1. Introducción. La historia intelectual de la RBU
La preocupación por el pasado de la propuesta de Renta Básica Universal (RBU)—la idea de que es deseable y posible garantizar un ingreso a toda la población de un país de forma incondicional, universal e individual—ha estado presente desde el inicio de la literatura que dio origen a su discusión contemporánea. Sin embargo, en la construcción de esa historia, América Latina ha aparecido solo de manera secundaria y centrada en el período de finales de la década de 1990 e inicio de los 2000. En ese contexto, la idea de la RBU parecería llegar como parte de las discusiones y críticas ante las limitaciones de las políticas de transferencias condicionadas y focalizadas—especialmente en México y Brasil—y del papel preponderante en los debates de instituciones como el Banco Mundial (BM), la Organización Internacional del Trabajo (OIT) o el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Este artículo sostiene que México posee, en realidad, un capítulo propio y anterior en dicha historia, hasta ahora inadvertido, que se inicia con la propuesta de Gabriel Zaid publicada en 1973 en la revista Plural bajo la consigna de “repartir en efectivo”. Durante este período, el lenguaje y las controversias en torno al desarrollo en América Latina fueron producidos en gran medida de manera regional, especialmente bajo el liderazgo de la CEPAL y redes intelectuales afines, estableciendo problemáticas y debates que posteriormente circularon en foros internacionales.Footnote 1 La hipótesis sobre la emergencia de este episodio mexicano específico en la historia de la RBU articula el desarrollo del presente trabajo.
La narrativa canónica de estos antecedentes históricos, bien establecida en la literatura especializada sobre RBU, pone sus orígenes en algunos pasajes de Utopía (1516) de Tomás Moro y De Subventione Pauperum (1526) de Juan Luis Vives. Posteriormente, transita por la reforma de las Poor Laws británicas conocida como Speenhamland a finales del siglo XVIII y la propuesta del “derecho a la vida” (1796–1835), junto con las contribuciones de Thomas Paine y Thomas Spence (1797). Durante el siglo XIX incorpora las ideas de Charles Fourier (1829), para densificarse en el XX con el State Bonus de E. Mabel y Dennis Milner (Reference Milner and Milner1918) y el Social Dividend propuesto por Lerner (Reference Lerner1936) y Meade (Reference Meade1936). A partir de este punto, el foco narrativo se desplaza hacia Estados Unidos en el contexto de la war on poverty de Lyndon B. Johnson, cristalizando en la propuesta del Negative Income Tax de Milton Friedman en Capitalism and Freedom (1963) y el Guaranteed Income de Robert Theobald (Reference Theobald1963). El posterior desarrollo de los sistemas de rentas mínimas en los Estados de bienestar europeos, tras los procesos de desindustrialización, junto con las discusiones sobre un mundo post-trabajo de los años setenta, generaron el contexto propicio para el establecimiento de su formulación contemporánea como Renta Básica Universal/Universal Basic Income.
Esta secuencia de hitos constituye los antecedentes principales de la discusión actual sobre la RBU. Se trata, en definitiva, de una narrativa euro-estadounidense donde el resto del mundo aparece como subsidiario de los efectos de la globalización y el final de la guerra fría. América Latina ingresa al canon habitualmente a través de las discusiones sobre Progresa/Oportunidades (1997/2002) y Bolsa Família (2003) (Van Parijs and Vanderborght, Reference Van Parijs and Vanderborght2017, pp. 96–97). La propia evolución de la red internacional de apoyo al UBI—de Basic Income European Network (1986–2004) a Basic Income Earth Network (2004-presente)—evidencia también este recorrido centrífugo.
Las obras más recientes—Universal Basic Income in Historical Perspective (Sloman et al., Reference Sloman, Zamora and Ramos Pinto2021) y Welfare for Markets. A Global History of Basic Income (Jäger and Zamora Vargas, Reference Jäger and Zamora Vargas2023)—amplían con razón el ángulo “global”, pero lo hacen sobre todo a través de las redes y agendas de los organismos internacionales de desarrollo (OIT, Banco Mundial, FMI), que funcionan como vectores privilegiados de circulación. En Welfare for Markets, el capítulo 5 abre con Sudáfrica en los noventa—la llegada de Guy Standing (OIT) y su interlocución con el gobierno de Nelson Mandela—como puerta de entrada a un recorrido por el África austral, mientras que en Universal Basic Income in Historical Perspective el análisis de Samuel Moyn sitúa el “descubrimiento” de la pobreza global en los años setenta como producto del giro hacia la estrategia de basic needs, impulsada por el Banco Mundial de Robert McNamara y la OIT, en oposición al proyecto más igualitarista del New International Economic Order. En ambos casos, la globalización de la RBU se construye a través de la lente institucional: ya sea mediante la “cash transfer revolution” latinoamericana auspiciada por BM y FMI, o mediante el lenguaje de suficiencia mínima que sustituyó a los reclamos estructurales del Sur Global. Este encuadre visibiliza el papel de las organizaciones internacionales, pero tiende a invisibilizar genealogías previas no mediadas por esas redes. Desde esta perspectiva, la propuesta mexicana de Gabriel Zaid (“Repartir en efectivo”, 1973)—gestada en el ciclo crítico del desarrollismo y las controversias en torno a CEPAL, la dependencia y la “heterogeneidad estructural”—permite ensanchar la cartografía de orígenes al mostrar una formulación temprana del núcleo semasiológico de la RBU surgida desde matrices de debate latinoamericanas y no a través de OIT/BM/FMI.
