucinadoras palabrerías en la plaza pública, donde elogiaban las maravillas de sus mantecas curativas y de sus tatuajes.Footnote 2 Estos, en su rol como artistas, transmitieron este saber de boca en boca, bien sea en medio de operaciones de intercambio de bienes y servicios o por el deseo de imitación, aprovechando la libertad de movimiento facilitada por sus labores de venta sin puesto fijo (Angel Reference Angel2012, 30; Angel Reference Angel, Rosenthal and Vanderbeke2015, 215; Galindo Reference Galindo2025a).
Un culebrero. Ernesto Saravia Mateus, “La hechicería ambulante”, El Tiempo, 2 de junio de 1926.

La historia del tatuaje en el siglo XX es un campo en proceso de exploración (Galindo Reference Galindo2025a, 2025b) y, salvo su inclusión en dos exposiciones artísticas y museísticas que reactivaron su contenido tras años de abandono (Borja y Restrepo Reference Borja Gómez and Alejandro Restrepo2010, 166; Sistema de Patrimonio Cultural y Museos 2012b), la materialidad de la colección visual acá recogida no ha recibido mayor atención en la historiografía de la medicina y del delito en Colombia, a pesar de tratarse de un compendio anatómico documental de gran interés que, con las macabras características de sus objetos y la particularidad de sus contenidos, invita a establecer diálogos con otras disciplinas interesadas en el estudio de las relaciones entre cuerpo y ciencias.
Para acercarme a la colección de Garavito Baraya aprovecho, entre otros, los trabajos de la historiadora Gemma Angel, que ha estudiado la historia de las colecciones de pieles tatuadas en Europa analizando las estrategias pictóricas empleadas por los tatuadores europeos del siglo XIX, así como la estandarización del mismo dentro del marco de la criminalidad y la enfermedad. Sus investigaciones invitan a analizar el conocimiento médico y popular del tatuaje observando la interacción epistemológica de estas formulaciones opuestas a través del análisis combinado de la iconografía de los tatuajes, de las pieles y de la técnica de tatuado para responder a las preguntas que motivaron esta investigación, a saber: ¿cómo se tatuaba a principios del siglo XX? ¿Cuáles eran las iconografías tatuadas? Y, desde la medicina, ¿por qué y cómo se coleccionaron tatuajes? ¿Cuáles eran los métodos de preservación? ¿Cuáles eran las intenciones de coleccionar un tatuaje en Colombia? ¿Cómo llegaron a poseerse estos fragmentos anatómicos?
Coleccionistas de tatuajes: Usos de una muerte insignificante
La creación de este singular tipo de colecciones nacía del encuentro fortuito entre dos tipos de coleccionistas característicamente opuestos entre sí: por un lado, el médico legista, en este caso José María Garavito Baraya, futuro recopilador de pieles marcadas; y, por el otro, el tatuado, el primer coleccionista seleccionador de diseños y recuerdos ubicados en su cuerpo como un gabinete de curiosidades antropomorfo. Este encuentro se producía con el ingreso del cadáver del tatuado al Laboratorio de Criminalística de la Universidad Nacional o al edificio de San Diego en Bogotá, sede del necrocomio del Instituto de Medicina Legal. Fundado en 1914, este instituto era el responsable de practicar autopsias de individuos fallecidos violentamente para determinar las causas de la muerte (por heridas, accidentes, envenenamiento o suicidio), emitir conceptos de psiquiatría forense y analizar piezas anatómicas (Ministerio de Gobierno 1932, 8–9; Hering Reference Hering2024, 245–246). Allí, se procedía al examen de cuerpos, como el del primer coleccionista, para verificar los signos de la muerte, rastros de putrefacción y signos de identidad que dieran cuenta de quién era el individuo abriendo las cavidades de tórax, abdomen, pelvis y cráneo para verificar traumatismos.Footnote 3
Como aseguraba Guillermo Uribe Cualla (Reference Uribe Cualla1955, 248) (1895–1980), entonces director del Instituto, en este procedimiento el estudio de la piel tenía mucha importancia desde el punto de vista médico-legal. Su rol principal era la confirmación de la identidad del cadáver, pero también era útil en el reconocimiento de estados patológicos preexistentes (Uribe Reference Uribe Cualla1971, 486; Galindo Reference Galindo2025b, 199–218).Footnote 4 El examen de las manchas artificiales y naturales de la piel fue una práctica privilegiada por diversas escuelas de la medicina y la criminología para las que, observando estigmas profesionales, cicatrices y tatuajes, “cicatrices parlantes”, era posible verificar lesiones anatomopatológicas (Lacassagne y Martin Reference Lacassagne and Martin1921, 106). Para Uribe Cualla, esta máxima del positivismo solo era admisible si se aceptaba la afirmación de Enrico Ferri que indicaba que el comportamiento criminal era consecuencia no solo de factores antropológicos, sino también sociales. Para su prevención, desde la cabeza del Instituto se propusieron medidas preventivas y correctivas basadas en la teoría de la “defensa social”, heredera del positivismo, que legitimaba la profilaxis del delito en manos del Estado. Para ello se consolidó el cruce entre el aparato jurídico fundado en el Código Penal de 1936 de corte peligrosista y el pensamiento médico positivista, eugenésico y cercano a las teorías de la degeneración racial introducido por Uribe Cualla en el Instituto de Medicina Legal (Olaya Reference Olaya Peláez2023) para determinar la personalidad del delincuente, si se trataba de un “individuo normal” o de “un enajenado mental” (Uribe Reference Uribe Cualla1955, 11; Uribe Reference Uribe Cualla1971, 890–906; Ministerio de Gobierno 1932, 11). Para Uribe, indagar en torno a esto implicaba un análisis de los factores sociobiológicos, atravesados por un enfoque racial que responsabilizaba a los factores ambientales y hereditarios indígenas, que integraban el biotipo criminal individual, como causantes del comportamiento criminal. Estas eran características visibles en las enfermedades de la piel, en cicatrices y en el tatuaje que, como toda marca externa, debía ser tenida en cuenta por el médico legista para saber cómo fueron originadas, detallando su aspecto, forma, dimensiones, densidad, la coloración de la piel en su zona y su adherencia a los tejidos subyacentes (Uribe Reference Uribe Cualla1935, 16; Putnam Reference Putnam1896, 253). Con esto era posible emitir conceptos médico-legales, reconocer al individuo, su profesión y trazar una biografía del mismo estudiando la naturaleza de las heridas y la época cuando fueron ocasionadas, o buscando enfermedades en erupciones, hemorragias, hernias, fístulas, etc. (Putnam Reference Putnam1896, 46–47, 251–252; Hering Reference Hering2024, 249–250).
