Este trabajo contribuye a la problemática que evalúa los procesos de conflicto social en los Andes Centro-Sur, cuyos antecedentes son escasos e indican cambios sociopolíticos profundos en las sociedades puneñas del primer milenio de la era. Se discute información obtenida a partir del análisis de restos humanos recuperados del sector I del sitio de Punta de la Peña 9 (PP9.I), ubicado a 10 km de Antofagasta de la Sierra (ANS), Catamarca, Argentina. Este tema fue abordado a través del análisis del arte rupestre, interpretando escenas de enfrentamientos producto de situaciones de competencia por recursos y territorios (Aschero y Martel Reference Aschero and Martel2005). Las lesiones traumáticas perimortem y las prácticas mortuorias de desmembramiento evidenciadas en los restos humanos de la Estructura Funeraria 4 (EF4) de PP9.I aportan nuevos datos al respecto (Gonzalez Baroni Reference Gonzalez Baroni2013).
Las evidencias más tempranas de situaciones de violencia como fenómeno social fueron identificadas en especies homínidas diferentes de Homo sapiens (Hutton Estabrook y Frayer Reference Hutton Estabrook, Frayer, Knüsel and Smith2014; Sherrow Reference Sherrow, Shackelford and Weekes-Shakelford2012). En su largo desarrollo desde entonces, constituyó y constituye una práctica humana modelada por la ideología y con una diversidad de expresiones culturales (Ogilvie y Hilton Reference Ogilvie and Hilton2000; Parker Pearson y Thorpe Reference Pearson and Thorpe2005; Scherer y Verano Reference Scherer and Verano2014). Se considera aquí que el concepto de violencia incluye cualquier práctica social que conlleva el uso de la fuerza material o ideológica para dañar física o psíquicamente y que involucre vínculos de poder jerárquico y desigual (Knüsel y Smith Reference Knüsel and Smith2014). El estudio bioarqueológico de los indicadores de violencia contribuye al análisis de procesos de tensión social en distintos niveles, ya sea disputas de pocas personas durante períodos cortos o problemáticas más complejas y prolongadas como la guerra, que implica el desarrollo de acciones articuladas, sistemáticas, prolongadas e institucionalizadas (Guilaine y Zammit Reference Guilaine and Zammit2005; Parker Pearson y Thorpe Reference Pearson and Thorpe2005; Scherer y Verano Reference Scherer and Verano2014; Walker Reference Walker2001). En este caso se evalúan indicadores de violencia a pequeña escala, que involucran a actores sociales en grupos reducidos de pastores y agricultores en un área sin indicadores arqueológicos como estructuras defensivas o grandes poblados para el periodo analizado.
Los estudios sobre la violencia prehispánica en los Andes fueron considerados usualmente en el contexto de expansiones y colapsos imperiales, competencia económica, sacrificios humanos o guerras rituales (Arkush y Stanish Reference Arkush and Stanish2005; Kurin Reference Kurin2016; Tung Reference Tung2012; Verano Reference Verano, Chacón and Mendoza2007, Reference Verano, Silverman and Isbell2008). Desde la óptica de la sacralidad, se le otorgó una valoración positiva como elemento cohesionador de la sociedad y, en general, se la explicó como un acto ritual, justificándola ideológicamente (Scherer y Verano Reference Scherer and Verano2014). Esta perspectiva se nutre principalmente en el desarrollo de batallas rituales similares al tinku, destacando su aspecto funcional de liberación de la tensión social (Arkush y Stanish Reference Arkush and Stanish2005; Tung Reference Tung2007a; Turner Reference Turner1969). En contraste, son escasos los estudios bioarqueológicos que se centran en la violencia no ritual (e.g., Tung Reference Tung2012; Tung y Owen Reference Tung, Owen, Isbell and Silverman2006; Vega Reference Vega2014).
Este trabajo adhiere a la propuesta de Tantaleán y Gonzáles Panta (Reference Tantaleán, Panta, Mazz and Berón2012), quienes plantean un enfoque que trasciende la dicotomía simplificadora de las acciones humanas como buenas o malas, para evitar enfatizar en forma artificial las características “exóticas” de las sociedades prehispánicas desde una perspectiva occidental. Busca superar el carácter meramente descriptivo para explicar la naturaleza de la acción (origen, desarrollo y fines) desde la materialidad. Para identificar las prácticas violentas, consideran los medios disponibles para ejercerlas o rechazarlas (armas, cascos, cadáveres expuestos o desmembrados, etc.), su espacio de ejercicio (fosas comunes, arquitectura, etc.) y sus sujetos (traumatismos, heridas, mutilaciones, etc.; Lull et al. Reference Lull, Pérez, Herrada and Risch2006; Tantaleán y Gonzáles Panta Reference Tantaleán, Panta, Mazz and Berón2012). Asimismo, plantean que estas situaciones se desencadenan como consecuencia de tensiones en las relaciones personales, ya que el conflicto puede ser entendido como una herramienta de negociación y competencia dentro del entramado social (De Waal Reference De Waal2000). En este contexto, el objetivo del presente trabajo es contribuir a la discusión acerca de la naturaleza de estas prácticas a partir del estudio bioarqueológico de los individuos recuperados en EF4, considerando las evidencias de violencia perimortem y las características particulares de la distribución y completitud esqueletal.
Antecedentes de Situaciones de Violencia y Entierros Secundarios en Antofagasta de la Sierra y Zonas Aledañas
Se describe y discute el primer caso documentado de trauma perimortem en Antofagasta de la Sierra, insertándolo en el marco de los procesos sociales planteados para las sociedades agropastoriles de la segunda mitad del primer milenio dC. Los antecedentes de manifestaciones de violencia en zonas aledañas son escasos. Para el Noroeste Argentino (NOA), Ortíz y Seldes (Reference Ortíz and Seldes2012) proporcionan datos sobre traumas perimortem atribuibles a situaciones de violencia en sitios del piedemonte del Valle de San Francisco (San Pedro de Jujuy, Jujuy) a comienzos de la era cristiana (ca. 2000 aP). También se documentaron contextos contemporáneos de conflicto en Las Pirguas (Salta), específicamente hundimientos circulares en huesos parietales y fracturas en huesos nasales (Baffi et al. Reference Baffi, Torres and Cocilovo1996); en Til 20 (Quebrada de Humahuaca, Jujuy), donde se documentó una punta de proyectil en un calcáneo (Arrieta et al. Reference Arrieta, Bernardi, Bordach and Mendonça2016); y en Campo del Pucará (Andalgalá, Catamarca), donde se recuperaron cinco cráneos trofeo (Tartusi y Núñez Regueiro Reference Tartusi and Regueiro1993) con múltiples traumas perimortem efectuados con objetos filosos y fracturas circulares en la base (Roldan y Sampietro Vattuone Reference Roldan and Vattuone2011).