2. Enfoques metodológicos
Antes de abordar el caso mexicano, conviene explicitar algunos presupuestos teórico-metodológicos que subyacen a estas narrativas historiográficas. En la introducción a The Origins of Universal Grants (Cunliffe and Erreygers, Reference Cunliffe and Erreygers2004) se identifica un problema fundamental de toda historia intelectual de la RBU: la imposibilidad de construir una genealogía lineal y plenamente interconectada de propuestas y autores. Esta historia se compone, más bien, de episodios discontinuos en contextos diversos a lo largo de al menos dos siglos (Cunliffe and Erreygers, Reference Cunliffe and Erreygers2004, p. xiii).
Por esta razón, el “texto en su contexto”—esto es, la manera en que las ideas adquieren sentido en un momento y lugar específicos—se convierte en el verdadero objeto de análisis, distanciándose de narrativas teleológicas de desarrollo o procesos de maduración y perfeccionamiento conceptual. En consecuencia, la estructura del presente artículo sigue un movimiento de contextualización descendente: partir de los lenguajes y debates latinoamericanos—particularmente los cepalinos y las críticas al desarrollismo—, transitar hacia su expresión específica en el México de finales del “desarrollo estabilizador”, para finalmente examinar la especificidad de la propuesta de Gabriel Zaid de “repartir en efectivo”.
Esta dificultad metodológica cosustancial a la historiografía sobre la RBU ha llevado a adoptar estrategias metodológicas diversas. Sloman (Reference Sloman2019), por ejemplo, para el caso británico, aborda el problema ampliando el objeto de estudio a las políticas de transferencias de ingresos en general, utilizando la RBU como tipo ideal de contraste para mostrar en qué medida distintas propuestas se aproximan o distancian de esta idea. Sloman et al. (Reference Sloman, Zamora and Ramos Pinto2021) parten también en su análisis del cuestionamiento de las historias teleológicas y mitológicas—en el sentido que les otorga el historiador Quentin Skinner (Reference Skinner1969)—y reivindican la necesidad de situar los textos analizados en sus lenguajes y audiencias específicos. Jäger and Zamora Vargas (Reference Jäger and Zamora Vargas2023) llevan esta intuición a su expresión más desarrollada al localizar el objeto de estudio no tanto en “la RBU” como categoría abstracta, sino en la preferencia por el dinero frente a las prestaciones en especie en las políticas sociales. Con sus particularidades, y como se verá, es precisamente en este marco donde resulta posible situar de manera clara la propuesta de Gabriel Zaid.
Situada en esta literatura, la pregunta fundamental del presente trabajo consiste en comprender qué significó exactamente “repartir en efectivo” en el contexto específico de 1973 en México. En primer lugar, establezco la distinción entre un enfoque onomasiológico—el seguimiento del sintagma “Renta Básica Universal”—y otro semasiológico—la indagación del sentido asociado a la RBU como transferencia universal, incondicional e individual—. Mi objetivo es semasiológico, es decir, mostrar de qué manera ese sentido se expresa en el México de los años setenta a través de los escritos de Gabriel Zaid. En segundo lugar, adopto la noción skinneriana de intenciones para interpretar los artículos de Zaid como actos de habla: no solamente qué dicen, sino qué hacen, a quién interpelan y contra qué polemizan, evitando así anacronismos y la denominada “mitología de las doctrinas”—forma de reconstrucción histórica que analiza las ideas únicamente en función de si contribuyen o anticipan las ideas de una doctrina determinada—. Por último, recurro al análisis comparativo, pero desde una perspectiva de análisis semántico de los diferentes estratos de sentidos, atendiendo al contexto específico de cada momento y lugar y a sus particularidades diferenciales.
Para realizar esto último, propongo de manera sintética un esquema de tres estratos de sentidos asociados a la historia de la RBU—siguiendo, en líneas generales, la presentación más reciente de Jäger and Zamora Vargas (Reference Jäger and Zamora Vargas2023)—que permite ordenar los episodios y contextos por los que ha transitado la historia intelectual de la RBU.Footnote 2
El primer estrato gira en torno a la propiedad común y los lenguajes del socialismo agrario: allí se inscriben los textos de Thomas Paine y Thomas Spence del último cuarto del siglo XVIII—desarrollados entre Inglaterra y Francia—(Tena Camporesi, Reference Tena Camporesi2021; Camporesi, Reference Camporesi2023), extendiéndose hasta la primera posguerra británica con la propuesta de State Bonus del matrimonio cuáquero y laborista formado por E. Mabel y Dennis Milner. El segundo estrato corresponde al Dividendo Social, propuesto por Lerner y Meade en los años treinta, período en el cual la propuesta no solo se concibe como herramienta de alivio de la pobreza, sino como instrumento macroeconómico de gestión de los ciclos económicos. Desde allí se traza la transición hacia el INR (impuesto negativo sobre la renta), inicialmente como dispositivo contracíclico automático y, posteriormente, consolidado en las políticas antipobreza de los años sesenta y setenta en Estados Unidos bajo la lógica de la “preferencia por el efectivo”.Footnote 3 El tercer estrato remite a la configuración contemporánea: las actualizaciones de los Estados de bienestar europeos en los años ochenta y la expansión, en la periferia, de las transferencias monetarias condicionadas junto con los debates suscitados por las mismas. Sobre este panorama sintético, el texto de Gabriel Zaid, publicado en 1973 en Ciudad de México, condensa afinidades con algunos de estos estratos y, simultáneamente, introduce rasgos distintivos del contexto latinoamericano.