Los cuerpos tatuados, insumos visuales y materiales susceptibles de ser disecados y analizados, estaban a la vez trazados por unos vectores sociales, laborales y comportamentales que debían ser cumplidos para poder integrar esta colección, pues no todos los cadáveres ni todas las pieles eran útiles para disección (Salillas Reference Salillas1908, 201). La identidad del difunto, inscrita en la piel, era lo que determinaba la realización de estos cortes y la preparación de estas piezas anatómicas. Los cadáveres tatuados que componían su fondo anatómico, recuerda Garavito, eran por lo general despojos no reclamados, en su mayoría, de individuos extranjeros y de algunos pocos colombianos muertos en riñas callejeras, así como a algunos cuantos suicidas (Garavito Reference Garavito Baraya1966, 46). Es esta una característica que recuerda las palabras de José Antonio Osorio Lizarazo cuando, a propósito de los asilos de indigentes, señaló: “con los anormales y los incompletos se formó una colección de miserias […] ciegos, sordos, idiotas, tullidos […] en que cristalizaron los vicios de todas las corruptas ascendencias.”Footnote 5
Siguiendo a Garavito, la elección del cadáver y de la piel a coleccionar no era fortuita. Para ello mediaban algunas condiciones que hacían a un individuo susceptible de ser sometido a un tratamiento de mutilación de tal calibre. Eran los criminales ajusticiados, los habitantes de calle y, en general, los individuos situados al margen de la sociedad y que no serían sometidos al tradicional acto de inhumación, los que, desde el antiguo Egipto, pasando por la Edad Media y hasta bien entrado el siglo XX, habían proporcionado el grueso de la materia prima para las disecciones y vivisecciones. Desde las primeras disecciones humanas hechas en el siglo XVIII, que dieron la bienvenida a esta nueva ciencia anatómica, y hasta la actualidad, el uso de estos cuerpos desafortunados dejó de ser una rareza para ser una rutina en los anfiteatros. Era, pues, el medio más económico para conocer el cuerpo. Con esto, lo que se pretendía era aprovechar sus muertes y tornarlas en doblemente útiles a la sociedad de la que habían sido azote, eliminando el peligro y capitalizando su corporalidad para el conocimiento científico. Tal como lo señala Mandressi, a fin de evitar perjuicios a vecinos o provocar vergüenzas en parientes o amigos, desde la Edad Media y la Temprana Edad Moderna se solían usar solo los cadáveres “de personas de baja extracción,” desconocidas, originarias de regiones lejanas “ignobiles, ignoti, ex longinquis regionibus” (Mandressi Reference Mandressi2012, 11 y 190–207).
Se desconoce si el uso, preservación y exhibición de restos humanos enfrentó cuestionamientos no solo legales, sino éticos, morales y religiosos. A pesar del respeto tradicional al cadáver y a la intangibilidad que se le podría asignar, no se ha encontrado la formulación de reglas epistémicas o prohibiciones eclesiásticas que, desde la tradición católica, hubieran limitado el quehacer del investigador médico de la época (Callis Reference Callis1939, 31; Mandressi Reference Mandressi2012, 23–24). De hecho, el cuestionamiento apunta en la otra dirección, en la medida en que la elaboración de estas colecciones ya cumplía con una importante función moral. Las autopsias y las disecciones, movidas por el deseo de comprender y observar la estructura del organismo, pusieron expresamente el acento en la elaboración de una anatomía patológica que reflejara la imagen de los daños orgánicos provocados por el desorden de las conductas y de los excesos, como el alcoholismo o el uranismo, calificados como tales por la mediación de los órdenes higiénicos y morales (Ortiz y Piedrahita Reference Ortiz Vázquez and Piedrahita R.1931, 446–448; Callis Reference Callis1939, 31). Esta era una medida que iba de la mano con las estrategias de gobierno de la población y de dominio institucional sobre los cuerpos emprendidas desde inicios del siglo XX por las élites nacionales deseosas de controlar las tensiones producidas entre ellos y la naciente clase obrera. Para ello, la medicina, el higienismo y las teorías criminológicas mediaron para identificar los elementos antagónicos de la población idealmente adecuada para el progreso económico y social del país en términos raciales, sociales y morales. Con esto, la disección del cuerpo, una práctica que ya reflejaba la modernización de las ciencias médicas, desligaba al hombre de lo que poseía, individualizándolo y convirtiéndolo en piezas que el conocimiento científico y moral legitimaba, esto es, un bien científicamente expropiado por el Estado (Pohl-Valero Reference Pohl-Valero2014; Morente Reference Morente2016, 28–30).
