En mi investigación hecha en los Altos de Chiapas, en el periodo de 2014 a 2020, en donde analizo los diferentes significados de justicias, violencias y derechos de mujeres tseltales y tsotsiles —llevada a cabo con el Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas A. C. (CDMCH)— recuperé algunos diálogos con mujeres defensoras y promotoras de derechos humanos que comenzaron sus luchas en conjunto con el movimiento zapatista. Este trabajo de investigación partió de una metodología colaborativa con dicho Centro, y fue ahí en donde pude conocer la historia de las mujeres organizadas, algunas de ellas ex zapatistas, quienes ahora se ubicaban y siguen reafirmándose como defensoras de los derechos de las mujeres.
El objetivo de este artículo se centra en recuperar algunas de las narrativas compartidas con las mujeres. Me concentro en ellas porque pienso que, con su voz y sus experiencias, las defensoras de derechos del Centro ponen en evidencia no solo las desigualdades étnico-raciales y de clase que vivieron y viven en su vida cotidiana, sino que también con ellas nos ayudan a conocer y dimensionar la herencia que, hasta el momento, ha dejado y sigue construyendo la lucha del Movimiento Zapatista de Liberación Nacional, encabezado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, a treinta años de la insurrección.
Las narrativas mostradas a lo largo de este artículo pertenecen a dos defensoras de derechos humanos, Olivia y Romy, y a algunos fragmentos de diálogos realizados en la Escuela de Defensoras y Promotoras del CDMCH.Footnote 1 Olivia en la actualidad tiene cuarenta y nueve años y Romy sesenta y tres, ambas vivieron el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, Olivia como parte del mismo ejército y Romy como mujer organizada en las comunidades eclesiales de base con la Coordinadora Diocesana de Mujeres (CODIMUJ). Aunque no es aquí mi objetivo mostrar toda su historia de vida, los breves fragmentos que abordo nos muestran las diferentes opresiones que vivían y viven las mujeres en sus comunidades, pero también la lucha organizada de las mujeres para desestructurar estas opresiones. Situación que se afianzó con el levantamiento zapatista y con la Ley Revolucionaria de las Mujeres.
Para poder mostrar lo anterior, divido este artículo en tres escenas etnográficas que abordan diferentes momentos en el tiempo y que dan cuenta de las condiciones de vida de las mujeres en sus comunidades y de la organización frente a esas condiciones. En la primera escena analizo brevemente las condiciones previas al levantamiento zapatista. En la segunda, abordo el trabajo que el Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas lleva a cabo con la Escuela de Derechos, mejor conocida como la Escuelita de las Mujeres y analizo la importancia que han tenido organizaciones como esta para continuar con el camino que el EZLN abrió con su posicionamiento político. En la tercera escena me concentro en visibilizar los frutos de la Escuela en la organización que llevan a cabo las mujeres en contra del despojo territorial que ha vivido históricamente el estado de Chiapas.
Escena 1: “Encendimos una pequeña luz… esa pequeña luz es para ti”: Un mundo en el que quepan todos los derechos humanos de las mujeresFootnote 2
Abril de 2015, San Cristóbal de las Casas
Entrevistadora: ¿Cómo era tu comunidad?
Olivia: No había luz, sólo había primaria creo, sí primaria hasta 5°, ya no había 6°, me tuve que ir a otra comunidad a estudiar. Había mucha privacidad en la vida de las mujeres, como buena hija no podía hacer eso [ir sola a otra escuela], solo los hombres podían ir.
Romy: Era una comunidad muy pequeña como de 20 habitantes, la escuela que estaba ahí era multigrado y había un maestro nada más. No estaba cerca, estaba a dos horas de camino. Los horarios eran de 8:00 am. a 4:00 pm. Me iba yo sola a la escuela. No teníamos agua, caminábamos hora y media de la casa, iba yo y mi mamá y mi papá también cuando había escasez de agua. Era un trabajo familiar y colectivo para hacer la milpa, entre toda la familia, mi tía/tío, primos, nos apoyábamos entre familia. El fríjol y el maíz lo ocupábamos para comer, pero si sobraba lo vendíamos. Solo hablábamos tseltal. Mi papá aprendió a hablar español en la escuela, mi mamá no habla la castilla (español).
E: ¿Qué es lo que más te gustaba de tu comunidad cuando vivías ahí?
O: Las culturas bonitas, pues allá no compramos la ropa, la hacemos. Mi mamá, me acuerdo, ellas sacaban mucho algodón, pero nunca lo vendían, ellas lo hacen nada más para tejer o para hacer las blusas, para hacer la ropa y a mí me gustaba mucho hacer el hilo, mi abuelita me enseñó a hacer hilo, me consiguió una tacita y un palito que ellas lo usan para estar hilando en la casa y eso hace el algodón y eso lo vas jalando y era muy bonito para mí era un juego y eso es lo que más me gustó cuando era niña.
R: Pues yo creo que no había nada de lo que me gustaba.
L: ¿Qué es lo que menos te gustaba de tu comunidad cuando vivías ahí?
