En este interesante volumen, Erika Pani aborda el análisis comparativo e interconectado de las agudas crisis políticas y guerras civiles experimentadas por México y Estados Unidos entre 1848 y 1867.
El libro se inscribe en el enfoque transnacional de la guerra de secesión estadounidense y de las crisis gemelas de Norteamérica en los años 1860. Sin embargo, el planteamiento de Pani toma distancia de análisis anteriores que han otorgado un lugar central a la guerra de secesión como factor determinante para el futuro político del continente, si no es que de todo el mundo atlántico. Si bien Pani considera los intercambios, influencias y conexiones entre los conflictos a ambos lados de la frontera, no establece jerarquías ni centros, y está más interesada en la comparación de ambos procesos nacionales, empresa que lleva a cabo con una profundidad mucho mayor que cualquier trabajo previo de historia transnacional.
El postulado que articula las comparaciones es que la república, lejos de ser un escenario inmóvil de estos conflictos, encarna un problema que debe examinarse con detenimiento. Como sistema político y forma de legitimidad, la república era una edificación frágil que, al estar basada en la soberanía popular, era inherentemente inestable. Las crisis en ambos países sobrevinieron por derrumbes institucionales, coyunturas en las que los marcos republicanos fueron incapaces de contener y encauzar las discordias. ¿Por qué ambas repúblicas sufrieron estas crisis de manera simultánea? ¿Por qué Estados Unidos, que había gozado de una trayectoria institucional mucho más estable y funcional, terminó en un enfrentamiento civil de una magnitud sin igual en todo el continente? Pani ubica el origen de este proceso sincrónico de descomposición y obsolescencia institucional en 1848; la guerra entre ambos países deja un legado de cambios territoriales y geopolíticos que los contendientes fueron incapaces de procesar con los arreglos institucionales preexistentes.
Así, partiendo de la paz firmada en 1848, Pani nos lleva por una serie de comparaciones que ilustran esta debacle compartida. Los marcos constitucionales anteriores, producto de las transacciones necesarias para asegurar la unión, estaban diseñados para acomodar la permanencia de intereses e instituciones que retaban la preeminencia de los estados federales, como los derechos estatales, la esclavitud, o la Iglesia en el caso mexicano. Las consecuencias de la guerra marcaron la aparición de nuevas fuerzas y necesidades que esa estructura no pudo acomodar ni satisfacer: la urgencia de una refundación en el caso del México recién derrotado, y la necesidad para Estados Unidos de incorporar y administrar los territorios obtenidos.
Los episodios comparados muestran la experimentación y los retos enfrentados en este curso incierto hacia una mayor consolidación; algunos de ellos derivados del carácter proteico de la soberanía popular, cuya capacidad para justificar todo tipo de demandas, desde rebeliones indígenas y revueltas por la ampliación del electorado, hasta la misma secesión de las entidades sureñas en 1861, implicaba un factor de inestabilidad constante para el edificio republicano. También se contrastan las transformaciones causadas por las guerras y su insaciable apetito de hombres y recursos, así como los ensayos y medidas para lograr la refundación de las repúblicas sobre nuevas bases. De la destrucción surgirán estados más robustos y centralizados, aunque este resultado implicó, en ambos casos, un alejamiento de la soberanía popular como principio rector de las repúblicas.
No hay espacio aquí para hacer una revisión más detenida de estas comparaciones, que en general son pertinentes, bien elaboradas, y revelan un conocimiento profundo de los dos casos, así como destreza para entretejerlos. Esta yuxtaposición sistemática sirve, además, para postular de manera convincente otro argumento que amerita mención: la inexistencia de diferencias irreconciliables en el curso histórico de ambos países y un rechazo tajante a interpretaciones excepcionalistas. Para Pani importa menos la tradición intelectual/institucional y la cultura de cada país que el contexto republicano decimonónico en ambas naciones y las coyunturas que enfrentaron como legado de la guerra de 1846–1848.
Este es un libro complejo y ambicioso, y resulta difícil dar cuenta de su riqueza y sus alcances en un espacio tan reducido. Torn Asunder aumenta nuestra comprensión de las crisis norteamericanas de los 1860 y nos invita a verlas de manera diferente; también hace una auténtica aportación a las historiografías de ambos países.