La preparación de las piezas anatómicas de estos desafortunados era un acto híbrido entre lo médico y lo artístico que, además de exhibir lo efímero de lo humano, reflejaba un ejercicio de violencia sobre el cuerpo que recuerda las palabras del padre Carmen Amador evocando la autopsia de Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada: “fue como si hubiéramos vuelto a matarlo después de muerto” (García Reference García Márquez1988, 116). Era una tarea que exigía una gran precisión en la producción de objetos únicos y coherentes que despertaran el interés del segundo coleccionista por su capacidad de revelar la cara oculta del cuerpo humano. Para ello, mediaba una experticia en el procedimiento dependiendo del método utilizado para su preservación, bien fuera en húmedo o en seco (Mandressi Reference Mandressi2012, 242–278; Coutinho Reference Coutinho2017, 21–23). Este último, empleado por Garavito Baraya, aunque no está especificado en su literatura, parece seguir las pautas de los procedimientos de disección empleados en diversas colecciones de tatuajes del mundo y en lo sugerido en los manuales de disección de la época. Este fue un procedimiento que, con las preferencias prácticas introducidas por cada anatomista, se hacía extirpando y socavando quirúrgicamente la parte de piel seleccionada, lavando los fragmentos desarraigados en agua y raspando la gruesa capa de grasa en el reverso, evitando que quedaran lobulillos adheridos (Rengel y Kleiss Reference Rengel Sánchez and Kleiss1954). La piel seccionada era sumergida en alcohol durante varias semanas para eliminar el exceso de agua de los tejidos, para luego ser expuesta al aire aplicando un procedimiento de curtido que, señala Garavito, permitía conservar la naturalidad de la piel y su coloración. Como se ve en todas las figuras de la colección, para evitar contracciones durante el secado, estas eran aplanadas y sostenidas con puntillas en tablas de madera pulidas cubiertas con una fina capa de plástico (no existentes en la colección actual) que las protegían tras el secado (Ferrer Reference Ferrer Cagigal1927; Garavito Reference Garavito Baraya1966, 46). Al finalizar, en algunas de las colecciones mencionadas en la introducción se optaba por recubrir las pieles con cera o barniz transparente, pero este paso parece ausente en el procedimiento de Garavito Baraya (Angel Reference Angel2013b, 61).
Este procedimiento de conservación de piezas anatomopatológicas no contaba por entonces con mucha fama en la literatura médica. Los manuales de medicina legal en Colombia privilegiaban la reproducción de los tatuajes mediante dibujos calcados con tela transparente sobre la marca, como los reunidos por Alfredo Correa Henao (Reference Correa Henao1965). Esto era considerado suficiente para reconocer al tatuado, su profesión y sus costumbres habituales (Uribe Reference Uribe Cualla1977, 705–707). Las principales críticas, originadas a finales del siglo XIX, apuntaban que este procedimiento no garantizaba la conservación de la piel por su exposición a la luz, la humedad, el polvo, las fricciones y los traumatismos. A esto se sumaba la dificultad de ordenarlas, de mantener sus relaciones anatómicas, coloración, naturalidad y su verdad, pues esta era una técnica condicionada por la localización, extensión, profundidad y elasticidad de la piel, lo que finalmente definía el grado de contracción y endurecimiento de los tejidos, así como la conservación de la suavidad, las formas y los colores del tatuaje en un grado similar al momento anterior a la muerte, el enfriamiento, las rigideces cadavéricas, las livideces o, en dado caso, la putrefacción y la descomposición. Aunque se señalaba que era una técnica relegada al olvido cuando se trataba de conservar piezas de mayor espesor, en su favor se indicaba que era un método de gran valor cuando se trataba de piezas óseas o tejidos delgados (Urrutia Reference Urrutia1895, 19).
Estas largas esperas contadas a partir de la muerte, el levantamiento, la recepción de un cuerpo, la definición de su posesión y la llegada de los hedores no son episodios anecdóticos o esporádicos en la historia de la medicina legal; son, por el contrario, características permanentes en el ejercicio forense preocupado por conocer el cuerpo humano (Mandressi Reference Mandressi2012, 184). Por lo que lograr compilar la colección de Garavito debió llevar a la pérdida de varios ejemplares en el proceso de disección y en su conservación, ya que era una técnica aplicable a cadáveres de pocas horas, sobre los cuales no habían hecho efecto alguno las alteraciones propias del tiempo, del aire, de las temperaturas y de las bacterias que impiden o enmascaran las prácticas identificativas (Callis y Mur Reference Callis and Mur1928, 259; Camps Reference Camps Piera1970, 10).
Con todo, esta colección en seco del Museo de Ciencias Forenses, ubicada en la reserva del Claustro de San Agustín en Bogotá, conserva actualmente seis ejemplares de los doce inicialmente catalogados en la década del dos mil. Pese a tratarse de pieles cuyo envejecimiento ha afectado las características originales del tatuaje, estas revelan información importante sobre el tatuaje y las prácticas de disección en Colombia. Los valores materiales e iconográficos de la colección muestran la existencia de diversos tipos de tatuajes, entre los que destaca la profunda religiosidad de los colombianos expresada en cruces, cristos y vírgenes; las pasiones amorosas y los romances reunidos en corazones y rostros; y las profesiones y oficios entre los que el tatuaje se hizo habitual y que facilitaron su proliferación, como las anclas entre marineros y pescadores y los emblemas entre soldados y militares. Entre estas expresiones visuales llama particularmente la atención la numerosidad de imágenes violentas que, afirma Correa Henao, ganaron protagonismo a partir de las décadas de 1930 y 1940 como consecuencia de la depresión económica, de los cambios políticos y especialmente por el inicio del periodo de La Violencia, cuyas terribles consecuencias sociales, palpables en el sadismo político y la violencia rural y urbana, dejaron daños irreparables que no tardaron en verse reflejados en la piel de los colombianos en forma de tatuajes que invitaban a la muerte en símbolos de calaveras, armas y lemas de venganza por el dolor sufrido (Galindo Reference Galindo2025a). Otros elementos constitutivos del tatuaje quedan expuestos en los distintos tamaños, colores de piel blancos y mestizos y texturas que conservan aún vellos intactos, que destacan signos de preparación experta y cuidadosa, con líneas y cortes a detalle, pero también de ejecuciones apresuradas tanto al momento de extirparlo como durante su elaboración.