O: Me impusieron cosas que yo no estaba de acuerdo. Porque estudiar me gustaba mucho, pero ellos ya no me dieron la oportunidad. En mi comunidad hay una costumbre que a una mujer la apartan y si tienes una hija de 13–14 años y que ya está grandecita te llegan a pedir, no para casarla ahorita, sino es irla a apartar y entonces pues yo ya estaba apartada, pero no me pidieron permiso si quiero o no. Llegaba el novio a la casa a visitarme y mi mamá me decía que yo le sirviera café. Y luego ya tuvimos una reunión todos donde estuvieron mis padrinos y pues ya era un cierre del trato. Y ese día dijeron una fecha para ver cuando se iba a matar ese puerco para poder hacer la fiesta, ya no me dejaron ir a la escuela, ya no podía irme a jugar, ya no podía irme a la reunión porque ya estoy comprometida. Me acuerdo de que en ese tiempo (1987–89) había muchas organizaciones, entonces llegaba gente a movilizar, parecido a lo que hacemos nosotras [en el CDMCH], pero más político era el EZ [ejército zapatista] pero no se llamaba así, solo nos decían vienen los promotores capacitadores, llegaban a movilizar a las mujeres para que conocieran sus derechos y eso para mí era mi libertad, lo sentía cuando alcanzaba a ir al taller, pero iba escondidita, cuando mi papá se iba a la milpa. El que coordinaba era mi tío, él me ayudó a huir para no casarme, el me salvó.
R: Como te decía yo, a mí no me gustó la educación porque para mí fue diferente. Teníamos que ir por los maestros al municipio y teníamos que traerlos cargando a la comunidad, nosotras a sus hijos. Entre mis compañeras y yo, nos turnábamos para hacerles sus tortillas, lavarles su ropa, cuidarles a sus hijos y yo no entendí que tenía que ver eso con la educación, eso no me gustó, porque yo llegaba a la escuela a cuidarle a sus hijos a los maestros y cargarle la leña y entonces yo sentía que no aprendía nada, eran un ratito las clases. Te castigaban, te pegaban y a veces obligaban a las muchachas a tener relaciones sexuales, a mí nunca me lo pidió, pero a algunas de las otras sí, había maestros que sí hacían eso […]. (Entrevistas a defensoras y promotoras de derechos humanos del CDMCH, abril 2015)
La historia de Olivia y Romy son historias que se repetían cada vez que entrevistaba a alguna de las mujeres promotoras y defensoras de derechos o, incluso, a otras mujeres con las que pude convivir y colaborar en el CDMCH. Olivia y Romy vivieron su infancia y su juventud entre los años setenta y noventa, donde se sitúa el comienzo de la construcción de una nueva narrativa sobre los derechos colectivos (Millán Reference Millán2014), que, hasta la actualidad, sigue estando presente en la lucha por el reconocimiento a la autonomía de los pueblos originarios de México. Ellas, en estos fragmentos, recuerdan un breve retrato de su infancia y adolescencia, en una época en donde las mujeres “sentían que tenían dos amos” (women felt they had two masters) (De Oliveira Reference De Oliveira Nascimento2025, 8), dando cuenta de las desigualdades sociales y de la violencia a la que se enfrentaban las mujeres en las diferentes comunidades indígenas del estado de Chiapas. Como lo rescata De Oliveira (Reference De Oliveira Nascimento2025), parafraseando a la Comandanta Miriam: “Comandanta Miriam contends that women had to deal with the patrones (landowners) and patroncitos (husbands or male family members), indicating a colonial circuit of violence in the way that husbands emulated in their homes the mistreatment they endured in the workplace. But instead of a double oppression, Comandanta Miriam speaks of a triple one. Indigenous women are often despised by state institutions (mal gobierno), such as when denouncing physical abuse or seeking medical care” (De Oliveira Reference De Oliveira Nascimento2025, 8).Footnote 3
Las violencias que vivían estaban naturalizadas como parte de sus “costumbres.” No se cuestionaban, aunque las mujeres sabían que algo no estaba bien con las formas en cómo eran tratadas, para ellas era difícil que estas cuestiones se hablaran abiertamente en las comunidades. Autoras como Hernández y Speed (Reference Hernández and Speed2006), Olivera (Reference Olivera1994) y Millán (Reference Millán2014) coinciden que por esta razón la Ley Revolucionaria de las Mujeres (LRM) dada a conocer en el año 1994 en el marco del levantamiento del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, resultó ser un hito que visibilizó las formas de violencia que vivían las mujeres indígenas en sus comunidades y, de esta manera, han podido plantear la urgencia de que sus derechos sean reconocidos. En la LRM plantean derechos individuales que les afectan directamente en el desarrollo de sus vidas, pero también dejan claro que estos derechos deben de ser parte de su colectividad; por ello, la lucha de las mujeres indígenas de Chiapas, a las que después se sumaron más mujeres de otras latitudes, se convirtió en una nueva forma de concebir la individualidad dentro de la colectividad, el reconocimiento del yo/nosotros (Saavedra Reference Saavedra2022).
Estos diálogos sobre los derechos individuales y colectivos recuperados en los saberes propios han sido parte de la historia nacional mexicana y están determinados por las diversas violencias estructurales a las que se han enfrentado los pueblos originarios. Freyermuth (Reference Freyermuth and Hernández2007) menciona que el contexto que se vivió en los Altos de Chiapas a partir del estallido de la lucha zapatista no puede entenderse al margen de las decisiones gubernamentales y del papel que ha tenido el Estado.
Freyermuth (Reference Freyermuth and Hernández2007) menciona que, con la definición del capitalismo en el siglo XIX, se hizo una recomposición del poder económico y político chiapaneco. En esta época entraron en vigor las disposiciones agrarias, en donde la mano de obra indígena sirvió para la conformación y fortalecimiento del mercado. El café era parte fundamental de la economía de la zona, además de que se repartieron los recursos naturales a madereros norteamericanos y europeos. Con la explotación de los recursos naturales, la repartición de tierras en manos extranjeras y el sometimiento de los indios alteños, se gestó no solo una sobreexplotación de la mano de obra, sino que también se profundizo la ideología racista que había dado fundamento a las jerarquías étnico-raciales establecidas desde la colonia, configurando las relaciones sociales en la región.