La complejidad de los asentamientos en sitios como Campo del Pucará indica el desarrollo de procesos de desigualdad y centralización del poder que dista de las consideraciones tradicionales de sociedades pacíficas, con organización simple y sin marcadas desigualdades sociales (Núñez Regueiro Reference Núñez Regueiro1974). La identificación de áreas exclusivas de entierro separadas de las zonas residenciales y la construcción de cámaras sepulcrales complejas en Cancha de Paleta y Salvatierra (Valle Calchaquí, Salta; Baldini Reference Baldini2007), así como de recintos circulares y subcirculares aglomerados en sitios de los valles de Santa María y Yutopián (Catamarca; Scattolin Reference Scattolin, Williams, Ventura, Callegari and Yacobaccio2007), muestran una organización social más compleja (Ortíz y Seldes Reference Ortíz and Seldes2012), en las cuales las situaciones de tensión social no habrían sido excepcionales.
Entre aproximadamente 1000 y 1400 años dC se produjeron en el NOA cambios sociopolíticos que llevaron al incremento de las situaciones de conflicto, evidenciadas a partir del aumento de la cantidad de estructuras defensivas, concentración poblacional, escenas de batallas en el arte y cráneos trofeo (Nielsen Reference Nielsen2010). Cambios climáticos con periodos de mayor aridez contribuyeron a intensificar la tensión social y la competencia social por el acceso y control de los recursos (Gheggi y Seldes Reference Gheggi and Seldes2012; Nielsen Reference Nielsen2007). Desde un enfoque bioarqueológico, Gheggi y Seldes (Reference Gheggi and Seldes2012) compararon las evidencias de violencia en Juella, Volcán, Los Amarillos y La Huerta (Quebrada de Humahuaca) y Andalhuala, Fuerte Quemado, Tolombón, La Poma, Molinos-Cachi, Payogasta, La Paya y Fuerte Alto (Valle Calchaquí). Identificaron un predominio de éstas entre los masculinos en las muestras de este último valle, en contraste con lo observado en sitios de la Quebrada de Humahuaca, donde las frecuencias fueron similares entre sexos. En Yacoraite y Los Amarillos, las evidencias de traumas premortem podrían indicar enfrentamientos pautados, rituales o en emboscada (Gheggi y Seldes Reference Gheggi and Seldes2012).
En el Desierto de Atacama (Puna chilena), Torres-Rouff y Costa Junqueira (Reference Torres-Rouff and Junqueira2006) compararon los patrones de violencia durante los períodos Intermedio temprano (200 aC–600 dC), Medio (600–950 dC), Intermedio tardío (950–1400 dC) y Tardío (1400–1532 dC), identificando mayores frecuencias de trauma perimortem y lesiones remodeladas durante los periodos de grandes cambios sociales, en coincidencia con eventos de sequías, procesos de tensión social y la aparición de jerarquías marcadas. Entre los varones predominan los traumas agudos, asociados a conflictos violentos; entre las mujeres prevalecen las lesiones nasales remodeladas, relacionadas con situaciones de violencia doméstica (Lessa Reference Lessa, Luna, Aranda and Suby2014; Standen et al. Reference Standen, Arriaza, Santoro, Romero and Rothhammer2010).
En síntesis, si bien los antecedentes de indicadores de violencia son escasos en el NOA e inexistentes en Antofagasta de la Sierra, los casos descriptos enriquecen el conocimiento disponible sobre los procesos de tensión social acaecidos en el NOA. El estudio de los eventos traumáticos sufridos por los individuos de PP9.I que aquí se presenta, abordado inicialmente por Gonzalez Baroni (Reference Gonzalez Baroni2013), contribuye con nueva evidencia a la caracterización de dichos procesos.
Es necesario mencionar los antecedentes de inhumación de partes anatómicas aisladas y de entierros secundarios. El caso de estudio evidencia prácticas de entierro de porciones corporales con distintos grados de integridad. En la Puna de Jujuy hay evidencias de entierros secundarios desde fechas tempranas (ca. 10.200–3700 aP; Fernández Distel Reference Fernández Distel1986; Yacobaccio et al. Reference Yacobaccio, Madero and Reigadas2001). Sin embargo, la información es discontinua para ANS, pese a la larga secuencia ocupacional desde aproximadamente 12.000 aP. Este patrón mortuorio fue identificado en entierros secundarios múltiples de aproximadamente 8000 años de antigüedad con marcas de procesamiento y rastros de pintura en Peña de las Trampas 1.1 (Martínez Reference Martínez and Pintar2014). Además, en Quebrada Seca 3 se recuperó un fardo funerario que contenía el entierro secundario incompleto de un feto fechado para aproximadamente 4000 aP (Gonzalez Baroni et al. Reference Gonzalez Baroni, Hocsman and Aschero2017). Por último, para la segunda mitad del primer milenio dC se identificaron tres entierros secundarios en Punta de la Peña 9 (Babot et al. Reference Babot, Gonzalez Baroni, Urquiza, Aguirre, Colaneri, Hocsman and Haros2009; Gonzalez Baroni Reference Gonzalez Baroni2013) que indicarían la selección y trasporte de partes anatómicas, así como la reapertura de contextos funerarios como práctica usual para momentos agropastoriles. De todos estos casos, EF4 es la única inhumación que presenta esqueletos con indicadores de trauma.