3. Las críticas al desarrollismo latinoamericano
Para comprender la propuesta de Gabriel Zaid de “repartir en efectivo” es fundamental situarla en el momento de crisis y críticas profundas al “desarrollismo” latinoamericano. En la región, su auge había dialogado con la expansión de los Estados de bienestar de posguerra, pero en los países del Sur global, como recordaba Gunnar Myrdal en 1972 refiriéndose a Asia, la planificación estatal había sido “la matriz intelectual” de la ideología de la modernización, donde la demanda de desarrollo nacional englobaba todos los esfuerzos de reforma política, social y económica (Myrdal, Reference Myrdal1972, p. 133). Bajo este marco conceptual, el fin de la pobreza se había considerado en los años de auge del desarrollismo como un efecto indirecto del crecimiento económico y no como un propósito específico de las políticas públicas, quedando la idea de redistribuir recursos monetarios directos lejos de la imaginación de economistas y formuladores de políticas.
La industrialización y las políticas de inspiración keynesiana apuntaban hacia metas mucho más amplias que acabar con la pobreza: el cambio social, la modernización o la paz internacional. En la región, sin embargo, esa planificación no fue solo un horizonte normativo, sino también lenguaje y práctica institucionalizada. En América Latina, buena parte de ese discurso se articuló en torno a la CEPAL, organismo de la ONU asociado a Raúl Prebisch, y al llamado “estructuralismo”. De ese núcleo surgieron intentos de “ingeniería regional” (integración comercial, uniones de pagos, mercado común) que buscaban pasar del consejo técnico a la operación, con el resultado de que la semántica cepalina trascendió la región y tuvo también eco en foros internacionales.Footnote 4 Aunque no es fácil incluir la enorme diversidad de pensadores en una única serie de postulados, “desarrollismo” ha sido una etiqueta eficaz para denominar el conjunto de pensamiento económico de esta época.
Sin embargo, hacia finales de los años sesenta, las limitaciones y contradicciones de este modelo desarrollista comenzaron a hacerse evidentes, propiciando que el debate mutara hacia la “teoría de la dependencia”. Esta corriente, desarrollada por pensadores como Theotonio Dos Santos, Fernando Henrique Cardoso, Enzo Faletto y André Gunder Frank (Gutiérrez, Reference Gutiérrez2011) replanteó algunos de los elementos fundamentales de las ideas sobre el progreso económico. Dos Santos resumió posteriormente así las posiciones que los acomunaban:
“La principal característica de toda la literatura que discutimos hasta ahora era, sin embargo, la visión del subdesarrollo como una ausencia de desarrollo. El “atraso” de los países subdesarrollados era explicado por los obstáculos que en ellos existía para su pleno desarrollo y modernización […] Aún países que presentaban tasas de crecimiento económico bastante elevadas, como los latinoamericanos, cuya independencia política había sido alcanzada a principios del siglo XIX, estaban limitados por la profundidad de su dependencia económica y política de la economía internacional. Su crecimiento económico parecía destinado a acumular miseria, analfabetismo y una distribución de renta desastrosa. Era necesario buscar nuevos rumbos teóricos” (Dos Santos, Reference Dos Santos2016, p. 11).
Fue desde la propia CEPAL, y en especial desde Brasil, que surgieron críticas a los planteamientos básicos del desarrollismo. María da Conceição Tavares y José Serra en Más allá del estancamiento (Reference Tavares and Serra1971) diagnosticaban los límites distributivos del modelo de industrialización por sustitución de importaciones: mientras el capitalismo brasileño parecía desarrollarse satisfactoriamente, la mayoría de la población permanecía en condiciones de gran privación económica debido al propio desarrollo de la parte “moderna” de la sociedad. En Dependencia y desarrollo en América Latina, Cardoso and Faletto (Reference Cardoso and Faletto2007/1969) cuestionaron los esquemas “economicistas” del desarrollo que dejaban de lado factores políticos y debían confrontar el fracaso de varias de sus predicciones, como la inestabilidad política en Brasil, el estancamiento económico en Argentina y la fuerte desigualdad en México: “Lo externo, en esta perspectiva, se expresa también como un modo particular de relación entre grupos y clases sociales en el ámbito de las naciones subdesarrolladas” (Cardoso and Faletto, Reference Cardoso and Faletto2007/1969, p. 20). El lugar de la dependencia pasó a manifestarse dentro de las economías nacionales, matizando la expectativa cepalina de autonomía vía mercado interno, donde una “alianza desarrollista” dividía el sistema productivo entre el sector industrial avanzado y el “tradicional”, fracturando así a la clase obrera (ibid., p. 50). Una crítica influyente a esta “razón dualista” fue el ensayo de Francisco de Oliveira “La economía brasileña: crítica a la razón dualista” (Reference De Oliveira1972). A la intervención estatal se superponían versiones de un “socialismo de los tontos” que veían la acción del Estado como positiva “sin plantearse nunca, ni unos ni otros, la vieja pregunta de los abogados: ¿a quién sirve todo esto?” (De Oliveira, Reference De Oliveira1972, p. 14).
En esta línea crítica al “dualismo”, surgió el concepto de “heterogeneidad estructural”. Como señala Dvoskin (Reference Dvoskin2024), este giro diagnóstico fue determinante para transformar las agendas de desarrollo: ante la evidencia de que el crecimiento industrial no generaba un derrame automático hacia los sectores tradicionales, la política social dejó de ser subsidiaria para convertirse en una herramienta central orientada a reducir dicha heterogeneidad. El diagnóstico dualista había promovido políticas que esperaban un “derrame desarrollista” y confiaban en que la expansión del sector moderno absorbería al de subsistencia; sin embargo, la experiencia mostraba que no existían mecanismos automáticos de transmisión. Como advirtió Pinto (Reference Pinto1970), el “foco exportador” irradiaba poco o nada hacia el “hinterland”: el primero “crecía” desde afuera; el segundo “vegetaba” con estímulos endógenos (Pinto, Reference Pinto1970, p. 83). Para estos autores, la noción de “heterogeneidad estructural” permitía evidenciar la necesidad de construir canales que entrelazaran ambos “mundos”.