Pergaminos humanos
Si bien se acepta la idea que indica que el proceso de tatuado y sus prácticas podían variar considerablemente entre culturas y geografías, el principio básico del tatuaje sigue siendo el mismo. La piel es punzada por un objeto filoso y sobre la herida que causa se aplican pigmentos, bien sea untando la punta del objeto o directamente sobre la llaga. Hasta la llegada de la máquina de tatuar eléctrica a Colombia en la segunda mitad del siglo XX (Romero Reference Romero Patiño2016) o la fabricación de las primeras máquinas caseras, llamadas hechizas, “que más parecían un taladro de calles que otra cosa”, este procedimiento se caracterizó por ser ejecutado de manera manual, con el método conocido actualmente como hand-poking.Footnote 6 Esto es, la ejecución artesanal de punzadas a pulso, punto por punto, con varias agujas agrupadas incrustadas sobre imágenes calcadas o dibujadas a mano sobre la piel por el tatuador, y realizado en los lugares de sociabilidad más comunes: “Todo ocurría en un café, mientras me tomaba una cerveza”, recordaba Pacheco cuando fue tatuado en la década de 1950, antes de ser un popular personaje de la televisión colombiana. Tras el tatuado, la herida era cubierta con papel higiénico, “después de siete días uno se quita eso para ver si tiene gangrena o tatuaje. Yo tenía tatuaje”.Footnote 7 El resultado, como veremos, era un tatuaje que cumplía con la intención del tatuado de evocar pasiones amorosas, sexuales, religiosas, laborales o promesas de venganza (Galindo Reference Galindo2025a).
La técnica de tatuado a mano inmortalizó expresiones artísticas identitarias particulares que lo diferencian de los elementos estéticos del tatuaje profesional actual. Para los médicos forenses, legistas y patólogos colombianos, la estética del tatuaje era leída desde los cánones profesionales del tatuaje extranjero, como sucedía con el tatuaje japonés que, desde la óptica médica, era de dimensiones artísticas espectaculares contra el cual no podía competir el tatuaje colombiano, rudimentario, simple e inexpresivo (Correa Reference Correa Henao1965, 468). Sin embargo, las muestras locales conservadas en los dibujos calcados por Correa en Antioquia, las pieles reunidas por Garavito Baraya y las recogidas por otros médicos como Mario Robledo dan cuenta de una rica variedad de expresiones artísticas itinerantes que fijaron en la piel los sentimientos, afinidades, tradiciones culturales en el caso del tatuaje indígena y el impacto de la violencia nacional. Algo visible no solo en los tatuajes de las clases subalternas del país, comúnmente asociados con el delito y las transgresiones, sino también en capas sociales menos marginalizadas, entre las cuales podía adquirir otros significados positivos relacionados con la rebeldía, la aventura y el cosmopolitismo, como lo evidencia el tatuaje de Pacheco (Figura 2), un sujeto cercano a las élites liberales colombianas, el tatuaje hecho durante sus viajes como miembro de la perrada de la Flota Mercante Grancolombiana en la década de 1950. También son muestras que hablan de saberes y herramientas (particularmente no hechas para ese fin) movilizadas entre espacios de sociabilidad de zonas rurales y urbanas como cantinas, presidios, puertos y ferias en los que la tinta, la piel y estas expresiones entraron en diálogo, definiendo en el largo plazo el tatuaje local y sirviendo como antesala a la irrupción de las prácticas modernas de tatuado hacia finales del siglo XX.
Tatuaje de Pacheco. Tafur, “¿Le gusta el paisaje? ¡Hágaselo tatuar!”.

Así, entre pieles cuidadosamente recortadas para analizar a detalle las características del tatuaje, como el efecto de la tinta dentro del sistema inmunitario y su eliminación por el sistema linfático o la proliferación de enfermedades, hay diseños particulares sobre los que debemos detenernos. En la colección de Garavito destacan las iconografías amorosas o sentimentales que, en el tatuaje de la época, eran característicamente representadas con corazones, las iniciales del ser amado, frases de amor o con rostros. Estos últimos podemos verlos en los tatuajes de las Figuras 3 y 4 (originalmente eran tres), que ilustran dos rostros femeninos de medio perfil, similares entre sí, pero diferenciados por los adornos del vestido, que Garavito (Reference Garavito Baraya1966, 47) tomó del hemitórax derecho “de [los] cadáveres de dos hampones pertenecientes a una misma cuadrilla”. La primera evidencia un corte a detalle por todo su contorno, un secado cuidadoso y una mejor conservación del pigmento, aunque también registra algunos puntos blancos en el delineado, sugiriendo el taponamiento de los poros, quizás por la perforación de la piel más allá del tejido graso (Angel Reference Angel, Krutak and Deter-Wolf2017, 112). Mientras que la de la Figura 4 advierte un secado menos cuidadoso, con una contracción menos deformante y una conservación menos favorable de la piel y de los tonos, ocasionada por causas del ambiente o durante su conservación como pieza museística.
Recorte de tatuaje de una mujer de medio perfil. Colección Museo de Ciencias Forenses (en adelante CMCF), Universidad Nacional de Colombia, Claustro San Agustín de Bogotá, registro 379.2.

Recorte de tatuaje de una mujer de perfil. CMCF, registro 379.1.