Descripción de la Muestra y Metodología
PP9 se ubica en los sectores intermedios de ANS (ca. 2.600 m snm; Olivera Reference Olivera1992), sobre la margen izquierda del Río Las Pitas. Es una base residencial multicomponente con una ocupación desde 1970 ± 50 años 14C aP hasta el momento colonial moderno (Babot et al. Reference Babot, Aschero, Hocsman, Haros, Baroni and Urquiza2006:59). Fue dividido en cuatro sectores, cuya característica común es la reocupación reiterada de los recintos, ya sea manteniendo o modificando su función (Babot et al. Reference Babot, Aschero, Hocsman, Haros, Baroni and Urquiza2006, Reference Babot, Gonzalez Baroni, Urquiza, Aguirre, Colaneri, Hocsman and Haros2009; López Campeny Reference López Campeny2002). El sector I (PP9.I), en el cual se hallaron los restos analizados, está compuesto por distintas áreas de actividad (espacios con arte rupestre, de molienda, etc.). En la parte más elevada de la planicie aluvial se identificaron dos estructuras residenciales, E5 y E3, y dos tumbas en contacto con E5, denominadas EF1 y EF4 (Figura 1; Babot et al. Reference Babot, Gonzalez Baroni, Urquiza, Aguirre, Colaneri, Hocsman and Haros2009; Gonzalez Baroni Reference Gonzalez Baroni2013). Los datos radiocarbónicos para E3 (1290 ± 50 aP), E5 (1250 ± 70 aP) y EF1 (1240 ± 50 aP; Babot et al. Reference Babot, Gonzalez Baroni, Urquiza, Aguirre, Colaneri, Hocsman and Haros2009:187; Gonzalez Baroni Reference Gonzalez Baroni2013) son contemporáneos con el uso de EF4. Esta última incluye un entierro secundario de restos antrópicamente removidos, algunos en posición vertical en el sedimento y porciones anatómicas desmembradas (Figura Suplementaria 1). Tres dataciones radiocarbónicas indican una cronología correspondiente al siglo séptimo: 1306 ± 45 aP (AA98366; 672–880 cal dC [2σ]; costilla del individuo 4), 1363 ± 45 aP (AA 98365; 644–783 cal dC [2σ]; coxal del individuo 2) y 1388 ± 45 años aP (AA98367; 614–778 cal dC [2σ]; costilla del individuo 3; Gonzalez Baroni Reference Gonzalez Baroni2013:250). El acompañamiento mortuorio incluye un fragmento de hacha lítica, una pala lítica y una cesta “tipa” propia de la zona de valles datada en 1288 ± 40 aP (AA89387; 682–887 cal dC [2σ]; fibra vegetal; Gonzalez Baroni Reference Gonzalez Baroni2013:247). La puerta de entrada fue clausurada mediante artefactos de molienda e instrumentos líticos.
Ubicación geográfica y plano de Punta de la Peña 9.

Para estimar el número mínimo de individuos se consideraron las frecuencias, lateralidad, tamaño y robusticidad de los especímenes recuperados y la información obtenida sobre el sexo y la edad (Gonzalez Baroni Reference Gonzalez Baroni2013), lo cual contribuyó a identificar elementos homólogos de un mismo esqueleto y mejorar las estimaciones (Adams y Byrd Reference Adams and Byrd2008; Osterholtz et al. Reference Osterholtz, Baustian and Martin2014). Solo se estimó el sexo en los individuos adultos, analizando los rasgos morfológicos del coxal y del cráneo junto con las medidas de los diámetros máximos de las cabezas femorales y humerales (Buikstra y Ubelaker Reference Buikstra and Ubelaker1994). Las edades de muerte de los adultos se obtuvieron relevando las sínfisis púbicas y las superficies auriculares de los coxales (Buikstra y Ubelaker Reference Buikstra and Ubelaker1994); las de los subadultos, midiendo la longitud de los huesos largos (Scheuer y Black Reference Scheuer and Black2000), debido a la ausencia de dientes. El porcentaje de completitud esqueletal se obtuvo dividiendo la cantidad de huesos asignados a cada individuo por el número total que conforma un esqueleto completo (adultos: 179 huesos; subadultos: 317 huesos para el individuo 2 [de 10–12 años] y 310 para el individuo 5 [menor a 2 años]; Guichón Fernández Reference Guichón Fernández2017; Scheuer y Black Reference Scheuer and Black2000; White y Folkens Reference White and Folkens1991).
Las patologías traumáticas fueron analizadas según las propuestas de Etxeberria y colaboradores (Reference Etxeberria, Herrasti and Bandres2005), Lovell (Reference Lovell, Katzenberg and Saunders2008) y Ortner (Reference Ortner2003), considerando: (a) tipo de hueso, lateralidad, sexo y edad; (b) sector afectado; (c) tipo, forma y tamaño de la lesión; (d) hipótesis sobre el tipo de fuerza aplicada; (e) identificación de condiciones preexistentes en el hueso y de complicaciones derivadas (infección, artrosis, etc.); (f) en los casos pertinentes, tipo y forma del callo y grado de remodelación ósea. Se utilizó un calibre digital manual para medir las lesiones. Para diferenciar fracturas postdepositacionales de lesiones perimortem se consideró que los huesos en estado seco presentan fracturas angulares, con bordes irregulares, dentados, rectangulares, longitudinales o escalonados, mientras que una fuerza ejercida sobre huesos frescos suele producir fracturas helicoidales o curvilíneas, ya que el colágeno está bien preservado (Lovell Reference Lovell, Katzenberg and Saunders2008; Mann y Murphy Reference Mann and Murphy1990). El análisis se orientó a precisar el tipo de fuerza ejercida, su origen y su trayectoria; se diferenciaron las fracturas causadas por fuerzas directas, con un claro sector de impacto, de las derivadas de fuerzas indirectas, que pueden provocar fracturas en otros sectores.
Sexo, Edad, Número Mínimo de Individuos y Completitud Esqueletal
Se identificaron restos de siete individuos de ambos sexos y diferentes edades: un infante, un niño, cuatro adultos jóvenes (20–35 años; uno masculino, uno femenino y dos probablemente femeninos) y un adulto medio femenino (35–50 años). En ningún caso la representación ósea superó el 40%, de manera que se trataría de la inhumación de cuerpos incompletos producto de la acción antrópica (Tabla 1). Los agentes postdepositacionales de origen animal no habrían afectado la estructuración del conjunto, debido a las bajas frecuencias de marcas de carnívoros y roedores identificadas. Esto contrasta con la importante acción de los agentes antrópicos, inferida por la distribución espacial de los restos, identificándose conjuntos óseos en la periferia correspondientes a varios individuos y porciones óseas articuladas y desmembradas en el centro del recinto, lo cual indica una manipulación que no produjo alteraciones visibles en los restos óseos, pero sí en su patrón de distribución (Gonzalez Baroni Reference Gonzalez Baroni2013).
Individuos Identificados y Porcentajes de Completitud Esqueletal.

a F = femenino; M = masculino; In = indeterminado; PF = probablemente femenino.
b N = cantidad de elementos.
Características del Tratamiento Mortuorio
La distribución de los restos indica procesos de remoción, mezcla e inhumación de partes de cuerpos en dos eventos diferentes. En ningún caso se identificaron entierros primarios ni secundarios completos. Se destacan tres agrupaciones esqueletales articuladas y desmembradas. El individuo 1 presenta parte de la columna vertebral (desde la doceava vértebra dorsal) articulada a la cintura pélvica. En el individuo 4, los huesos del miembro inferior derecho están articulados, aunque el fémur está separado del coxal correspondiente, mientras que el fémur izquierdo articula con la pelvis; el cráneo articula con las tres primeras vértebras cervicales, al igual que la mayoría de los huesos del tronco (costillas y vértebras) con la cintura pélvica (Figura 2). Por último, el individuo 3 está segmentado en dos porciones separadas por unos 50 cm. La desarticulación se ubica entre la tercera y la cuarta vértebra lumbar. La porción inferior del esqueleto (cuarta y quinta vértebra lumbar, cintura pélvica y miembros inferiores) se encuentra articulada, en posición de decúbito dorsal y extendida; la superior (resto de la columna vertebral, costillas y cráneo) también se recuperó en posición de decúbito dorsal, pero en dirección opuesta. Asimismo, el cráneo está rotado hacia la izquierda, con los huesos de la cara apoyados en el sedimento. Se considera que la manipulación del cuerpo durante la depositación alteró el eje normal de articulación (Figura 2).