4. México, en el contexto de debates al final del “desarrollo estabilizador”
Todo este conjunto de debates tuvo su expresión en México con las discusiones del final del llamado “desarrollo estabilizador” (Tello, Reference Tello2007, pp. 357–444). Esta es la etiqueta con la que se conoce el periodo de crecimiento de México de mediados de los cincuenta a comienzos de los setenta. Aunque hay diferentes periodizaciones, podemos considerarlos los gobiernos de López Mateos (1958–1964) y Díaz Ordaz (1964–1970).Footnote 5 Como en el conjunto latinoamericano, los años finales de los sesenta fueron un momento de reflexión y puesta en cuestión del modelo. Desde julio de 1951 CEPAL había establecido su primera oficina regional fuera de Santiago en Ciudad de México, lo que afianzó redes de trabajo con economistas del Banco de México, el Fondo de Cultura Económica, la UNAM y El Colegio de México; ese entramado hacía verosímil que las controversias cepalinas también circularan tempranamente por el ambiente mexicano. Francisco Suárez Dávila (Reference Suárez Dávila and Sotelo2005, p. 263) detecta cuatro corrientes principales de crítica en ese momento: la que denomina Escuela de Patrimonio Nacional, con Antonio Sacristán y Horacio Flores Peña; David Ibarra, en ese momento parte de la CEPAL; la Escuela Nacional de Economía, del lado de la teoría de la dependencia y el neomarxismo; y algunos autores extranjeros, especialmente desde Estados Unidos. En todas, con matices, también se estaban impugnando algunos de los supuestos del desarrollismo mexicano.
Un ejemplo representativo de estas críticas fue Fernando Carmona, parte de la Escuela Nacional de Economía, quien en su capítulo “La situación económica” del libro El milagro mexicano (1970), sostuvo que no se trataba de un desarrollo “estabilizador” sino “enajenador”, por la creciente proletarización (Carmona de la Peña et al., Reference Carmona de la Peña, Montaño, Carrión and Aguilar Monteverde1970): “el gran aumento de asalariados… equivale a trabajadores que han dejado de ser propietarios de sus medios de producción” (p. 52). La crítica apuntaba tanto a la idea de “etapas” como al capitalismo de Estado que ligó burocracia y capital. Guillermo Montaño dedicaba también una parte de su ensayo a criticar el “laberinto burocrático político” como “uno de los males sociales más nocivos y de más pesadumbre y honda raigambre en las sociedades capitalistas, y germen antirrevolucionario en no pocos países socialistas” (ibid., p. 107). En esta línea atacaba también a las cada vez más numerosas clases medias, importante sector de la burocracia, que terminaban por legitimar el sistema buscando también privilegios y poder, dejando “a la indigencia de los más”.
Respecto a las críticas externas, fue muy relevante la discusión generada por el libro de Raymond Vernon, The Dilemma of Mexico’s Development: The Roles of the Private and Public Sectors (Reference Vernon1963). Escribiendo desde la Universidad de Harvard, Vernon señalaba el agotamiento del modelo y la necesidad de reformas, dirigidas fundamentalmente a una mayor inversión privada y a cambios profundos en la élite de poder. El libro motivó una respuesta por parte de Ifigenia M. de Navarrete, investigadora en la UNAM, cofundadora de la CEPAL, y una réplica posterior de Vernon (De Navarrete, Reference De Navarrete1969; Vernon, Reference Vernon1969). En 1977 Clark Reynolds, desde Yale, publicaba también en El Trimestre Económico un artículo que generó amplia discusión sobre problemas “debajo de la superficie” (Reynolds, Reference Reynolds1977): urbanización acelerada, presión por el reparto agrario, deterioro distributivo, déficit comercial y estrechez fiscal. Este clima de críticas—que mezclaba economía, gestión y burocratización—también se observa en el texto de Arnaldo Córdova “Las reformas sociales y la tecnocratización del Estado mexicano” (Córdova, Reference Córdova1972). Refiriéndose al movimiento ferrocarrilero de 1958–59, Córdova intenta mostrar cómo existía un “sector de la intelectualidad mexicana” que se había ido integrando progresivamente en las estructuras del Estado y había dado un cambio sustancial a las políticas de desarrollo. Apoyados en el conocimiento especializado, muchos de ellos economistas, habían comenzado como consultores y se habían vuelto el sector más influyente en la política, legitimando cualquier reforma bajo un halo de tecnocracia.
En 1969 se había fundado también la revista Problemas del Desarrollo en el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, como otra muestra de la necesidad de esta fase reflexiva en la que estaba entrando la ciencia económica en relación con el “problema del desarrollo” y la cuestión del uso de categorías económicas extranjeras.Footnote 6 Elsa M. Gracida Romo (Reference Gracida Romo and Romero Sotelo2005) sostiene en esta línea que los 70 son los años en que las grandes narrativas económicas de la revolución entran en crisis, y florecen las discusiones también dentro de los propios funcionarios públicos entre “monetaristas” y “estructuralistas”, los primeros agrupados en el Banco de México y la Secretaría de Hacienda, y los segundos en la Secretaría de Economía (Gracida Romo, Reference Gracida Romo and Romero Sotelo2005, p. 285).