En este escenario complejo en el que, por un lado, el Estado y sus instituciones oprimían a los pueblos indígenas e instauraban una política de Estado discriminatoria y racista y, por el otro, surgían organizaciones que resistían a estas políticas, es en donde también surge la participación y organización de las mujeres que, como Olivia y Romy, vivían situaciones de violencia dentro de sus comunidades, pero que, si bien tenían eco, no eran tomadas en cuenta dentro de sus contextos. Los años ochenta se marcan como un momento importante en el que las mujeres comenzaron a organizarse, principalmente en actividades productivas artesanales, así como con los grupos de mujeres religiosas católicas, “Encontramos organizaciones mixtas como la organización de médicos indígenas del Estado de Chiapas (OMIECH), la sociedad de solidaridad social indígena de Motozintla (ISMAM), y varias organizaciones de mujeres, como la Organización Independiente de Mujeres Indígenas (OIMI), las Mujeres de Motozintla, Mujeres de las Margaritas, Mujeres de Ocosingo, Mujeres de Jiquipilas y la Organización de Mujeres Artesanas de Chiapas J’pas Joloviletik (Las que hacen tejido), en los Altos, la Cooperativa de Alfareras J’pas Lumiletik (Amatenango), Cooperativa de Tejedoras Jolom Mayaetik (Tejedoras Mayas en Tsotsil), entre otras” (Millán Reference Millán2014, 53).
Estas organizaciones ayudaron a que las mujeres comenzaran a tener autonomía económica y a darse cuenta de que, a través de la colectividad, se podían ampliar sus posibilidades de vida y subsistencia frente a un sistema económico que generaba pobreza. Mas adelante comenzaron a surgir otras organizaciones de la sociedad civil, en donde activistas mestizas trabajaban con las mujeres indígenas, algunas activistas, y abordaban diversas problemáticas sociales. Freyermuth (Reference Freyermuth and Hernández2007) menciona que los principales temas abordados fueron la salud, la violencia, la educación popular y la agencia económica de las mujeres.
Este contexto ayudó a que comenzara a surgir una organización de un movimiento feminista indígena. En 1986, en el Encuentro de Mujeres Indígenas y Campesinas de Chiapas, se incluyeron, desde la metodología de la educación popular, las propuestas de las mujeres indígenas desde sus propias concepciones sobre el cuerpo, la sexualidad y los sufrimientos de las mujeres (Hernández Reference Hernández2011).
Este posicionamiento de las mujeres indígenas tuvo frutos dentro del movimiento feminista, emparejando sus luchas con el movimiento amplio feminista mundial. Saucedo y Huacuz (Reference Saucedo, Huacuz, Espinosa and Lau2011) mencionan que, aunque los ejes centrales del movimiento feminista han girado en torno a la violencia contra las mujeres, “los esfuerzos iniciales dieron prioridad al aborto y la violación”; en Chiapas la lucha de las mujeres priorizó también sus esfuerzos en visibilizar estas problemáticas. Por ejemplo, el grupo de Mujeres de San Cristóbal de las Casas, fundado en 1989 (renombrado COLEM en 1994), surgió a partir de la lucha por visibilizar la violencia sexual contra las mujeres. También se abordaron otros temas con otras organizaciones; entre ellas se encuentra también el Centro de Investigación y Acción para la Mujer (CIAM), el Centro de Capacitación para la Ecología y Salud de San Cristóbal (CCESC), Chiltak, Kinal Antzetik, entre otras (Millán Reference Millán2014, 54). Lo que deja ver que la construcción de los procesos organizativos de las mujeres indígenas se han podido colocar en un movimiento amplio de mujeres no indígenas, en donde la resignificación de sus derechos ha ido encontrando su cristalización y apropiación en los contextos locales.
Con la llegada del movimiento zapatista y sus demandas de autodeterminación y autonomía de los pueblos indígenas, el discurso y las prácticas del Estado mexicano tomaron otro rumbo en Chiapas, ya que el EZLN visibilizó la condición y posición de dominación y discriminación que tenían los grupos indígenas, no solo en la sociedad chiapaneca, sino en todo el país. Aunque la respuesta del Estado fue el rechazo total a las demandas autonómicas, la organización indígena continuó. En esta organización, las mujeres indígenas encontraron un lugar para poner sobre la mesa de discusión sus demandas en derechos y desigualdades de género. Y, aunque la guerra de baja intensidad (GBI) continuó después de la matanza de Acteal en 1997, las mujeres continuaron organizándose y planteando sus problemáticas específicas.Footnote 4
Olivia y Romy vivieron, desde sus propios trayectos de vida, esta historia de organización; ahí, ambas comenzaron sus luchas en contra de las desigualdades y del ejercicio de la violencia que vivieron. Cada una siguiendo su propio camino. Por su lado, Olivia, después de huir de su casa, se unió a las filas del naciente EZLN a los trece años; Romy trabajaba en la ciudad de San Cristóbal, en donde luego conocería a la CODIMUJ. Después de un tiempo, la organización y su lucha por la exigencia de sus derechos las llevó a encontrarse en el CDMCH, en donde continuarían su lucha por sus derechos humanos, apoyando, acompañando y trabajando con otras mujeres, que al igual que ellas vivían violencias múltiples y buscaban que sus voces se escucharan. Ellas, con su compromiso en la organización colectiva encendieron una luz y, en conjunto con otras mujeres, la han llevado para iluminar otros caminos hacia el reconocimiento de sus derechos humanos:
E: ¿Cómo llegaste al CDMCH? ¿Recuerdas que año era?