Ubicación espacial de los individuos identificados en EF4: individuo 3 (gris oscuro) e individuo 4 (gris claro).

Las porciones esqueletales desmembradas no presentan marcas de procesamiento producto de la segmentación, lo cual permite proponer que la manipulación se habría producido en un estado de descomposición avanzado (aunque incompleto) de los tejidos blandos. Un caso similar fue registrado por Ratto y colaboradores (Reference Ratto, Aranda and Luna2016) en Los Nacimientos 2 (Hualfín, Catamarca), en el cual un esqueleto en urna, fechado en 842 ± 31 aP (Ratto et al. Reference Ratto, Aranda and Luna2016:159), presenta evidencias de desarticulación intencional de los miembros superiores. Dado que no se detectaron marcas de corte, proponen que los tejidos blandos todavía cumplían su función de sostén articular y que la separación se habría producido por torsión, en una etapa avanzada del proceso de descomposición cadavérica.
Los análisis de sedimento previamente realizados contribuyeron a interpretar las prácticas mortuorias. Las muy bajas proporciones de fósforo, materia orgánica y albúminas indican que gran parte del proceso de descomposición cadavérica se habría producido en otro lugar (Gonzalez Baroni Reference Gonzalez Baroni2013) y que los individuos fueron depositados en un estado avanzado de esqueletización, aunque los tendones y ligamentos aún cumplían su función sostenedora (Bristow et al. Reference Bristow, Simas, Randolph-Quinney, Black and Ferguson2011).
Con respecto a los dos eventos de depositación, el análisis de los registros de excavación, la asociación anatómica y las superposiciones esqueletales permitieron identificar restos de los individuos 1, 2, 5, 6 y 7 en la periferia del recinto, con un porcentaje de representación menor en comparación con los individuos 3 y 4, inhumados en el centro. De todos ellos, los individuos 2, 6 y 7 fueron inhumados en primer lugar, mientras que los restantes corresponden al segundo evento de depositación (Gonzalez Baroni Reference Gonzalez Baroni2013).
Resultados e Interpretación
Patologías Traumáticas Accidentales e Intencionales
Algunos de los indicadores de trauma y violencia identificados remiten a eventos completamente superados, mientras otros indican situaciones de violencia perimortem (Tabla 2). Se relevaron tres lesiones antemortem en los individuos analizados. Dos de ellas se ubican en la epífisis proximal de la tibia izquierda del individuo 6 (probablemente femenino de 19–24 años) y corresponden a una contusión oval de unos 10 mm de diámetro producida por presión que provocó el hundimiento del tejido compacto (Figura 3a) y una anquilosis postraumática en el extremo proximal del peroné y la tibia izquierdos (Figura 3b). La tercera lesión es una reacción perióstica en el tercio medio del peroné izquierdo del individuo 7, de aproximadamente 100 mm de longitud (Figura 3c), probablemente producto de un golpe y posterior inflamación de la zona. Asimismo, se observó una fractura primaria incompleta con pérdida de tejido, probablemente perimortem, en el sector superior posterior de la cresta ilíaca izquierda del individuo 2 (de 10–12 años). Tiene una longitud de 39 mm y presenta un sector con desprendimiento óseo y depresión del hueso cortical en la cara anterior (Figura Suplementaria 2). Se identificaron múltiples traumas perimortem en los cráneos de tres adultos y un subadulto (Tabla 2), los cuales merecen una descripción detallada para determinar los patrones de fractura, la dirección de los golpes efectuados y en algunos casos, el tipo de arma utilizado.
Indicadores de Trauma Identificados en la Muestra.

a Ind. = individuo.
b F = femenino; M = masculino; In = indeterminado
c P = perimortem; PP = posiblemente perimortem; A = antemortem.
Traumas antemortem en los individuos 6 y 7: (a) hundimiento con remodelación en epífisis proximal de tibia izquierda; (b) anquilosis postraumática en epífisis proximales de tibia y peroné izquierdos; (c) reacción perióstica en diáfisis de peroné izquierdo.

Individuo 1
Se trata de una mujer de 35–39 años con numerosas lesiones perimortem en el cráneo (Figura 4 y Figura Suplementaria 3), dos de ellas en el parietal izquierdo. La primera (L1) se ubica sobre la sutura sagital; tiene forma oval, un largo de 22,3 mm y un ancho de 6,1 mm. El golpe hundió la tabla externa aproximadamente 1,5 mm, sin atravesar completamente el diploe. Un segundo impacto (L2) se distingue en la parte central del parietal izquierdo, próximo a la sutura sagital. Ambos golpes produjeron la pérdida de gran parte de ese hueso y de la base del cráneo, así como del occipital y el temporal (Figura 4 y Figura Suplementaria 3a). Fueron ocasionadas por golpes con objetos contundentes y su ubicación sugiere una posición relativa inferior de la víctima respecto de la del agresor. En L2 se inicia una extensa fractura sin pérdida de tejido (L3), de 156,9 mm de longitud, que afecta la zona medial del parietal izquierdo, continúa por el centro del frontal, avanza por la sutura nasomaxilar derecha y termina en el sector medial del maxilar derecho. La porción más cercana a L2 presenta un patrón suave y curvilíneo, mientras que el resto tiene bordes irregulares y angulares, lo cual indica que la lesión perimortem habría afectado solo el sector posterior de la fractura, mientras el resto se habría producido como consecuencia de agentes posdepositacionales.
Lesiones en el cráneo del individuo 1: (a) vista frontal; (b) vista sagital.

Otras dos lesiones se localizan en la cara. L4 es una fractura transversal en el sector distal del hueso nasal, probablemente producto de otro golpe que contribuyó a la pérdida de la mitad izquierda del esplacnocráneo (Figura 4 y Figura Suplementaria 3a). En el sector superior del arco orbital derecho se identificaron dos fracturas horizontales (L5), posiblemente producto de un mismo golpe: una en el sector lateral, con un punto de impacto lineal, y la otra sobre el borde medial, con pérdida de tejido (Figura 4 y Figura Suplementaria 3a). Considerando la extensión, morfología curvilínea y falta de regeneración ósea, habrían sido la causa de muerte del individuo. Asimismo, según los sectores en los cuales cada fractura finaliza, L1 y L2 se habrían producido primero y L3 sería un derivado de L2; L4 y L5 habrían sido generadas en una segunda instancia.