Los rostros de mujeres, junto al tatuaje religioso, eran el recurso principal en el tatuaje de la época en Colombia. Evocaban a madres, novias, amantes o amores no olvidados que eran suficientemente representativos de los deseos del tatuado y de la persona que tenían en mente, a pesar de que en su momento podrían parecerse o no al rostro de la persona por la expresividad del esténcil o por la tensión deformante ejercida sobre la piel durante el proceso de contracción post mortem, algo que diferencia a ambas pieles. La prensa de inicios del siglo XX dejó registro de las valoraciones estéticas que se hacían sobre este tipo de tatuajes en reportes de crímenes célebres ocasionados por tatuados extranjeros y que son valiosos para comprender la expresividad del tatuaje, como el de los apaches extranjeros capturados en Colombia: “El tatuaje de la ‘bien amada’ que lleva sobre su pecho, denota líneas pulcras, y el rostro de la figura es bastante perfecto, hasta el punto de que su dueño dice que es un fiel retrato de la ausente en Francia”.Footnote 8
De los tatuajes amorosos y religiosos también se conservan otras expresiones como el de la Figura 5, hecho sobre una tez oscura y que representa un corazón sangrante marcado con la palabra “AMOR” y las iniciales “E A”, probablemente las iniciales de su pareja, coronado con una cruz y unas líneas que dan un efecto de grandeza, y atravesado por un puñal o una flecha sangrante en la punta, y cercenada en la parte de las plumas quizás en el proceso de disecado. Este tatuaje amoroso delata cómo la práctica del tatuaje estaba limitada por unas condiciones de posibilidad que definieron sus valores estéticos, como la pericia y experiencia del tatuador, o la disponibilidad de materiales para su realización. Allí se hace notoria la expansión deformante de la tinta hacia los tejidos aledaños, comúnmente causada durante el tatuado manual cuando la tinta era aplicada de manera excesiva con agujas demasiado gruesas para una línea fina, como lo son las agujas de coser. Este efecto también sucedía cuando la aguja era insertada con una inclinación exagerada o cuando la línea era repasada muchas veces, haciendo que la tinta no conservara su ubicación y diera un efecto expansivo. Este filtrado hacia los tejidos es además una secuela causada por la misma reacción inmunológica del cuerpo y por el envejecimiento de la capa superior de la piel que, con los años, hace que líneas finas pierdan su delgadez, las letras su claridad y los rostros sus expresiones particulares. Por lo cual debe tenerse en cuenta que estos tatuajes no conservan las mismas características, tonalidades y expresiones que tuvieron en sus primeros años de existencia (Angel Reference Angel, Krutak and Deter-Wolf2017, 112–113).
Recorte de un tatuaje de corazón. CMCF, registro 379.8.

Otro ejemplo de la iconografía del tatuaje corresponde a aquellos hechos como emblemas de asociación a determinados grupos sociales, pandillas o cuadrillas que se tatuaban adornos o símbolos diferenciales usados para asumir una identidad colectiva entre sus miembros. De esto da cuenta el tatuaje de la Figura 6, que ilustra a un indio copiado del isotipo de los cigarrillos Pielroja, diseñado en 1924 por Ricardo Rendón, tatuado por un integrante de una pandilla de “malos individuos” entonces conocidos como los Pieles Rojas, según recordaba Uribe Cualla (Reference Uribe Cualla1977, 707). El empleo del tatuaje como rasgo concreto de pertenencia definido por ideologías, clase social, labores o nacionalidad lo había convertido en un emblema criminal por excelencia, convirtiéndolo en una categoría de no poca relevancia. Por ello, la medicina tuvo como imperativo estrechar el círculo frente a estas expresiones.
Recorte de un tatuaje de indio Pielroja. CMCF, registro 379.5.

En sus años de investigación en el Laboratorio Forense del Instituto de Medicina Legal y en el Laboratorio de Ciencias Forenses de la Universidad Nacional, Garavito había observado que al interior de mafias y cuadrillas de ladrones el tatuaje tenía un rol como sistema identificativo, en la medida en que era empleado como un atuendo honorífico que con los años iba adornando el cuerpo del delincuente según las acciones cumplidas y el nivel de confianza que tenía dentro del grupo. De tal manera que el tatuaje se presentó para él como una herramienta útil en la criminalística para identificar personas y grupos divididos por labores y oficios. Los tatuajes de buques y anclas eran comunes en marineros, como el que él tomó del antebrazo izquierdo del cadáver de un extranjero asesinado en una riña callejera (Figura 7) (Garavito Reference Garavito Baraya1966, 48); eran las figuras y letras en clave que eran propias de cuadrillas de delincuentes juveniles; mientras que los adornos, instrumentos musicales y lunares tatuados en labios y mejillas se relacionaron con prostitutas.
Por lo demás, los tatuajes de las Imágenes 5, 6 y 7 dejan entrever algunas características prácticas como el efecto de despigmentado causado quizás por la mano misma del tatuador que no aplicaba suficiente tinta o no perforaba la dermis en algunas regiones, haciendo que la tinta, al quedar en la superficie de la piel, se perdiera fácilmente. No obstante, el artista no era siempre el responsable. Estos daños en muchos casos se producían por el descuido del tatuado que exponía el tatuaje fresco al sol y a los elementos contaminantes del ambiente, o por el consumo de alcohol en el periodo de cicatrizado, afectando la calidad del tatuaje.
Recorte de piel de un ancla tatuada. CMCF, registro 379.3.

A pesar de los tiempos que acechan la descomposición (la disputa de la propiedad del cadáver, las contingencias prácticas en los anfiteatros, etc.), acompasados con las vicisitudes del tatuaje en vida (uso de determinados materiales, los excesos del tatuado, etc.), en la colección de Garavito Baraya se pueden ver rupturas técnicas en el uso de materiales y herramientas y, por ende, en las características del tatuaje. Esto se ve en la Figura 8, que contiene el tatuaje de un ave, posiblemente un emblema militar o un símbolo de un grupo social, cruzada por una cinta con las iniciales “A.F.C.”, y adornada con un sombreado originalmente rojo degradado con los años a un tono más rosado. Este tatuaje se diferencia de los demás por tener una técnica distinta, similar al estilo tradicional actual, que mezcla líneas de diferente espesor trazadas con precisión, no expandidas y bien conservadas en el tiempo, como si hubieran sido hechas con una máquina de tatuar, aparentemente no usada entonces en Colombia. Además, es de resaltar la técnica de sombreado empleada mediante la realización de puntos individuales agrupados en una parte y espaciados en otras para formar sombras densas o leves con la aplicación de tinta diluida en agua (Angel Reference Angel, Krutak and Deter-Wolf2017, 114–117).