Olivia: Fue por finales de 1996, principios de 1997. Llegué porque una vez me pegó mi esposo. Yo le contaba a Amy [compañera del CDMCH] y ella me decía “hay una compañera en el Centro que te puede dar una plática psicológica para que puedas hablar con ella”, entonces así fue como comencé a llegar al Centro, comencé a ir a platicar con una psicóloga. Después de un tiempo, me dijeron formalmente que no había quien hiciera la limpieza y me dijeron que si quería trabajar medio turno. Ya cuando surge la propuesta de que “Olivia puede ser una promotora”. Crean una primera escuela en donde estuvimos, ya estaba Romy, yo estuve en la escuela casi tres años, en la escuela y en la capacitación, pero a la vez ya contribuía en el trabajo, así fue como me quedé en el Centro, para mí es algo muy importante, había cosas que yo seguía aprendiendo conmigo, mi familia, toma de decisiones, ser mamá. En el Centro me sentí identificada y en los casos de las mujeres y usaba esas ideas, como fue que luché, que yo creo mucho en los cambios, yo lo decía con una seguridad porque yo lo viví en carne propia.
Romy: Yo participé en esta asamblea “Contra la Impunidad de la Guerra”, sobre la violencia que vivían las mujeres. Ahí yo estaba participando en la CODIMUJ, yo participé en una de las mesas sobre la violencia, todo eso que ya sabemos y sí, me acuerdo de que en la mesa que estuvimos decían mucho que necesitábamos un Centro de Derechos de la Mujer porque el Fray Bartolomé [otra organización histórica de Chiapas] no apoyaba mucho a las mujeres. Yo seguí participando en la CODIMUJ y ahí llegó la convocatoria de que iba a haber una formación de defensoras de derechos humanos y yo me acuerdo de que me dijo la hermana, “mira a lo mejor te interesa a ti esa convocatoria”. Yo entro, nos dieron una capacitación como de un año. Llegamos como 30 o 32 mujeres que nos preparamos como defensoras y que eso ya era la segunda generación. Amy me empieza a invitar que si quiero participar. (Entrevista a Defensoras de Derechos Humanos, abril 2015)
Así, en esta historia organizativa, las mujeres indígenas han podido aportar al movimiento de mujeres sus vivencias y experiencias en sus comunidades y desde sus saberes propios; no solo otras formas de ver la desigualdad de género, sino también otras formas de lucha para vivir en la igualdad y en la no discriminación. Para poder plantear sus demandas se han reapropiado de discursos transnacionales sobre derechos humanos y han tratado de rescatar formas de convivencia y respeto que vienen de sus propias formas de vida.
Escena 2: “Lleva esa luz y diles a todas que no están solas, que vas a luchar por ellas”: La Escuela de Defensoras y Promotoras de Derechos Humanos
Septiembre de 2014, Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas:
Eran las 8 de la mañana y llegaban al Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas A.C. mujeres tseltales y tsotsiles de diferentes regiones, principalmente de los Altos de Chiapas y de la zona de la Frontera Comalapa. Algunas de ellas llegaban con sus hijas e hijos y todas con sus bolsas llenas de comida, algunas cobijas y enseres de limpieza personal. Llegaban en grupos de tres o cuatro compañeras, era difícil ver a mujeres que llegaran solas. En aquel año la casa que albergaba al CDMCH aún no contaba con camas y con el cuarto para las visitas de la Escuela, estos estaban en construcción, así que las mujeres en esos tres días que duraba la Escuela de Defensoras y Promotoras debían de dormir en el piso en el cuarto utilizado como salón de clases. A pesar de ello, siempre llegaban con muchas ganas de compartir e intercambiar diálogos y saberes con sus otras compañeras, a ponerse al tanto también de sus vidas y por qué no, de contarse alguno que otro chisme.
Cada que había sesiones de la Escuela en el CDMCH el lugar se llenaba de vida, de risas, de ruido, de aplausos, de abrazos. Las niñas y los niños andaban por todos lados jugando, participando en las actividades. Era como si la casa-oficinas del CDMCH se llenara de colores y así era, pues las mujeres asistentes llenaban el espacio con sus participaciones y experiencias sobre sus luchas en defensa de sus derechos dentro de sus comunidades. Me gustaba mucho coincidir con la Escuela porque días antes al comienzo de las sesiones, preparábamos lo necesario según los temas que iban a desarrollarse a lo largo de los tres días. Buscábamos dinámicas lúdicas, expresivo-corporales, de canto, de dibujo para que la transmisión de saberes fuera diferente al método pedagógico tradicional y para que a través de ellos las mujeres pudieran participar por igual por la diferencia de idiomas. Todas las sesiones se hacían en el idioma tseltal, tsotsil y castellano, así que las mujeres siempre preferían hablar en su propio idioma, por lo que en sí la traducción era para las personas que, como yo, no hablamos la lengua tseltal o tsotsil. (Fragmento de Diario de campo, septiembre 2014)
Facilitadora: Buenos días, compañeras, como ya saben nuestro objetivo es que ustedes vayan reforzando el aprendizaje para poder llegar a ser promotoras y defensoras comunitarias, este foro va a ser muy interesante, mañana vamos a proyectar una película de los diferentes sistemas de justicia en México y bueno ahorita iniciaríamos con ver cuál es la idea de justicia que tenemos cada una. Trabajaríamos posteriormente en equipo. Bueno, entonces ahorita la pregunta que queremos analizar es ¿Qué sería la justicia para nosotras, compañeras? (Fragmento, grabación de campo, Escuela de Defensoras y Promotoras de Derechos Humanos, septiembre, 2014)
Como se ha mencionado, el movimiento zapatista ha sido un valioso aporte a la vida de las mujeres indígenas, no solo para las mujeres zapatistas, sino para las mujeres indígenas, primero de Chiapas y luego de México. Desde mi punto de vista, esto tiene que ver con los diálogos que se han podido construir entre las feministas urbanas y las mujeres organizadas o feministas comunitarias, lo que ha desembocado en la generación de múltiples proyectos, algunos de ellos conformados en organizaciones de la sociedad civil, como es el caso del Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas A.C.; en colectivas de mujeres que no necesariamente están conformadas por organizaciones o, incluso, por mujeres que se organizan en sus comunidades para seguir luchando por sus derechos.