Individuo 3
Este individuo masculino de 19–24 años presenta 10 lesiones en el cráneo; dos son cortes pseudocirculares tangenciales al hueso (scalps) que afectaron exclusivamente al cortical (L1 y L2; Figura 5a y Figura Suplementaria 4). El primero está situado en la parte superior del arco supraorbital derecho y tiene un diámetro máximo de 18,3 mm. El segundo se localiza en el sector posterior del parietal izquierdo y su diámetro máximo es de 18,0 mm. En la parte posterior del cráneo se observan dos fracturas en el occipital (L3) y el parietal izquierdo (L4; Figura 5a), provocadas por la acción de un objeto contundente. Presentan bordes curvilíneos y produjeron pérdida masiva y hundimiento del tejido. El área afectada es de 124,1 por 90,5 mm. Dos golpes consecutivos habrían causado estas fracturas, uno en la zona inferior del occipital, con dirección oblicua y de abajo hacia arriba (L3), y el otro cerca de la sutura sagital, con desprendimiento de la caja craneal en la zona del parietal (L4). En la base del cráneo se observa una fractura incompleta de 28,1 mm, sin pérdida ósea, sobre el cóndilo occipital derecho (L5), posiblemente generada por el impacto de L3. Según la localización de estas lesiones, el individuo habría sido atacado por detrás y posiblemente estaba ubicado en una posición inferior a la del agresor, aunque una caída violenta hacia atrás contra algún objeto duro (e.g., una roca) no puede descartarse.
Lesiones perimortem en los individuos 3 y 4. Individuo 3: (a) scalp (L2) y lesiones por golpe en occipital y parietal izquierdos (L3 y L4); (b) fractura rectangular en el temporal derecho (L6); (c) fractura en la cara interna del cuerpo mandibular (L7). Individuo 4: (d) corte en el parietal derecho (L1 a L5 y L15); (e) corte en el sector lateral izquierdo (L6 a L10 y L13); (f) corte en el occipital (L11 a L13 y L15).

En la porción posterior inferior del temporal derecho se relevó una fractura rectangular con pérdida y hundimiento del tejido (L6). Su eje máximo mide 56,4 mm y afecta parte del conducto auditivo, parcialmente desprendido (Figura 5b). El golpe fue provocado de costado en la rama ascendente y el temporal, produciendo la pérdida del cóndilo mandibular, la apófisis cigomática, la articulación temporomandibular y parte del temporal. En la zona ocular se registraron tres lesiones adicionales. L8 es una fractura completa que afecta ambas órbitas y que provocó la pérdida de los arcos cigomáticos, ambos malares y el esplacnocráneo. L9 es un punto de impacto producido desde adelante por un elemento contundente en la glabela; generó una fractura curvilínea que contribuyó a la pérdida de parte de ambas órbitas y de las regiones nasal y maxilar. La zona afectada tiene una extensión de 55 mm de largo y 101 mm de ancho (L9). En el borde superior de la órbita derecha se observa un trauma inciso-contuso de forma redondeada e irregular, con pérdida ósea; su diámetro máximo es de 10 mm y posiblemente fue producido por un objeto punzante que impactó frontalmente en el hueso (L10).
Por último, se identificó una fractura completa sin pérdida de tejido y con bordes curvilíneos en la hemimandíbula derecha. En la cara externa presenta una orientación vertical; en la interna, un recorrido en forma de V, característico de las lesiones por trauma agudo con impacto lateral (L7; Figura 5c). Esta fractura y L6 serían consecuencia directa del mismo impacto.
Ninguna de estas lesiones muestra signos de remodelación, lo cual, sumado a su ubicación y características, sugiere que habrían provocado la muerte del individuo. Resulta difícil inferir el orden de las agresiones; algunas fueron efectuadas por detrás (en la zona posterior de la bóveda) y otras por delante (en el sector facial), mientras que un golpe fue producido desde el costado derecho.
Individuo 4
Se relevaron 17 lesiones en el cráneo de este individuo femenino de 19–24 años (Figura 5d–f y Figura Suplementaria 5), la mayoría ocasionadas por corte y solo dos por golpes, con hundimiento de la tabla externa. Las lesiones por corte son incompletas, sin pérdida de tejido y fueron producidas por incisiones perpendiculares al hueso. Cuatro están localizadas en la parte posterior del parietal derecho y presentan una orientación vertical (Figura 5d). L1 presenta una inclinación leve y una longitud de 35,4 mm; el arma utilizada removió parte del tejido. L2 es un corte de 21,6 mm que penetró la tabla externa, produjo un desprendimiento parcial y dejó expuesta parte del diploe. La longitud de L3 y L4 es de aproximadamente 29 mm, con un bisel similar. En la parte posterior del temporal derecho, sobre la apófisis mastoides, se identificó otra lesión vertical por corte (L5), que desprendió parte de la tabla externa. La longitud es de 28,6 mm, con una profundidad mayor que las anteriores; generó una fisura que llega hasta el interior del conducto auditivo.
En el sector izquierdo del cráneo se observó una fractura incompleta alargada (L6), con una longitud de 72,8 mm, que afectó al parietal y al temporal, provocando la pérdida de parte del sector, posiblemente relacionada con una acción de palanca ejercida al retirar el arma. El ala mayor del esfenoides presenta dos cortes lineales horizontales cortos (L7: 13,7 mm; L8: 10,0 mm) con pérdida de tejido. En esa zona se encuentra otra lesión por corte (L9), sin pérdida ósea, de 15,0 mm de longitud, que afecta el arco supraorbital en forma diagonal. A su vez, en el malar izquierdo se registró una lesión de 18,0 mm (L10) que provocó la pérdida de parte del arco cigomático (Figura 5e).
En el occipital se identificaron tres traumas, dos en la parte superior izquierda (L11 y L12; Figura 5f). Son dos cortes que se intersectan en la sutura lambdoidea izquierda y provocaron el desprendimiento de una porción triangular de hueso. Uno, con orientación horizontal, se ubica sobre esa sutura y mide 34,7 mm (L11); el otro tiene una longitud de 40,05 mm e involucra parte del parietal izquierdo (L12). En los extremos laterales derechos de ambas lesiones se observa una morfología semicircular, lo que permite considerar que fueron producidas por una misma arma de corte que presentaba un borde irregular. La tercera lesión se ubica en la parte inferior izquierda del occipital (L13) y atraviesa la sutura lambdoidea izquierda, afectando una pequeña porción del parietal. Su longitud es de 27,6 mm y produjo un corte profundo que atraviesa la tabla interna del hueso en la zona central del impacto (Figura 5e–f).