Recorte de un tatuaje de ave hecha con color. CMCF, registro 379.4.

El color, el sombreado y la definición de este tatuaje, hecho en una piel más blanca que las otras de la colección, destacan por ser algo típico de los tatuajes realizados en el extranjero. Entonces, en Colombia predominaba la tinta negra porque los minerales involucrados en la fabricación de los pigmentos de colores eran tan poco comunes y desconocidos como exquisitos y tóxicos, como el azul de Prusia o el bermellón, que contenían cinabrio, compuesto en su mayoría por mercurio, de alta nocividad y muy valorado en Europa (Uribe Reference Uribe Cualla1977, 705; Font Reference Font Riera1971, 12). Además, la carencia de colores se debía a que, en su mayoría, los tatuadores en Colombia fueron marineros, campesinos, culebreros y reos que ejercieron esta labor profesional o amateur de manera itinerante y oportunista, regidos por las condiciones de posibilidad que les ofrecían sus medios y espacios de intercambio. Entonces primaba el uso de tintas más económicas. En el mejor de los casos se usaba tinta china, que con los años despigmenta el negro en un color verdoso. Ante su ausencia, los tatuadores, pregoneros que conocían las asperezas del camino, sabían de las tempestades y de los rayos quemadores del sol, creaban sus propios pigmentos con los materiales que tenían a la mano, de la misma manera que los culebreros preparaban las “pomadas curatorias” hechas con “gotas de inmortalidad” vendidas en plazas de pueblos, pero que eran en realidad materiales inofensivos como la grasa de cerdo, el alcanfor y el ácido bórico.Footnote 9 En este caso se optaba por materiales como el carbón, el tabaco, la pólvora o el hollín de caucho quemado de suelas de zapatos y de llantas de automóviles que eran mezclados con agua, con su propia saliva e incluso con orina (Correa Reference Correa Henao1965, 466; Osuna Reference Osuna Pineda1917, 189–198).
Observar la piel
Estas imágenes, reunidas para conocer a los individuos, compusieron todo un acervo en el que lo “anormal”, lo “peligroso” y lo “enfermo” se hizo elocuente ante los ojos de la medicina legal que, en su labor de auxiliar de la justicia, se dedicó en sus peritajes a la denuncia de los problemas sociales e higiénicos, valorando las expresiones visuales del crimen y de la enfermedad en conceptos patológicos y proponiendo soluciones científicas aglutinadas para defender a la sociedad antes de que la enfermedad y el crimen lograran su cometido (Rojas Reference Rojas Niño2016, 152–153). La comunicación científica de estas verdades médicas emanadas del tatuaje fue posible a través de la observación clínica y la evaluación de patologías somáticas en el marco de la anormalidad justificada dentro de un método científico (Rojas Reference Rojas Niño2016, 107; Parada Reference Parada García2023, 107–108).
En este sentido, lo que el tatuaje ofrecía al médico legista no era solamente un modelo anatómico ideal sustituto de los cadáveres, dada su capacidad de sobrevivir a la muerte. Era un medio para comunicar subjetividades que iban más allá de la materialidad misma, que develó categorías híbridas que requerían de una sistematización retentiva de sus valores e interpretaciones en colecciones anatómicas recogidas en laboratorios y expuestas en lugares como el Museo de Ciencias Forenses. Estas piezas anatómicas ponían en escena el cuerpo enfermo movidas por un interés pedagógico por revelar verdades médicas sobre el ser humano en objetos raros y singulares, mientras se aleccionaba sobre las consecuencias de los desórdenes de las conductas, de los vicios y del delito (Mandressi Reference Mandressi2012, 284–285).
De la piel tatuada escapaban unos saberes viajeros que permitieron la expansión de los más variados discursos que, desde finales del siglo XIX y hasta mediados del XX, ordenaron imaginarios morales, postulados científicos, ordenamientos jurídicos y sistemas policiales. Desde estos saberes se le quiso dar coherencia científica a estas marcas “anormales” ancestrales. Pero en lugar de ver en ellas complejos intercambios e influencias transculturales, señalaron haber encontrado factores degenerativos que delataban conductas criminales. Por lo cual, para su estudio fue planteada la necesidad de crear cuadros clasificatorios que explicaran los comportamientos del hombre tatuado y las razones del tatuaje, y con ello dar “á conocer el estado pasional de nuestros delincuentes” (Martínez Reference Martínez Baca1899, 63). El tatuaje era una parte integral de un todo coherente corporal que debía comunicar una función, un uso o un servicio que lo vinculara con el comportamiento del sujeto, por lo cual se hacía imperativo dividirlo en taxonomías criminales y patologías, de las cuales aprender para poder enfrentarlas (Mandressi Reference Mandressi2012, 156; González et al. Reference González, Alegría and Arce2017, 341–348).
La clasificación e interpretación de los símbolos y signos tatuados no siguió un modelo de categorías generales. Su elaboración en listas tuvo como correlato los valores iconográficos del tatuaje en cada país, variando entre los oficios, tradiciones culturales y religiosas, o por las memorias mismas del individuo tatuado, que no eran iguales en todo el mundo. Así, aun cuando muchos tatuados afirmaban ignorar el significado de sus propios tatuajes, un amplio número de médicos como Auguste Tardieu, Rafael Salillas, Alexander Lacassagne o Cesare Lombroso los clasificaron, formulando todo tipo de reglas no fijas que construyeron e inventaron el cuerpo y el tatuaje en categorías que iban desde las ornamentales hasta los emblemas militares, amorosos, religiosos, profesionales, eróticos, animales, etc. (Angel Reference Angel, Krutak and Deter-Wolf2017, 119–122; Font Reference Font Riera1971, 20; Martínez Baca Reference Martínez Baca1899, 57–58). Estas fueron meticulosamente discriminadas de acuerdo con la ubicación, el tipo de imagen, las facultades morales del tatuado, los detalles biográficos del sujeto y apoyadas, en algunas colecciones, por filiaciones, escalas cromáticas y test psiquiátricos (Font Reference Font Riera1971). Estas fuentes auxiliares para la contextualización del tatuaje están ausentes en parte de lo que queda hoy día de la colección de Garavito.
