Entre las múltiples crisis peruanas contemporáneas, una que ha recibido menos atención de la debida es el problema de la intelectualidad. Opacada por otras debacles institucionales, incluyendo una ruina educativa generalizada que sume al Perú en el sótano de todos los índices internacionales de literacidad, la ausencia de un discurso intelectual con vocación pública es causa y síntoma de los ‘éxitos’ del neoliberalismo peruano. Rubricadas como obsoletas, acusadas de estar inconexas y apartadas de la realidad y, más recientemente, criminalizadas a través del ‘terruqueo’, las voces y visiones intelectuales sobre el país parecen sobrevivir solamente detrás de los muros de un puñado de universidades y centros de investigación.
Hace algunos años, ciertamente antes del advenimiento de la hecatombe sociopolítica y económica que desembocaría en la década fujimorista (1990–2000), existía un paisaje intelectual bastante diferente al actual. Desde publicaciones de diferente índole que daban cuenta de una esfera pública dinámica en producción y consumo cultural hasta debates parlamentarios con planteamientos doctrinarios, pasando por una producción académica de origen castrense producto de años de formación de una intelligentsia militar, el Perú de los setentas albergaba una vibrante comunidad intelectual que incluía a académicos, novelistas, artistas y activistas, entre otros actores, engarzados en un debate público igualmente vibrante.
El libro editado por Javier García Liendo y Mijail Mitrovic es un primer paso necesario para documentar la densidad discursiva del debate intelectual peruano durante una década definitoria para el rostro del Perú contemporáneo. Gatilladas en 1968 con el golpe militar liderado por Juan Velasco Alvarado y enmarcadas por el apogeo, consolidación y fenecimiento del autoproclamado Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada, las diferentes transformaciones acaecidas durante los setentas colocan, al menos, una nota a pie al énfasis en los llamados ‘sesenta globales’ en el resto del hemisferio sur. Así, por ejemplo, mientras que el grueso de América Latina y el resto de Sudamérica había transitado por variantes de procesos revolucionarios y reformistas que hacia 1970 empezaban a agotarse o experimentaba un viraje autocrático frecuentemente militar, la ‘revolución peruana’ encabezada por los militares desconcertaba a propios y ajenos con su mezcla de nacionalismo exacerbado, prosa pseudo-revolucionaria, políticas de aparente bienestar social y, más importante para fines de esta reseña, su relación con la intelectualidad nacional.
García Liendo y Mitrovic abren el volumen con una introducción donde proponen una definición de ‘intelectualidad’ entendida en clave de producción. En su cooptación por la maquinaria estatal del Gobierno Revolucionario, personajes provenientes de diferentes disciplinas tan variadas como la economía, el folklore, la cibernética o la militancia política trasladaron sus experticias ‘al interior del Estado’ (p. 10) para colocar su producción al servicio de la revolución. Según la periodización articulada por los editores, estos intelectuales eran el resultado de un tránsito nacional previo, especialmente centrado en la década precedente, donde el país se había debatido en una tensión entre revoluciones desde abajo y reformas desde arriba, con paradigmas de lucha armada guerrillera en un extremo y discursos desarrollistas en otro. Es esa tensión aparentemente imposible de ser resuelta en democracia la que no solamente legitimó el empoderamiento militar en 1968, sino que también perfiló los contornos de las necesidades discursivas del régimen. Los militares encontraron en universidades, partidos políticos de izquierda y centros de investigación a un inesperado grupo de aliados capaces de proveer la prosa para una ‘revolución peculiar’.
Como cualquier volumen editado, el libro de García Liendo y Mitrovic es desigual en sus logros. Pese al esfuerzo teórico-conceptual de los editores por insertar su propuesta dentro de una reflexión amplia sobre la intelectualidad, pero, más específicamente, sobre el personaje intelectual y sus universos sociopolíticos, no todos los capítulos conversan con este planteamiento. El texto de Mateo Díaz Choza, por ejemplo, es una reflexión sesuda sobre el suicidio y entierro de José María Arguedas y los ecos de ambos eventos en el universo de las letras y ciencias sociales peruanas. El capítulo de Anna Cant sobre La voz del campesino, boletín semanal publicado por el Comité Central de Defensa de la Reforma Agraria y Revolución Peruana del Valle de Huaura-Sayán, da cuenta de la animada y, a veces, contestataria respuesta que la reforma agraria militar generaba entre sus ‘beneficiarios’. La contribución de Mercedes Reátegui es una biografía política de la Agrupación Espacio, conglomerado de artistas e intelectuales que, de manera conjunta, formaron parte de los debates públicos en torno a la urbanización de los emergentes ‘pueblos jóvenes’ durante la dictadura. José Chávarry ofrece un estudio ejemplar de producción y consumo cultural centrado en la revista Runa, publicación estandarte del Instituto Nacional de Cultura.
Mucho más en línea con la propuesta central de los editores, al menos tal cual está esbozada en la introducción, resultan los textos de Fabio Cabrera Morales, quien ofrece un breve pero sustancial esbozo de Carlos Delgado Olivera, acaso el arquitecto ideológico del Gobierno Militar y cuya biografía completa aun queda por escribirse. Igualmente interesante es el capítulo de Violeta Barrientos Silva sobre el feminismo peruano, que incluye importantes datos sobre los derroteros de Helen Orvig, Violeta Sara Lafosse, Kate Young y otras intelectuales que colocarían los cimientos del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán y el Movimiento de Mujeres Manuela Ramos, organismos pioneros en Perú y América Latina para el avance del feminismo. De muy especial interés resultan los textos de Pablo Sandoval López sobre los antropólogos de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga y el ‘origen intelectual’ de Sendero Luminoso, en donde el autor ensaya una respuesta para la pregunta sobre la tensión entre el desdén senderista por la cultura andina y el arraigo de la violencia en el mundo rural. Asimismo, el texto de Raúl Álvarez Espinoza pone sobre relieve la figura de Victoria Santa Cruz como intelectual y activista política abocada a una reflexión sobre lo popular en la cultura nacional y el significado del ‘folklore’ para el Estado-nación.
Más allá de estas menciones específicas, todo el volumen contribuye al esbozo inicial de un universo de producción cultural e intelectual robusto y dinámico, testimonio de un tiempo que se siente cada vez más remoto y foráneo cuando diversas voces intelectuales se preguntaban y respondían sobre las dificultades, posibilidades y esperanzas de convertirnos en una comunidad nacional. Intelectuales, política y producción cultural en el Perú de los 70 es, en resumen, un libro importante que seguramente merecerá atención y discusión.