A la altura del borde superior de la órbita derecha, otra lesión completa (L14) por corte, que continúa en el sector nasal, provocó la pérdida de parte de los huesos de la cara (malar y apófisis cigomática derechos; parte de la órbita derecha, del malar izquierdo y de la región nasal; cuerpo del maxilar izquierdo y parte del derecho). Las lesiones por corte relevadas en este individuo son similares a las descriptas por Etxeberria y colaboradores (Reference Etxeberria, Herrasti and Bandres2005) y Patriks (Reference Patriks2006), las cuales fueron provocadas por un objeto filoso metálico, sin evidencias de trituración y con bordes suaves.
Con respecto a las lesiones por golpe, que provocaron fracturas con hundimiento del cortical, L15 se localiza en la porción superior derecha del occipital, afecta la sutura lambdoidea y tiene una forma oval de 22,4 mm de diámetro (Figura 5d y f), mientras que L16 se ubica en la parte superior del frontal, tiene una morfología similar y su diámetro es de 13,0 mm. Ambas son similares a las atribuidas por Rodríguez Cuenca (Reference Rodríguez Cuenca2006) a la acción de objetos contundentes. Por último, en el sector anterior derecho del cuerpo mandibular se observa un trauma irregular de 28,2 mm de longitud (L17), con algunos bordes curvilíneos. Probablemente corresponda a una fractura perimortem, aunque parte del borde es sinuoso e irregular, lo cual puede atribuirse a fracturas de hueso seco (Botella et al. Reference Botella, Alemán and Jiménez2000). Dado que las demás lesiones de este individuo carecen de remodelación ósea, varias de ellas (L6, L11, L12 y L14) habrían producido la muerte.
Individuo 5
Este individuo, menor a 2 años, presenta una lesión traumática perimortem en un parietal, provocada por un objeto puntiagudo. Es un trauma inciso-contuso de 20 mm de diámetro con un punto de impacto redondeado desde el cual se irradian cinco fracturas secundarias (Figura 6) y que produjo además pérdida ósea en parte de la zona afectada.
Trauma en un parietal del individuo 5.

Discusión y Conclusiones
El caso de estudio presentado se apoya en el análisis del contexto, los estudios sedimentológicos, la distribución de los restos y la aproximación bioarqueológica. Se identificaron numerosos indicadores traumáticos que remiten a actitudes intensas de violencia perimortem. Al menos cuatro individuos fallecieron a consecuencia de los traumas infringidos. Los dos eventos de inhumación permiten considerar más de un episodio violento dentro de un lapso relativamente corto de tiempo. A su vez, dado que los individuos muertos violentamente son de ambos sexos y uno es inmaduro, se infiere que no hubo preferencias de ataque a un segmento del grupo, sino que se trató de un acto de eliminación de una parte de la población, posteriormente inhumada siguiendo patrones mortuorios diferentes a los documentados para la zona. Es posible concebir la violencia sin distinción de sexo y edad en un contexto de tensión a pequeña escala, quizás a nivel familiar o intergrupal. La violencia ajena a la guerra puede incluir abuso dentro del hogar (violencia doméstica) y tensión intracomunitaria, mientras que, a mayores escalas, la agresión suele manifestarse sin distinción de sexo y edad o en un segmento acotado del grupo social y está asociada a armamentos, arquitectura y equipos defensivos (e.g., Arkush y Tung Reference Arkush and Tung2013; Tung Reference Tung2012).
Respecto de los objetos utilizados para infligir las heridas, dos lesiones del cráneo del individuo 3 se corresponden en tamaño y forma a la parte basal (pasiva) del hacha lítica recuperada en EF4 (Figura 7). Asimismo, las lesiones contundentes identificadas en la órbita derecha de este individuo y en un parietal del individuo 5 pueden haber sido producidas por un objeto punzante, mientras que los traumas por corte registrados en los cráneos de los individuos 3 y 4 fueron producidos por objetos con filo. Las huellas producidas por la acción de hojas metálicas presentan patrones característicos (Patriks Reference Patriks2006), con surcos profundos en V o U, bordes suaves y uniformes, sin estriaciones o con estriaciones uniformes y marcas de tipo scalps. Varias de las lesiones identificadas presentan estas características, particularmente en el individuo 4.
Correspondencia entre la morfología del hacha lítica y las lesiones perimortem en el parietal izquierdo (a) y en el temporal derecho (b) del individuo 3.

Si bien en EF4 y en otros sitios de la localidad no se hallaron hojas de metal, hay evidencias en sitios de valles aledaños para cronologías similares (ca. 1.340 años aP). En Piedras Blancas (Valle de Ambato) se recuperó un fragmento de hoja de morfología similar a las hachas T estudiadas por González (Reference González1975). En el mismo valle, en Iglesia de los Indios y La Rinconada (Gordillo y Buonno Reference Gordillo, Buono and Pérez2007) se hallaron hachas y placas-cuchillos en un entierro de camélido y recintos domésticos.
Los datos obtenidos permiten discernir situaciones de violencia interpersonal para las sociedades agropastoriles del primer milenio dC. Las formas de depositación (principalmente en los individuos 3 y 4, cuyos rostros estaban apoyados contra el sedimento), hasta ahora no documentadas en otros contextos funerarios de ANS, indicarían actitudes de apuro en el acto mortuorio, lo cual, sumado a las evidencias directas de traumas perimortem, permiten reconstruir el escenario que vincula el deceso violento con el tratamiento mortuorio. La disposición de los individuos 3 y 4 denotaría una inhumación poco cuidada por su carácter urgente y traumático; quizás los cuerpos fueron abandonados en superficie durante un período corto, como se ha documentado en casos de muertes de enemigos en emboscadas, asesinatos en masa y exposición intencional a los carroñeros (Verano Reference Verano, Chacón and Mendoza2007). Además, si los esqueletos no se descompusieron in situ, es posible plantear que los cuerpos fueron trasladados desde otro lugar a EF4, estructura acondicionada mediante la clausura de la puerta, la incorporación de restos culturales, la aplicación de un sello de arcilla y la colocación de piedras como evento de cierre, actitudes que demuestran una relevancia simbólica del acto y un importante trabajo invertido en la preparación de espacio de inhumación. Se trataría de una manera inusual de entierro que combina una depositación rápida pero socialmente relevante y no de una fosa definida por la ausencia de un ritual de inhumación y el amontonamiento descuidado de los cuerpos (Osgood Reference Osgood2005).