El cuerpo del tatuado aportaba datos que debían ser analizados en conjunto para definir la identidad de su portador. Entonces, la categoría del tatuaje, su ubicación y distribución eran integrantes de un todo que no podían ignorarse. Por ejemplo, la presencia de más de un tatuaje de distinta categoría en una misma persona era una “expresión de un complejo de pasiones”. Además, no era lo mismo un tatuaje en la parte superior del cuerpo (pecho, espalda, brazos y antebrazos), donde se tatuaban la mayoría de los colombianos, que un tatuaje en el rostro (considerado propio de prostitutas), en la zona del pene, los muslos o glúteos, considerado por algunos médicos legistas, anatomistas y patólogos como Correa Henao (Reference Correa Henao1965, 468), Julio Ortiz y Agustín Piedrahita (Reference Ortiz Vázquez and Piedrahita R.1931, 482–485) como “una confirmación indudable de las desviaciones sexuales”, como lo observaban sus análisis médicos en masoquistas, invertidos constitucionales y hereditarios, recogidos en la Figura 9.
Tatuajes calcados por Julio Ortiz Vázquez y Agustín Piedrahita en un caso de uranismo (Ortiz y Piedrahita Reference Ortiz Vázquez and Piedrahita R.1931, 446).

Además, nombres, iniciales de familiares o de amores, figuras de oficios ejercidos, fechas de nacimiento o de ingreso a presidios constituían elementos de juicio que singularizaban y delataban al tatuado (Donderis Reference Donderis Torrens1964, 94–102; Salillas Reference Salillas1908, 91–93). Sin embargo, estas reglas variaban de acuerdo con cada experto. Para Uribe Cualla no todos los tatuajes tenían valor médico-legal, como los profesionales y los militares, a los cuales asignó el mismo valor que las manchas congénitas o las cicatrices accidentales. Mientras que otras categorías formuladas por él, como los tatuajes “homosexuales” o los de afiliación a bandas criminales, eran los que permitían atestiguar “dudosa moralidad, indisciplina o espíritus perversos” (Uribe Reference Uribe Cualla1977, 707).
Garavito Baraya rechazó la idea difundida por la antropología criminal que indicaba que los tatuajes eran indicadores de la personalidad del delincuente. Para él, el tatuaje no era una genuina expresión exteriorizada del sentimiento del tatuado, sino un medio con el cual podía concluirse que el individuo estaba motivado por un estado psicopático, por ser el único estado mental en el que alguien se sometería a tan doloroso proceso. Algo que él había observado en individuos “excitables”, “paranoicos”, “hiperactivos”, “eufóricos”, “hipervigilantes”, “depresivos”, “compulsivos”, “obsesivos”, “fóbicos” e “histéricos”, en “pervertidos sexuales” y en “débiles físicamente y mentalmente”, pues se consideraba que esto era propio de individuos resignados y crédulos que esperaban de esta marca el remedio providencial para todos sus males (Garavito Reference Garavito Baraya1966, 48). Para Garavito, los tatuajes daban cuenta de determinados estados emocionales y psíquicos atados médicamente al delito: (I) las obras de arte tatuadas a color eran propias de ingenuos (Figura 8), de débiles de carácter y de individuos sin personalidad; (II) los jóvenes enamorados se tatuaban nombres de mujeres, iniciales y corazones atravesados por una flecha (Figuras 3, 4 y 5); (III) los dibujos pornográficos y con aspecto masculino eran propios de pervertidos sexuales y pederastas (Figuras 9 y 10); y (IV) en los supersticiosos todos aquellos tatuajes relacionados con hechicería, suerte, herraduras, dados y el número trece (Garavito Reference Garavito Baraya1966, 46–48).
Ahora bien, el ejercicio contemplativo de los tatuajes ofrecía una variedad de evidencias sobre la identidad de gran interés para la medicina legal, como lo eran las enfermedades e intoxicaciones crónicas (Garavito Reference Garavito Baraya1966, 48). La práctica del tatuaje en sí misma implicaba una serie de riesgos en la proliferación de enfermedades e infecciones. Al realizar un tatuaje se producían heridas al sistema vascular y al linfático superficial, cuyo posible agravamiento no se debía a la delicadeza de la piel ni a la respuesta inmunitaria a las partículas colorantes (Salillas Reference Salillas1908, 201). Los daños observables en la piel como consecuencia de un tatuaje eran causados, según los informes médicos, por la poca pericia y asepsia en las prácticas de marcación de los tatuadores y en los medios donde los elaboraban. Como se ha dicho, estos usaban sus secreciones y excreciones durante el proceso para mezclar tintas, humedecer la aguja en la boca, frotar saliva directamente sobre la piel para garantizar la humedad y flexibilidad de la piel, para calcar las imágenes y limpiar el sangrado (Angel Reference Angel, Reinarz and Siena2013a, 170; Osuna Reference Osuna Pineda1917, 187–198). Lo cual podía llevar a la transmisión de infecciones cutáneas y enfermedades de transmisión sexual visibles en úlceras sifilíticas, erisipela, tétanos, dermatitis, lupus, chancros, psoriasis, herpes, lepra, gangrena, hepatitis infecciosas o leucémides que podían llevar a la amputación e incluso a la muerte (Schönefeld Reference Schönefeld1945, 34; Donderis Reference Donderis Torrens1964, 83–84).