La historia del Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas está ligada a la lucha feminista de las mujeres, que se reafirmó con el movimiento zapatista, y surge por la preocupación de violencia que impera en el estado. El Encuentro de Mujeres contra la Violencia, la Impunidad y la Guerra, en 1999, fue el escenario para dar cuenta de la dimensión de la violencia contra las mujeres (jurídica, sexual, familiar, de guerra), visibilizando que el principal perpetrador era el Estado. En ese mismo año, el Movimiento Independiente de Mujeres (MIM) comenzó a promover la formación de defensoras y promotoras populares en derechos humanos para que posteriormente se integraran a las actividades con el Centro. El Centro, como tal, inició sus trabajos en el año de 2003 en cuatro regiones: Norte, Selva, Frontera y Altos, pero en la actualidad solo cuentan con la sede Altos; comenzaron a trabajar cinco o seis mujeres indígenas, principalmente hablantes de los idiomas tseltal, tsotsil y chol.
El CDMCH fue fundado por Mercedes Olivera Bustamante (1934–2022), quien fue defensora de derechos de las mujeres, antropóloga y feminista. Como luchadora social incansable y militante de movimientos de izquierda, siempre tuvo un posicionamiento muy claro sobre cómo ejercer la antropología activista y comprometida con las causas justas, así como sobre su compromiso con la lucha de clases, en donde ella misma se enfrentaba a los machismos del sistema patriarcal y de sus propios compañeros con una visión política de izquierda, lo que la llevó a desmarcarse de ciertos espacios institucionales y a construir, en conjunto con otras mujeres mestizas e indígenas, caminos diferentes para luchar en contra de la violencia:
Mercedes Olivera considera que los planteamientos zapatistas enseñan no solo a la construcción de un mundo nuevo, sino un feminismo con una ética diferente, reflejado en la búsqueda de un camino y formas diversas. Frente a estas construcciones emergentes, la labor de la Dra. Olivera ha consistido en participar en el movimiento zapatista y a la vez, mantener una posición crítica solidaria, una postura que permite acompañar a las mujeres en su lucha por sus derechos al interior de sus pueblos y, simultáneamente, al lado de los hombres y de las mujeres en la lucha de la liberación. Es ahí desde esa postura muchas veces incómoda y ciertamente delicada, donde pueden gestar conocimientos nuevos, siempre vinculados a los procesos sociales, que nos permitan construir caminos novedosos hacia la justicia social. (Mora Reference Mora2009, 164)
Sobre este posicionamiento político y ético es que el CDMCH tiene como eje transversal el enfoque feminista, entendiéndolo como un marco de referencia según el cual la identidad de las mujeres, y más aún las mujeres indígenas, está constituida en un sistema de desigualdades de género, clase, etnia, edad, etc., que no pueden verse por separado (Reglamento CDMCH 2007, 6).
El trabajo del CDMCH asume los acuerdos de la Conferencia de Viena de 1993 “sobre la interdependencia y la integralidad de los derechos humanos, así como la noción de que todos los derechos de las mujeres son derechos humanos” (Reglamento CDMCH 2007, 11). Como organización civil se posiciona en contra de las ONG que no toman en cuenta “las necesidades, planteamientos e intereses de los seres humanos a quienes, supuestamente, pretenden beneficiar” (Reglamento CDMCH 2007, 11) y entiende que la autonomía de las organizaciones es un elemento clave para garantizar sus principios, líneas de acción y estrategias.
Para el Centro lo más importante es el proceso que llevan a cabo con las mujeres indígenas y que surge de las experiencias que ha dejado el movimiento zapatista en la región, que va desde la visibilización de la falta de un derecho, hasta la apropiación plena de una posición consciente y crítica en la toma de decisiones en su vida cotidiana y el ejercicio libre de sus derechos (Reglamento CDMCH 2007). Un componente importante y central en su trabajo es coadyuvar en el acceso a la justicia de las mujeres dando atención a casos de violencia de género, principalmente en conflictos referentes al despojo de tierras.
La Escuela de Defensoras y Promotoras de Derechos Humanos (EDPDH) nace previamente a la conformación del CDMCH como tal, en el Movimiento Independiente de Mujeres, pero cuando el CDMCH se conforma, este da continuidad al trabajo de formación. La EDPDH se encuentra ligada al proceso de formación que lleva a cabo el Centro, en ella se hablan diferentes temas que se han identificado en el trabajo de campo que hacen con las mujeres. Ahí se identifican las diferentes violaciones a derechos humanos y las violencias, y se retoman en las diferentes sesiones que se llevan a cabo cada mes.