El 1 de diciembre de 1970 Luis Echeverría Álvarez, el que sería principal objeto de críticas de Zaid, rendía protesta como presidente de México con un discurso que muestra la influencia de que las críticas estructuralistas habían hecho mella en el discurso económico oficial: “No es cierto que exista un dilema inevitable entre la expansión económica y la redistribución del ingreso. Quienes pregonan que primero debemos crecer para luego repartir, se equivocan o mienten por interés. Se requiere, en verdad, aumentar el empleo y los rendimientos con mayor celeridad que hasta el presente. Para ello, es indispensable compartir el ingreso con equidad y ampliar el mercado interno de consumidores. Se requiere, también, que el esfuerzo humano sea más fecundo. Para lograrlo, es preciso igualmente distribuir: distribuir el bienestar, la educación y la técnica” (Memoria Política de México, s. f.).
5. Gabriel Zaid, y las razones de la preferencia por el efectivo
Una vez mostrado el clima y los grandes ejes del debate y lenguajes económicos que estaba sucediendo en esos años, vamos a intentar entender de qué forma Gabriel Zaid, autor polifacético, encaja en ellos en algunos de sus escritos económicos, normalmente poco leídos bajo esta luz. Zaid, tras la Revolución mexicana, había nacido en Monterrey en 1934 y se había graduado del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) como ingeniero mecánico, con una tesis con el título de Organización de la manufactura en talleres de impresión para la industria del libro en México (Magallanes Ramírez, Reference Magallanes Ramírez2004, p. 37).Footnote 7 Zaid buscaba ahí aplicar su conocimiento de ingeniería industrial en la optimización de la producción de libros con el fin específico de difundir la cultura. Entre la diversidad de personas cercanas a Zaid en este período de formación destacan: Rafael Dieste, exiliado antifascista español, editorialista y fundador de varias revistas, con quien Zaid mantuvo una larga amistad; el también poeta y político del PAN Jorge Eugenio Ortiz, a quien dedica su primer poemario; y obviamente Octavio Paz, a quien liga una larga amistad al menos desde 1959.
En 1958 Zaid llegaba a la Ciudad de México para trabajar como consultor y en 1967, con 33 años, publicaba en la capital mexicana sus primeros ensayos de crítica al mundo cultural.Footnote 8 Estos textos aparecieron en el suplemento de la revista Siempre!, La Cultura en México, manifestando una postura claramente crítica con el gobierno de Luis Echeverría.Footnote 9 Según el historiador Enrique Krauze, Zaid fue expulsado del suplemento por querer publicar la frase “El único criminal histórico es Luis Echeverría” tras la matanza de Tlatelolco (Krauze and Lassalle Ruiz, Reference Krauze and Lassalle Ruiz2022, p. 9). En 1971 surge la revista Plural por iniciativa de Julio Scherer García, y otros administradores y directivos del periódico Excélsior, bajo la batuta de Octavio Paz, que enseguida trae a Zaid como colaborador. Del mismo modo, las posturas críticas que la revista llevaba frente al gobierno de Echeverría probablemente fueron las que llevarían a su disolución y la fundación por parte de Octavio Paz de su sucesora, la revista Vuelta en 1976 (Albarrán et al., Reference Albarrán, Pereira, Rosado and Tornero2004).
Uno de los ejes de discusión más constantes de la revista desde su fundación fue la relación que debían de tener “los intelectuales” con Echeverría, tras la llamada Matanza del Jueves de Corpus del 10 de junio de 1971, donde fueron asesinados decenas de jóvenes por parte de fuerzas del Estado. Estos hechos, de algún modo enlazados con el movimiento estudiantil-popular de 1968, formaron parte de un amplio momento de movilización social, de represión política y “guerra sucia”, que terminaría con el proceso de reforma política de 1977. La publicación más celebrada de Zaid en esas primeras publicaciones fue la “Carta a Carlos Fuentes”, contestando al aclamado escritor mexicano, que había pedido el apoyo explícito de los intelectuales a Echeverría -comparándolo con Salvador Allende-, argumentando que la función de los intelectuales debía de ser crítica con el gobierno (Zaid, Reference Zaid1972). Esta posición sobre la autonomía de los intelectuales respecto al estado se iría volviendo la posición oficial de la revista, y en los años siguientes comenzaría a transitar hacia una crítica también más específicamente al discurso académico y su relación con el poder. Como detecta Gabriel Wolfson Reyes (Reyes, Reference Reyes2016) estamos también en el momento donde comienza a emerger un nuevo tipo de intelectual proveniente de las universidades, que desplaza al intelectual clásico de corte literario.
Según el propio Paz, el objetivo fundamental de la revista era expresar cierta inconformidad con las “fórmulas estereotipadas de la literatura política marxista de esos años”, así como de los norteamericanos, para recuperar la capacidad de “pensar en nuestros propios términos” los temas específicos latinoamericanos: “se trataba, en suma, de “recobrar el presente”, y para ello era necesario “recobrar nuestro pasado y, sobre todo, recobrar la conciencia de nosotros mismos” “(López-Mijares, Reference López-Mijares2004, p. 79). En términos políticos, la matanza de Tlatelolco (1968) durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y los sucesivos años de guerra sucia del Estado, la invasión de Estados Unidos a la República Dominicana (1965–1966), así como la creciente crítica hacia “el desarrollismo” y su estrategia de modernización que antes señalábamos, marcaban buena parte de la esfera de debate en la que Plural quería intervenir: “Una revista de ideas que aportara al debate del momento no sólo argumentos para entender la coyuntura peculiar de América Latina, campo privilegiado del enfrentamiento bipolar, sino visiones integrales sobre el proceso histórico de la región, los dilemas sobre su futuro y las alternativas que debía construir en la búsqueda de un desarrollo propio, no adocenado por las ideologías o los intereses foráneos” (López-Mijares, Reference López-Mijares2004, p. 80).Footnote 10 Durante los años de publicación de esta revista, Zaid, gracias a tener una columna fija, Cinta de Moebio, dedicada a lo que podríamos llamar una crítica a los fundamentos de la economía moderna “y quizás a la modernidad en su conjunto”, fue el autor con más publicaciones (López-Mijares, Reference López-Mijares2004, p. 90).Footnote 11
Su primer artículo en Cinta de Moebio, “El Estado proveedor”, en el número 25 de octubre de 1973, contiene ya una referencia a la cuestión de la “preferencia por el efectivo”. Este artículo venía precedido por el de “Política Económica y Política Política” de Daniel Cosío Villegas, que muestra también algunos de los ejes del debate económico de coyuntura. En su artículo, Cosío Villegas analizaba las políticas sociales contra la inflación del gobierno de Echeverría, tratando de visibilizar cómo las medidas de “economía política” siempre eran en el fondo de “política política”, porque trataban de mediar y decidir a qué grupos sociales favorecer. Ante esto, Villegas pensaba que el Estado debía recobrar su papel nivelador de la desigualdad y mediador entre los diferentes sectores. Se lamentaba por ello de la renuncia a una reforma fiscal que había llevado al gobierno de Echeverría a buscar un aumento de los ingresos eliminando subsidios a las empresas estatales, lo cual había empujado a productos como el azúcar a un aumento de precios empujando la inflación.