Todo ello contribuye a sostener que las prácticas sociales de traslado e inhumación de partes de cuerpos, identificadas en otros contextos (Aschero Reference Aschero, Nielsen, Rivolta, Seldes, Vázquez and Mercolli2007; Babot et al. Reference Babot, Gonzalez Baroni, Urquiza, Aguirre, Colaneri, Hocsman and Haros2009; Martínez Reference Martínez and Pintar2014), fueron un aspecto usual de la dinámica social, independientemente de la forma (violenta o natural) de muerte de los individuos. Ya mencionadas en los antecedentes, las evidencias arqueológicas de entierros secundarios tienen una notable antigüedad en la Puna, aunque el caso aquí analizado es el único que da cuenta de un entierro de ese tipo con señales de trauma intencional. Estos antecedentes y las evidencias del caso abordado indican que el culto a los ancestros (Nielsen Reference Nielsen2007) se produjo y reprodujo en circunstancias diversas. El proceso se enmarca en una actitud de relación íntima entre los vivos y los muertos, los cuales interactuaron en la vida cotidiana de manera fluida y constante, como está documentado en sociedades andinas contemporáneas y del pasado (Aschero Reference Aschero, Nielsen, Rivolta, Seldes, Vázquez and Mercolli2007; Nielsen Reference Nielsen2007).
Es factible realizar una aproximación inicial acerca de los motivos de la violencia interpersonal en las sociedades prehispánicas a partir de la evidencia arqueológica. Para las poblaciones agropastoriles de la segunda mitad del primer milenio dC en ANS, se destacan sitios con arte rupestre como Curuto 5 y Peñas Chicas 3, que contienen escenas de posibles enfrentamientos interpersonales y conflicto (Aschero Reference Aschero, Berenguer and Gallardo1999; Martel Reference Martel2005, Reference Martel, Fiore and Podestá2006), denotando tensiones sociales probablemente relacionadas con el control en el manejo del agua (Martel Reference Martel2010). En este contexto, interpretar a los actores del pasado como seres pasivos que solo aplican la violencia signados por conductas rituales resulta una manera simplista e idealizada de concebir las respuestas emocionales ante circunstancias de descontento o tensión interpersonal e intergrupal. Más allá de la conocida existencia de situaciones de violencia ritual (Nielsen Reference Nielsen2007), existe un abanico de posibilidades que deben considerarse para dinamizar los esquemas de justificación cuando se abordan las conductas agresivas en el pasado, de manera de evitar distorsionar el conocimiento generado por las preconcepciones subjetivas impuestas desde el presente. Actualmente, las corrientes teóricas que tratan este tema están divididas entre aquellas que suavizan la intencionalidad de la violencia considerándola como ritual (Benson y Cook Reference Benson and Cook2001), las que la conciben como una herramienta más para la negociación de los conflictos sociales (Tantalean y Gonzáles Panta Reference Tantaleán, Panta, Mazz and Berón2012; Verano Reference Verano, Chacón and Mendoza2007) y las que evitan la dicotomía entre lo secular y lo ritual por considerar que todo conflicto tiene un componente ritual inherente (Nielsen Reference Nielsen2015). También es escaso el consenso sobre cuán frecuentes fueron las situaciones de violencia, su escala, su grado de ritualización y sus niveles de destrucción (Arkush y Stanish Reference Arkush and Stanish2005), así como sobre el concepto de “guerra”, el cual para algunos no es directamente aplicable en el marco de la cosmovisión andina (Topic y Topic Reference Topic, Topic, Gabai and Espinoza1997), mientras otros consideran que estuvo presente en contextos precoloniales y fue un promotor del cambio social (Nielsen Reference Nielsen2015; Nielsen y Walker Reference Nielsen, Walker, Nielsen and Walker2009).
Entre los antecedentes de violencia extrema en el área andina central y meridional se destacan las investigaciones de Kurin (Reference Kurin2012) en Andahuaylas, Perú, quien considera que el colapso imperial Wari (ca. 600–1000 dC) provocó un aumento en la tensión social entre las poblaciones postimperiales. La excesiva violencia perimortem evidenciada en cráneos modificados culturalmente de las comunidades Chanka posimperiales (ca. 1000–1400 dC) sugiere que esos individuos fueron seleccionados para ejercer sobre ellos una fuerza física especialmente destructiva. En contraste, los individuos sin deformación craneal sufrieron pocos eventos traumáticos intencionales. Según la autora, este tipo de violencia, de contenido altamente simbólico, busca aumentar el sufrimiento de la víctima y promover el deterioro de la propia identidad. Este modus operandi fue y es un método usual en las sierras peruanas: las crónicas de Betanzos mencionan la utilización de piedras para aplastar cabezas, procedimiento también registrado en el accionar de la organización terrorista Sendero Luminoso (Kurin Reference Kurin2012).
Señales de violencia extrema también fueron registradas después del colapso del imperio Huari en Monqachayoq, durante el periodo Intermedio tardío. Los reiterados golpes efectuados con objetos contundentes en gran cantidad de cráneos no distinguen sexo ni edad, lo que sugiere que los individuos sufrieron ataques indiscriminados (Tung Reference Tung2007a). Uno de los traumas registrados en el frontal de un individuo masculino (Tung Reference Tung2007a:111) presenta un patrón de fractura similar al del individuo 3, golpeado con la parte basal de un hacha de piedra. Los estudios efectuados por Tung (Reference Tung2007b) en los sitios peruanos de Conchopata, Beringa y La Real atribuyen la alta frecuencia de traumas a guerras, redadas y luchas rituales. Los esqueletos de Conchopata no muestran lesiones anteriores ni fracturas del antebrazo en actitud defensiva (parry fractures), esperables para individuos en situaciones de guerra, por lo que probablemente no participaron de combates físicos directos. En Beringa, las lesiones letales en parietales y occipitales, junto con las fracturas del antebrazo identificadas en ambos sexos y en diferentes edades, indican una actitud de defensa en enfrentamientos cara a cara que sugiere violencia física efectuada durante redadas a cualquier individuo del grupo. Por el contrario, en La Real, la ausencia de fracturas defensivas y la concentración de lesiones en el sector anterior de los cráneos masculinos son atribuidas a luchas rituales. Estas heridas son frecuentemente no letales porque el objetivo es herir, pero no matar, como medio para expresar y resolver conflictos (Tung Reference Tung2007b). En el caso bajo estudio no se registraron fracturas que indiquen una actitud de defensa, aunque sí se relevaron múltiples lesiones en el sector lateral y posterior de los cráneos, localización característica de emboscada o redadas (Tung Reference Tung2007b). Así, el carácter letal de las lesiones no permite asociarlas a batallas rituales.