En los primeros diez años del Centro no se contaba con una casa propia para llevar a cabo el trabajo, pero en cuanto se pudo comprar una propiedad, se construyó un pequeño albergue para que las mujeres asistentes tuvieran un mejor lugar al cual llegar y pudieran asistir los tres días sin ningún contratiempo, pues la mayoría de las mujeres que participan en la escuela provienen de fuera de la ciudad de San Cristóbal de las Casas.
El objetivo principal de la Escuela de Defensoras gira en torno a la apropiación de los derechos humanos de las mujeres indígenas y, así, poderse concebir como sujetas de derechos. La idea es que las mujeres que se gradúan de la escuela puedan después transmitir esos conocimientos a las mujeres que no logran asistir a las reuniones. Pues a muchas de las mujeres casadas y con hijos e hijas pequeñas/os a veces no se les permite salir de casa y pasar la noche en otros lugares; así, las mujeres que logran asistir, entre ellas mujeres solteras, viudas o mayores, llevan la palabra a sus comunidades y enseñan a sus compañeras la importancia de sus derechos y a desnaturalizar la violencia a la que se enfrentan.
En los últimos años, la Escuela de Derechos ha planteado generar diálogos interculturales entre los derechos humanos individuales y colectivos, pues para las mujeres indígenas ambos son importantes. Esta cuestión ha sido larga, pues a veces los derechos individuales se contraponen a los colectivos y es ahí a donde las mujeres indígenas en sus discusiones en la escuela han enseñado a las mujeres que trabajan en el Centro cómo negociar estos derechos en sus comunidades. Esta cuestión se ha podido desarrollar más en la metodología construida por el Centro llamada “Defensa Participativa” y con ella han logrado construir diálogos interesantes en donde prevalecen las formas en cómo las mujeres significan las justicias y los derechos desde sus saberes propios y los significados del CDMCH. Un ejemplo de lo anterior se puede ver claramente en el siguiente diálogo dentro de la Escuela:
Facilitadora: Hace como 3 meses la señora Sofía acudió al Centro a pedir la asesoría de las abogadas porque había sufrido violencia por parte de su marido y de sus suegros. Las abogadas tomaron el caso y fueron con el ministerio público. La señora dijo que ella ya no quería vivir con su marido, que ya se iba a separar, el marido también dijo que ya no, entonces dijo el juez que le diera una pensión porque tienen hijos y que el señor tenía derecho a visitar a sus hijos cada fin de semana. El señor sí ha dado las pensiones, pero el otro día vino el señor al Centro y dijo que quería pedir perdón, que quería disculparse con su esposa y con nosotras. Él le pidió perdón y la señora dijo que si, que si lo perdonaba y después le dijo que si volvían a vivir juntos y la señora dijo que si, que iba a regresar con su marido. La señora Sofía viene aquí con la psicóloga a tomar unas pláticas para que ya no haya violencia en su familia, mañana van a venir, la señora con el señor, porque dice que está arrepentido y va a pedir perdón al Centro por lo que hizo, entonces lo que nos dicen las compañeras abogadas es que si pueden estar algunas de ustedes, las señoras que están más mayores para que escuchen lo que va a decir mañana Sofía y su esposo y que pudieran darle un consejo sobre cómo lo hacen en sus comunidades cuando alguien pide perdón. Entonces nos dicen las abogadas que quién de ustedes pudiera estar.
Mujer asistente: Primero tenemos que enterarnos de cómo fue el problema para poderle dar consejos sobre cómo se resuelve en nuestras comunidades en los “usos y costumbres”, así podemos dar un consejo al señor para que no vuelva a golpear a su esposa. (Traducción de Pamela; Fragmento de la Escuela de Derechos, septiembre 2014)
Esta narrativa demuestra cómo el CDMCH hace un esfuerzo por reconocer los saberes de las mujeres, los saberes de las comunidades y los saberes de los derechos humanos, preguntando sobre ellos e integrando a las mujeres al trabajo que hace, esto permite tejer redes comunitarias para las mujeres que están atravesando por situaciones de violencia como las que se describen y que no reincida. Con ello, han logrado a lo largo del tiempo construir otras metodologías que nacen de los saberes ancestrales para solucionar los conflictos, haciendo que las mujeres también utilicen un discurso que les da poder en su toma de decisiones. Pues como lo ha analizado Mora (Reference Mora2017) las comunidades indígenas significan de otra manera al género, de una manera en que se construyen estrategias políticas desde ellas, que no siempre tendrán que ver con las ideas que desde los feminismos liberales tenemos de la justicia, pero que, en muchos espacios comunitarios, hacen sentido. Así, tejiendo y comprendiendo en colectividad los derechos, ellas se dan cuenta que no están solas y que a través de la organización pueden luchar juntas por sus derechos.
Escena 3: “Ahora sí vamos a empezar a construir el mundo que merecemos y necesitamos”: Corazonando los derechos de las mujeres indígenas en los Altos de Chiapas
Noviembre de 2018, San Cristóbal de las Casas
En noviembre de 2018 regresé al CDMCH a entregar la primera investigación hecha sobre los diferentes significados de justicias, violencias y derechos humanos que había culminado un año antes en el marco de la organización de un movimiento que estaban organizando algunos colectivos de mujeres indígenas de los Altos de Chiapas y el mismo Centro. Me di cuenta de que la organización del “Movimiento en Defensa de la Tierra y el Territorio y por la Participación y el Reconocimiento de las Mujeres en la Toma de Decisiones” encabezado por las mujeres indígenas, ya estaba conformado y habían comenzado sus actividades políticas en sus comunidades. Me gustó mucho ver cómo algunas mujeres que había conocido dentro de la Escuela de Derechos ahora eran parte de las kasesel k’op (persona que lleva y trae la palabra), es decir, eran las encargadas no solo de informar de los acuerdos de la comisión central del Movimiento, sino de organizar a sus comunidades en las actividades para el reclamo de sus territorios. Ahí, en ese momento, pude dimensionar el importante trabajo que hacía la Escuela, pues las mujeres lograban reconocer las diferentes opresiones y violencias que vivían en sus comunidades y organizarse para poder exigir una vida más digna en el marco de sus derechos como mujeres y como mujeres indígenas.