En las páginas siguientes, Gabriel Zaid ponía negro sobre blanco sus primeros supuestos de política económica. Centrándose en el problema de la desigualdad de ingresos, sentenciaba que la receta de “tomar dinero de los que tienen, y darles bienes y servicios a los que no tienen” no había funcionado (Zaid, Reference Zaid1973a). El “enredo” se producía cuando las funciones “igualadoras” y de “dirección económica” del Estado se mezclaban y los intereses de los grandes empresarios y burócratas cuya viabilidad dependía del Estado creaban “la ilusión que para cumplirlas mejor (igualar los ingresos, dirigir la economía) nada mejor que el crecimiento del aparato productor de bienes y servicios estatales […] sería extraño que en este río revuelto las ganancias fueran para los pobres” (ibid.). Zaid ya sugiere aquí que ante la ineficiencia y corrupción de estos servicios, es probable que muchos “pobres” prefirieran recibir dinero en efectivo que estos servicios a los que no accedían ni les ofrecían lo que necesitaban. El argumento de Zaid es que “la utilidad monetaria marginal de los pobres es inmensa en comparación con la utilidad marginal en especie” (ibid.). Finalmente, el presupuesto federal de los servicios en especie dados por el Estado producía riqueza para la clase media, dejando a los pobres de lado. “El Estado mexicano produce automóviles, así como la gasolina, calles, electricidad, alumbrado público y dirección de tránsito para que circulen. ¿Pero en qué beneficia todo esto a los lacandones?” (ibid.). Y sentencia: “¿Para qué sirve aumentar los impuestos? Para que un sector de la clase media prospere y produzca más para el resto de la clase media” (ibid.). Aunque aquí no se hace ninguna propuesta alternativa concreta, están puestos sobre la mesa todos los argumentos fundamentales de Zaid para optar por “el efectivo” frente “a la especie”.
Estos planteamientos se desarrollarán en el siguiente número, noviembre de 1973, ahora sí titulado “Repartir en efectivo”, donde hace su primera propuesta que podemos leer claramente como RBU: “Todo ciudadano es socio de la sociedad, y por tanto tiene derecho a cobrar un dividendo sobre la renta nacional” (Zaid, Reference Zaid1973b, p. 40). Aunque en esta frase se refiere a “todo ciudadano”, los primeros cálculos que ofrece Zaid son sobre “la familia”, elemento de confusión que sería constante en estos años al abordar este tema. En esta primera propuesta, Zaid propone “unos 2000 pesos anuales” que saldrían de un fondo donde “cada quien” aportaría entre el 5% y el 10% de sus ingresos. Con esta fórmula calcula que quienes ganarían en torno a 40,000 pesos anuales quedarían igual, mientras que el 80% de la población restante serían ganadores netos, algunos duplicando su salario. Más allá de la definición específica, que en los escritos siguientes irá afinando, la idea de Zaid es que esta propuesta es, sobre todo, moralmente positiva: es inmediata y no transfiere más dinero únicamente a la clase media a través del Estado.
Para Zaid, la resistencia estatal a esta medida radicaría en que, si no existiera la pobreza y la desigualdad, el Estado perdería parte de su legitimidad “como a los médicos les conviene la enfermedad […] Por eso, en términos realistas, no se puede esperar que el Estado emprenda una redistribución radical del ingreso suprimiendo gran parte de su oferta y repartiendo en efectivo” (ibid.). La lógica es clara: tomar dinero de los que tienen para dárselo a los que no tienen sirve menos para el “crecimiento estatal” que ofrecer ayuda en especie, pues esta última modalidad requiere de aparatos burocráticos expandidos.
La imagen general que presenta Zaid es la de unas clases medias que utilizarían la retórica de querer acabar con la desigualdad y la pobreza como pretexto para enriquecerse, dejando sistemáticamente fuera al resto: “No quedan fuera sino los marginados, unos cuantos testarudos y los millones que tuvieron la mala suerte de nacer lacandones, tarahumaras, etc., para los cuales no hay sino la vaga esperanza de que vayan siendo integrados, no se sabe cómo”. Los marginados, apunta Zaid, no sirven ni siquiera como reserva de mano de obra, sino únicamente como “reserva de buenos sentimientos”.