La descripción y relacionamiento del tatuaje con este tipo de enfermedades permitió la producción de imágenes médico-legales, estandarizando diagnósticos patológicos en un proceso de abstracción y aislamiento conjunto de la piel tatuada y de la enfermedad. A su vez, esto estimuló en el gremio médico la elaboración de colecciones anatomopatológicas tanto de órganos como de pieles tatuadas, como se observa en los recortes de Mario Robledo (Figura 10), que contienen unos tatuajes de unas “bañistas” arrancados del pectoral de un individuo para observar el surgimiento de algunas manchas negras de leucémides en la zona tatuada (Correa Reference Correa Henao1965, 465). Al presentarse estos síntomas separados del cuerpo y de todo contexto, se contribuyó a la creación de taxonomías visuales que anclaron categóricamente al tatuaje con la enfermedad, limitando la lectura de la piel y de sus enfermedades a causas exógenas que, por ejemplo, en el caso de la sífilis, podían tener manifestaciones superficiales variadas originadas por condiciones no relacionadas con el tatuaje.
Fragmentos de piel, tomada por Mario Robledo (Correa Reference Correa Henao1965, 465).

Conclusiones
En este artículo he querido hacer una aproximación a la historia del tatuaje en Colombia analizando desde una doble vía una curiosa colección de pieles disecadas en la primera mitad del siglo XX. Por una parte, he propuesto reflexionar en torno a la consolidación del tatuaje como un dispositivo de conocimiento dentro del quehacer médico-legal, observando el auge de un interés científico y de unas prácticas anatómicas, a mi saber, no analizadas con anterioridad, que fetichizaron esta marca y crearon sobre ella una serie de significaciones particulares con las cuales se buscó comprender la etiología del delito y las enfermedades del cuerpo y de la mente. Por otra parte, he indagado en la materialidad de esta colección médica y de las prácticas científicas específicas para dar cuenta de las complejas y multidimensionales características identitarias del tatuaje dentro de las clases subalternas, destacando, entre otros, los elementos estéticos y visuales, las herramientas, las prácticas itinerantes amateur y profesionales, los contenidos sentimentales y religiosos y las afinidades sociales y laborales impresas en las pieles de campesinos, cuadrilleros, marineros, mujeres, convictos, extranjeros, etc.
Desde la perspectiva del tatuador, del tatuado y de sus espacios de sociabilidad, pocas fuentes han logrado sobrevivir al paso del tiempo, en contraste con los rastros dejados por los mecanismos de dominio de los cuerpos usados por las ciencias, sean dibujos, fotografías, pieles y ensayos. Es gracias al interés de médicos, periodistas, policías y abogados por el tatuaje que hoy es posible conocer las características de esta marca en el periodo estudiado. Estas fuentes muestran cómo esta práctica artística y profesional estuvo trazada por unas condiciones de posibilidad que determinaron sus procedimientos técnicos en espacios de elaboración y entre grupos sociales que caracterizaron la estética iconográfica, las simbologías y expresividad del tatuaje. Allí destacaron saberes tácitos que delatan continuismos y rupturas en una práctica artística subalterna en proceso de especialización y de diseminación en un país en el que el tatuaje no se consideraba arraigado.
Con la transferencia a Colombia de las nuevas teorías criminológicas, higiénicas y raciales surgidas en Europa, los tatuajes desarrollaron una serie de significaciones particulares entre aquellos interesados por comprender las causas y manifestaciones del delito y la enfermedad en sus poblaciones. En análisis jurídicos, policiales y médico-legales, como los de Garavito Baraya o Uribe Cualla, se aprovecharon los insumos teóricos que aseguraban la existencia de una tipología corporal de la criminalidad de carácter patológico ubicada al interior del cuerpo del criminal y revelada en la superficie del cuerpo en marcas reconocibles con la observación. Estos estudios se enfocaron en analizar y alertar sobre las relaciones del tatuaje con las conductas criminales y como un riesgo para la salud pública por ser delator de anomalías mentales y agente transmisor de enfermedades físicas.
El estudio de los tatuajes produjo una efusión en la dinámica de exploración de su visualidad identificable en la formulación de metodologías como la elaboración de dibujos calcados directamente de la piel del tatuado recluso o del enfermo y en la mutilación de un cadáver sin deudos. En la práctica, esto permitió al médico legista, al patólogo, al forense y al criminólogo recopilar datos en bruto que, al no hablar por sí mismos, eran susceptibles de ser racionalizados y categorizados de acuerdo con su simbolismo, su ubicación, incidencia y tipología. A partir de estos se pretendió reconocer identidades e individualidades, como patologías anatómicas y mentales, deseos de venganza, lealtad a un régimen político o a un grupo, vanidad, ocio, religiosidad, amor, etc. Para los científicos eran jeroglíficos toscos que se mostraban como una escritura primitiva y criminal. Eran la confirmación fiable y autoelaborada de una patología social, una manifestación externa de creencias y pasiones que servía para el propósito anatómico-legal de discernir los lados más oscuros del alma criminal.
No obstante, he querido ser enfático en que la iconografía del tatuaje, reunida en filiaciones, fotografías, dibujos y en pieles dificultosamente disecadas, no era en realidad parte integral de la estructura orgánica del crimen y de las conductas desviadas. El tatuaje fue un elemento redefinido y reformulado con los años, tanto por los cambios hegemónicos y descréditos de determinadas escuelas de pensamiento como por su irrupción en la vida común a través de tatuadores y tatuados, principales partícipes en la historia de la marcación corporal. Así, el tatuaje pasó a evocar concepciones distintas dependiendo de cuándo existió, quién lo portaba, quién lo creaba, quién lo observaba, y los espacios en los que circulaba. Desde pasiones, creencias y afinidades personales en puertos, presidios, cantinas y ferias; la identidad personal en la escena del crimen y la morgue; la personalidad criminal, patologías y enfermedades en el laboratorio; y hasta fines pedagógicos y moralizantes en la colección y en el museo.