El contexto de la guerra de baja intensidad en Chiapas había cambiado y, aunque el Ejército sigue amedrentando a las comunidades, ahora la violencia estructural ejercida por el Estado sirve para facilitar el despojo territorial que viven día con día las comunidades por las diferentes empresas extractivistas y otros grupos violentos que han llegado a la región del Sur de México y que generan conflictos y formas de violencia estructural que afectan de manera específica a las mujeres.
El estado de Chiapas en la actualidad forma parte de las regiones de mayor explotación de sus recursos naturales para la obtención de materias primas para la producción del capital en nuestro país. La variedad de especies de árboles como pino, ciprés, liquidámbar, encino, macules, amate, cedro y caoba, ponen al estado en el segundo lugar a nivel nacional en cuanto a superficie forestal; los 116 pozos petroleros que tiene, le permiten aportar el 6.5% de la producción petrolera nacional y casi genera la cuarta parte de gas natural que se consume en el país; así mismo, la electricidad generada en las centrales hidroeléctricas de Malpaso, La Angostura, Chicoasén y Peñitas representa casi la mitad de la energía hidroeléctrica producida en México. Además de que su clima le permite ser el primer productor nacional de café y de poder cultivar maíz, sandía, mango, plátano, aguacate, cacao, algodón, caña de azúcar y frijol, entre otros. (INEGI, Cuéntame, citado en: Saavedra Reference Saavedra2022)Footnote 5
Esta riqueza que tiene el estado hace que, en la actualidad, Chiapas sea un blanco para la sobreexplotación de sus recursos, lo que ha afectado a las comunidades indígenas de la región, pues la mayoría de estos proyectos se instalan dentro de las comunidades, generando problemáticas que desembocan en violencia, en despojo territorial y en desplazamientos forzados, que afectan de forma específica a las mujeres. Esta situación no ha cambiado en los últimos cinco años desde el 2020, y, por el contrario, las diferentes formas de violencia y de despojo territorial se han actualizado y perfeccionado, en donde ahora la complejidad de la violencia se teje con grupos del crimen organizado que, a través de la violencia sistemática, aterrorizan a las comunidades, haciendo más profundas las vulneraciones que han vivido históricamente.
En el Informe del año 2023 hecho por la organización de la sociedad civil Fray Bartolomé de las Casas A. C., se documentan las diferentes formas de violencia que viven las comunidades indígenas en el estado, mencionando que existe una sofisticación en las violencias estructurales que se viven cotidianamente entre las que mencionan: la remilitarización, el despojo territorial no solo de las empresas extractivas, sino también de grupos armados del narcotráfico, lo que ha traído consigo desplazamientos forzados de comunidades enteras, conjugándose toda esta crisis con formas históricas de violencia económica y política.Footnote 6 También se ha visto un incremento en la violencia y criminalización de defensoras y defensores de derechos humanos, lo que agudiza la situación en todo el estado, así como en las cuestiones sobre desapariciones forzadas y feminicidio que se han convertido en violencias cotidianas.
Es importante mencionar que, aunque este escenario es desesperanzador, aun así, frente a la entrada de las empresas y de la criminalización a la que se enfrentan las y los defensores de derechos humanos, las mujeres organizadas en sus colectivos, junto con algunas autoridades y con personas que se han unido a ellas, bloquean carreteras, hacen grupos de trabajo, se concientizan de la importancia de su participación, informan de las desventajas para sus comunidades de estos megaproyectos y violencias estructurales, se organizan para hacer marchas, hablan con las autoridades de sus comunidades para que no vendan sus tierras. En fin, sus demandas y cuestionamientos han girado en torno al respeto de sus derechos en el marco de sus propias formas de vida, que, sin rechazarlas, han reformulado el orden de género en sus comunidades, contestando desde su propia experiencia (Saavedra Reference Saavedra2018).
También en la actualidad, las defensoras y defensores de derechos humanos, algunas de las cuales han participado con el CDMCH, se han organizado frente a estas violencias. En el año 2025, el Observatorio de Personas Defensoras de Derechos Humanos en Chiapas conocido como “El Obse”, nace en un grito de resiliencia no solo para documentar los casos de violencia que viven, sino también para poder ser escuchadas, escuchados y encontrar ayuda y seguridad para su labor en la búsqueda de la justicia. En él se aglutinan dieciséis organizaciones que dedican su vida a la defensa de derechos humanos, en donde participan personas indígenas y no indígenas (Kaiser Reference Kaiser2025).
Como lo menciona Hernández (Reference Hernández2008), históricamente la confluencia de diferentes diálogos en Chiapas ha permitido una nueva identidad política, en donde, más que imposiciones de los discursos sobre derechos humanos, ecologistas, feministas, etc., se han abierto espacios de diálogo intercultural en los que indígenas y no indígenas han compartido sus diferentes formas de ver el mundo y sus opresiones. Es decir, la construcción de un feminismo situado en diálogo y reflexión con las feministas rurales como la posibilidad de formas de alianza entre mujeres indígenas y mestizas, con un reconocimiento claro de sus diferencias y de sus semejanzas, uniéndose en la solidaridad y también en la necesidad de enfrentarlas juntas.