Llevando este razonamiento a sus últimas consecuencias, Zaid sugiere que tomar una medida de redistribución directa sería una manera de acabar con la función misma del Estado (sueño del anarquismo, el socialismo y el comunismo de Marx, señala), tanto como acabar con el ejército y la policía. En esta línea, los burócratas no estarían dispuestos a aceptar una redistribución ni siquiera a nivel federal hacia los municipios, ni tampoco una que sirviera para disminuir la desigualdad entre los propios empleados públicos. “Por todo lo cual, parece más realista abogar por un porcentaje redistributivo pequeño del ingreso nacional, aceptando incluso que se mantengan los otros impuestos” (ibid., p. 41).
A esta crítica al aparato estatal, Zaid añade un segundo punto, en general menos recordado pero igualmente central para comprender el conjunto de su propuesta: “La falta de una oferta efectiva para los pobres”. Un cambio redistributivo radical como la RBU implicaría también una transformación en los patrones de consumo: “Aumentar los impuestos aumenta la demanda de elevadores, alfombras y caoba, así como el empleo de universitarios y choferes. Redistribuir en efectivo aumentaría la demanda de alimentos y el empleo de campesinos”.
Zaid propone aquí que una medida de este tipo debe ir acompañada de una reforma del lado de la oferta: que los bienes y servicios “vayan realmente al caso de las necesidades de los pobres (empezando porque vayan, no tengan que mendigarse peregrinando de oficina en oficina por el Distrito Federal)”. En concreto, Zaid se refiere a una reforma que permita “muy en particular, una oferta efectiva de medios de producción, sobre todo medios para producir alimentos”. Así, el Estado, junto a la RBU, debería redistribuir también medios de producción y capacitación técnica de forma focalizada.
El argumento se ilustra con ejemplos concretos: una familia rural con una máquina de coser o equipo artesanal puede producir ropa u otros bienes en el campo y competir exitosamente, mientras que tratar de vivir solo del maíz de subsistencia vendido en mercados dominados por agroindustrias resulta finalmente inviable. De este modo, Zaid trata de abordar la paradoja de que los campesinos sean precisamente quienes más desnutrición y desempleo padecen: “no comen porque no hay alimentos, no hay alimentos porque no los producen y no los producen porque están desocupados” (ibid.).
En síntesis, Gabriel Zaid propone una redistribución doble: por un lado, redistribución del ingreso en efectivo y, por otro, redistribución de los medios de producción, es decir, acercar a los pobres las herramientas, el financiamiento y las tecnologías para que ellos mismos produzcan. Zaid desarrollaría mucho más estas ideas en las sucesivas modificaciones y aclaraciones incluidas en la recopilación de artículos que publicó en Siglo XXI en 1979 como El progreso improductivo. Footnote 12 Ahí, de forma notable, cita a Aristóteles como fuente de inspiración de su propuesta: “Aristóteles, Ética nicomaquea. Política, pp. 272–273 (Política, VI, 3), habló de suprimir servicios públicos inútiles, repartir dinero en efectivo y fomentar que los pobres fueran dueños de sus propios medios de producción” (Zaid, Reference Zaid1979, p. 164).
Ese libro constituye una reelaboración de la mayoría de los 30 artículos publicados en la revista Plural (1972–1976) y posteriormente de 3 en Vuelta (1977–1978), otorgando una forma más estructurada y consistente al conjunto de sus ideas. Ahí es posible apreciar con mayor claridad algunos de sus argumentos económicos y las lecturas que le ayudaron a sustentar sus posiciones, entre las que puede encontrarse el trabajo del ya mencionado Aníbal Pinto y su argumento en Inflación: raíces estructurales (1973).
Zaid cita esta frase de Pinto sobre el problema de algunas formas de gasto público con consecuencias regresivas: “Hay razón para pensar que la despreocupación por este último aspecto (que en cierto modo es otra señal de la inclinación por reproducir mecánicamente directrices en boga en los países más desarrollados) ha sido uno de los elementos responsables del poco éxito de las intenciones redistributivas en las comunidades adolescentes” (Zaid, Reference Zaid1979, p. 322). Insiste ahí en cómo la redistribución ha terminado por ser “dentro del propio sector moderno” y no “del sector moderno a la población más pobre”. También en la bibliografía muestra haber leído el trabajo de Pinto La CEPAL y el problema del progreso técnico (1976) , donde el economista de la CEPAL propone el concepto de “heterogeneidad estructural” que también analizamos más arriba.
Esto resulta significativo porque, en el fondo, Zaid está extrapolando las conclusiones que Pinto plantea en términos internacionales—que la concentración de los frutos del progreso técnico en los países del centro genera una serie de relaciones estructurales que van a condicionar su desarrollo—a la situación mexicana respecto al “sector moderno” y el resto del “sector agrícola y pobre”, la misma operación conceptual que se estaba realizando en las teorías de la dependencia, como señalamos más arriba.
La similitud del argumento se aprecia claramente en palabras del propio Pinto: “los frutos del progreso técnico han tendido a ser acaparados de preferencia por quienes se encuentran más vinculados orgánicamente a los núcleos productivos y territoriales del estrato moderno. En otras palabras, una difusión parcial y selectiva del progreso técnico ha llevado a una nueva modalidad de concentración del mismo y, lo que es más importante, de sus frutos. La relación entre los dos aspectos se percibe muy claramente si se considera la naturaleza de los bienes y servicios que produce de preferencia el sector modernizado. En general ellos están destinados, directa o indirectamente, a satisfacer los módulos de consumo de los grupos de mayores ingresos” (Pinto, Reference Pinto1976, p. 275).