En San Pedro de Atacama (norte de Chile), Torres-Rouff y Costa Junqueira (Reference Torres-Rouff and Junqueira2006) observaron variaciones durante el tiempo en las frecuencias de trauma. En el horizonte Temprano, son relativamente bajos en Toconao Oriente, con porcentajes mayores en las mujeres. Durante el horizonte Medio, en Solcor 3 no se registran diferencias estadísticamente significativas entre sexos, aunque la cantidad de lesiones es mayor entre los individuos masculinos, con fracturas craneales deprimidas y lesiones nasales. Asimismo, las frecuencias de traumas remodelados son mayores que en el periodo anterior. Para el Intermedio tardío, los cementerios de Coyo 3, Yaye 42 y Quitor 6 indican un aumento en las frecuencias de lesiones traumáticas múltiples por enfrentamientos cara a cara, la mayoría cicatrizadas, similares entre sexos. Hacia el final de ese periodo, la muestra de Catarpe presenta una marcada disminución de las lesiones, solo presentes entre los hombres y sin registros de traumas múltiples, lo cual coincide con el mejoramiento de las condiciones ambientales en los oasis. Las interpretaciones sugieren que las situaciones de violencia fluctuaron en relación a la disponibilidad de los recursos y a los procesos de tensión social. Asimismo, las lesiones no letales, de pequeño tamaño y cicatrizadas, indican situaciones de violencia ritual (Torres-Rouff y Costa Junqueira Reference Torres-Rouff and Junqueira2006), también propuesto por Standen y Arriaza (Reference Standen and Arriaza2000) para la cultura Chinchorro.
Es destacable la alta letalidad de las lesiones contundentes en la parte posterior del cráneo del individuo 3, que afecta también la zona del foramen magnum y que es similar a los múltiples traumatismos contusos perimortem registrados por Kurin (Reference Kurin2012) en los cráneos con deformación craneana de Chanka. De acuerdo a la autora, “if individuals are on their knees with their head bowed, the base of the skull is exposed and vulnerable to blunt force trauma. Several strikes to the base of the skull by a standing assailant would lead to a ring fracture” (Kurin Reference Kurin2012:201). En consecuencia, se considera que los traumas registrados no deben ser interpretados en un contexto de violencia ritual. Debido a la ausencia de fracturas defensivas, se sugiere que algunos de los individuos inhumados pudieron haber sido inmovilizados.
Para finalizar, se destacan tres aspectos del contexto funerario (Lull et al. Reference Lull, Pérez, Herrada and Risch2006). Por un lado, se cuenta con indicios de los medios de violencia, evidenciados por el hacha hallada en el contexto de entierro y utilizada para matar al individuo 3. Por otro lado, considerando el espacio de violencia, en EF4 hay ciertos indicadores que presenta la tumba relacionados con las condiciones de muerte—específicamente, la disposición con el rostro hacia el suelo de los individuos 3 y 4 (Figura 2 y Figura Suplementaria 1) que sugiere una inhumación apresurada y las señales de traumas perimortem que presentan los esqueletos. El escenario de depositación de estos dos individuos está estrechamente relacionado con el evento de violencia al cual fueron sometidos, lo que contribuyó a configurar las condiciones finales de entierro. De todas formas, esta situación no implica un descuido en el acondicionamiento de la tumba y en la colocación de acompañamiento mortuorio, lo cual denota una relevancia social de las personas inhumadas. Finalmente, los sujetos de violencia, representados en las evidencias de traumatismos perimortem, sitúan este hallazgo como un caso de violencia interpersonal extrema, directa e intencional.
Las situaciones de tensión social pueden ser generadas en distintas escalas y por motivos diversos, de manera que el contexto específico en el cual se desarrolló la acción violenta es difícil de desentrañar desde la bioarqueología, sobre todo cuando no se cuenta con antecedentes directos. En este caso solo es posible esbozar algunas hipótesis, las cuales se alejan de interpretaciones referidas a la violencia ritual. La presencia de numerosos traumas perimortem en un mismo cráneo podría enmarcarse de una manifestación de ira que produjo actitudes negativas y violentas hacia otras personas (Berkowitz y Harmon-Jones Reference Berkowitz and Harmon-Jones2004). Debido al reducido número de individuos involucrados, es probable que este evento de muerte se haya desarrollado en un nivel intragrupal, quizás dentro del ámbito doméstico. Por otra parte, teniendo en cuenta las características de las sociedades agropastoriles del área, los grupos humanos del primer milenio de la era sufrieron profundas transformaciones a nivel ambiental, social y simbólico, entre las que se destacan cambios en los patrones de ocupación del espacio (mayor permanencia), intensificación de las estrategias de subsistencia agrícolas y pastoriles, eventos de sequía con circunscripción de lugares específicos para el abastecimiento de recursos (Babot et al. Reference Babot, Aschero, Hocsman, Haros, Baroni and Urquiza2006; Escola et al. Reference Escola, Hocsman and Babot2013; Grana et al. Reference Grana, Tchilinguirian, Olivera, Laprida and Maidana2016; Martel Reference Martel, Fiore and Podestá2006) y proliferación de los marcadores de tensión social indirectos en las representaciones rupestres (luchas o enfrentamientos y armas). Cualquiera de estas situaciones podría haber desencadenado eventos de violencia a pequeña escala como una forma de solucionar conflictos, promover cambios en las relaciones intergrupales, legitimar los roles sociales o controlar espacios territoriales (Aschero et al. Reference Aschero, Martel, Campeny, Fiore and Podestá2006; Martel Reference Martel, Fiore and Podestá2006). Para poder realizar más precisiones al respecto, resulta imprescindible obtener mayor información bioarqueológica y de otras líneas de evidencia que permita generar interpretaciones más precisas.
Agradecimientos
A la familia Morales por permitirnos investigar en Punta de la Peña. A Carlos Aschero y Pilar Babot, quienes dirigieron los trabajos de campo, y a los alumnos que colaboraron. A Pilar Babot y a los evaluadores, cuyos comentarios mejoraron la calidad del trabajo. Financiaron esta investigación los proyectos PIP-CONICET 464 y 577577 y PIUNT 26/G503, dirigidos por C. Aschero y P. Babot, y una beca CONICET.
Declaración de Disponibilidad de Datos
Los materiales se encuentran disponibles en el Instituto de Arqueología y Museo, Universidad Nacional de Tucumán.
Materiales Suplementarios
Para acceder a los materiales suplementarios que acompañan este artículo visitar https://doi.org/10.1017/laq.2019.41.
Figura Suplementaria 1. Restos superpuestos y desmembrados durante el proceso de excavación de EF4.
Figura Suplementaria 2. Lesión traumática posiblemente perimortem en la cresta ilíaca del individuo 2.
Figura Suplementaria 3. Croquis de las lesiones perimortem del individuo 1.
Figura Suplementaria 4. Croquis de las lesiones perimortem del individuo 3.
Figura Suplementaria 5. Croquis de las lesiones perimortem del individuo 4.