Así, las mujeres indígenas de los colectivos, en conjunto con las mujeres del Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas y con otras organizaciones, deconstruyen día a día los significados del ser mujer indígena frente al ser mujer mestiza y viceversa. Y, sin idealizar este espacio de diálogo de saberes, se deconstruyen día a día las desigualdades de poder. En el Movimiento, en la medida de lo posible, la organización pasa por un filtro democrático y de participación constante de las mujeres indígenas y permite que exista variedad en las ideas y acciones.
El Movimiento representa el trabajo de todas las mujeres de los Altos comprometidas con la defensa de sus derechos y la construcción de una vida digna. De ahí que sea muy importante dar cuenta de que la exclusión que viven las mujeres en la toma de decisiones y en su reconocimiento, son resultado de la polarización social, del patriarcado, de la colonización y del despojo neoliberal. Como lo planteó la coordinadora general del Centro “nos planteamos una lucha como movimiento organizado para impulsar el reconocimiento de las mujeres en las decisiones, en los espacios íntimo, privado y público, con estrategias políticas y jurídicas articuladas” (CDMCH 2015, 5).
A través de la Escuela de Defensoras y Promotoras de Derechos Humanos, y de observar y aprender que se pueden construir diálogos que lleven a construir la colectividad y a tejer los saberes propios de las comunidades indígenas y los saberes construidos desde la individualidad, comprendí que la construcción de derechos humanos otros es posible. Pero, además, estas propuestas por la lucha por la vida y la dignidad que han surgido con estos diálogos son un ejemplo de cómo descolonizar y despatriarcalizar, a través de la organización, nuestras concepciones hegemónicas de organización social, de defensa de los derechos humanos, de justicias y violencias y, por tanto, podemos hablar de nuevas formas de significados que se están gestando en la lucha de las comunidades en contra de la violencia y del poder.
En este sentido, es que hablo del corazonar los derechos humanos, refiriéndome a la búsqueda en la construcción de puentes entre los diferentes significados de los saberes de las mujeres a lo largo de nuestras historias y experiencias de vida, recuperando esas otras sabidurías que se encuentran en las prácticas comunitarias cotidianas en defensa de la dignidad y la búsqueda de la no violencia.Footnote 7 Tal y como lo hemos aprendido del movimiento zapatista y del movimiento de las mujeres, quienes nos han enseñado a dialogar y buscar salidas a las injusticias desde la organización y el diálogo.
Corazonar los derechos y las justicias lo he definido como una propuesta descolonizante y un pensamiento político frente a un sistema jurídico occidentalizado-capitalista-neoliberal-heteropatriarcal-racista que sigue excluyendo las sabidurías de los pueblos indígenas y de las propias mujeres cuando buscan resolver sus problemáticas de violencias. Por ello, considero que la apuesta del CDMCH, de las feministas luchadoras, defensoras, promotoras de derechos humanos, al poner en evidencia las múltiples injusticias a las que se enfrentan desde sus propias sabidurías y experiencias, deconstruyen discursos, se los apropian y los aplican construyendo puentes. Ese acto político de resistencia es el principal aporte que han dejado los movimientos gestados en Chiapas, en donde las mujeres han posicionado sus voces y ahí, en esas voces, es en donde hemos acordado resistir y vivir, convirtiendo la digna rabia en organización.
Reflexiones finales
La insurgencia zapatista gestada en Chiapas en los años ochenta y noventa, y su continuación hasta la actualidad a través de la organización de los caracoles y de las comunidades indígenas organizadas, ha dejado una herencia de lucha en donde se han visibilizado las opresiones y las injusticias a las que se han enfrentado pueblos originarios de la región, en donde las mujeres son afectadas de maneras específicas. Lejos de que esta cuestión sea una forma de callar la voz de los pueblos y de las mujeres, el movimiento zapatista ha abierto la posibilidad de debatir abiertamente de qué manera tanto la violencia estructural como la violencia en las comunidades que viven las mujeres puede ser cambiada a través del conocimiento abierto a sus derechos humanos.
Si bien existía una organización naciente en los feminismos de la región, el conocimiento de la Ley Revolucionaria de Mujeres ayudó a poner en discusión las “costumbres” que hacen daño a las mujeres y no les permiten acceder a sus derechos. El camino ha sido largo y sinuoso, pero con su organización han podido ir cambiando sus destinos y han logrado hacer conciencia de la importancia del acceso pleno a sus derechos. Aquí solo se analiza un breve fragmento de esta historia, pero con ello se ha dado a conocer la lucha a través de otras formas de apropiación de los derechos y de la importancia de impulsar organizaciones como el Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas, que apuesta por generar cambios estructurales.
Finalmente, en la actualidad, las formas de violencia estructural han gestado nuevas formas de guerra de baja intensidad en el estado que me parece necesario mencionar, aunque no se desarrollan con amplitud, considero que es importante que tengamos en el horizonte estas cuestiones para la generación de nuevas preguntas de investigación que nos puedan abrir el panorama sobre el contexto que se vive en la actualidad. Algo importante de mencionar es que, a pesar de ello, las comunidades siguen en resistencia frente a las nuevas formas de violencia y, acompañadas en la generación de estrategias interculturales, se han abierto nuevas formas y posibilidades de organización social. Esta última cuestión es el reto que nos espera a todas y todos en el futuro.