Zaid argumenta en el Progreso Improductivo que los servicios terciarios (salud, educación, etc., clasificados como atención personal) tienden a encarecerse crónicamente frente a los productos materiales (primarios/secundarios) que sí tienen economías de escala. Por lo tanto, el progreso que se ofrece (trasplantes, universidades) es imposible de generalizar a toda la población, independientemente de la voluntad política, ya que la productividad de la atención personal prácticamente no aumenta. Por lo tanto, para Zaid, finalmente el Estado no debe ser el proveedor paternalista de servicios caros, sino que su rol restante debe ser generar tecnología de bajo costo que permita la producción doméstica (como el molino de nixtamal, o la ingeniería por correo) para que los pobres puedan atenderse a sí mismos. La intervención estatal se justifica si facilita la autosuficiencia. Esta lectura de Zaid sobre la necesidad de fortalecer la base agrícola puede ser interpretada, además, a la luz de la preocupación estructuralista por la restricción externa que dominaba el debate cepalino de la época: en un contexto donde la escasez de divisas condicionaba la capacidad de importar bienes intermedios, reforzar la producción doméstica de alimentos tenía implicaciones no solo sociales sino también macroeconómicas. Sin embargo, Zaid no formula explícitamente esta conexión, centrándose más bien en el problema de la demanda efectiva y la capacidad productiva local.
Es decir, a su manera, podemos ver en estos primeros textos económicos de Zaid muchos de los argumentos y temas que estaban en discusión durante esos años respecto al “desarrollismo” latinoamericano y sus límites. “El cielo que nos tiene prometido el progreso no acaba nunca de llegar. Una gran parte de la población vive en el limbo o en el purgatorio o el infierno: al margen de una vida mejor o descontenta de sus efectos contraproducentes” (Zaid, Reference Zaid1979, p. 11). Con estas palabras comienza el prólogo de su libro. La idea que sí parece enteramente de Zaid en el contexto latinoamericano es la de que una forma de afrontar algunas de estas limitaciones y contradicciones es a través de una RBU.
En El progreso improductivo, en las notas del capítulo sobre “repartir efectivo”, Zaid admite conocer la propuesta de Friedman del Impuesto Negativo sobre la Renta que aparece en el capítulo XII de Capitalismo y Libertad (1963). Como mencionamos en la introducción, esta propuesta es considerada por muchos una propuesta hermana de la RBU, pero Zaid parece detectar con lucidez cuál es una de sus principales diferencias: “Esto tiene el inconveniente de castigar los aumentos de ingresos (con un impuesto negativo menor) y de reducir a cero el beneficio cuando el contribuyente llega al nivel de ingresos por abajo del cual cobraba impuesto negativo” (Zaid, Reference Zaid1979, p. 172). Para Zaid, este “castigo” es un error de diseño fundamental: al vincular el beneficio a la carencia de ingresos, el sistema de Friedman contradice el objetivo de fomentar la autonomía económica, algo que la propuesta de Zaid—planteada como un dividendo ciudadano independiente de los ingresos laborales—evita por definición.
En 1973, Benjamín Retchkiman Kirk, profesor de finanzas públicas y política fiscal, de origen ruso, en la UNAM, publicaba con el Instituto de Investigaciones Económicas Aspectos Estructurales de la Economía Pública. Ahí, entre otros temas, presentaba el conjunto de debates que se estaba dando en Estados Unidos al respecto de las reformas de las políticas de seguridad social, tras el fallido intento de Nixon de implementar el llamado “Plan de Asistencia Familiar” en 1972: “que incluye una serie de propuestas la cual más revolucionaria [..] se habla de una asignación a todo hombre, mujer o niño para que alcancen un nivel mínimo de vida; también se habla aquí del impuesto negativo del ingreso personal y del plan de ayuda familiar que tienen una relación íntima entre sí y que son aportaciones norteamericanas a la literatura relativa” (Retchkiman Kirk, Reference Retchkiman Kirk1973, pp. 13–14). Centrado en las discusiones estadounidenses, Retchkiman no parecía haber notado entonces la propuesta de Zaid en México. Al no ser el escritor regio un académico o un economista formal, parece razonable pensar que la propuesta no hubiera tenido eco en esos años fuera de los círculos literarios de Plural.Footnote 13
En el contexto de la creciente influencia del pensamiento económico estadounidense sobre la profesión mexicana en estas décadas, ampliamente documentada por Babb (Reference Babb2001), no resulta sorprendente que un autor como Zaid conociera de primera mano la propuesta de Friedman del NIT. Sin embargo, Zaid procesa estas ideas desde una óptica externa a la academia oficial, entendiendo el NIT -teórico y experimental- más como una propuesta de reforma fiscal que trataba de beneficiar a los más pobres pero que finalmente castigaba el aumento de los ingresos, que como un sistema de prestaciones universal. En el artículo de Zaid de 1973 pueden observarse claramente algunos de los elementos fundamentales de la propuesta específica de RBU como una transferencia monetaria pagada de forma universal e incondicional como derecho de ciudadanía, pero no hay mención a su implementación a través del sistema fiscal—más allá de un fondo—, cuestión central de la propuesta de Friedman. Esta es una propuesta quizás más cercana a los planteamientos de Robert Theobald (Reference Theobald1963) y de lo que se llamó “ingreso garantizado”, también muy presente en el debate público estadounidense, pero del que no parece haber ninguna pista de que Zaid lo conociera.
6. Conclusiones
Este artículo ha defendido que Gabriel Zaid constituye un capítulo ignorado en la historia intelectual de la Renta Básica Universal (RBU) en América Latina. La propuesta en 1973 de “repartir en efectivo” es una formulación verosímil de RBU en el México del final del desarrollismo, pensada desde los lenguajes que dominaban el diagnóstico regional. Si bien los límites de las políticas económicas de postguerra y el problema de la pobreza son marcos compartidos con las discusiones estadounidenses, la especificidad de la propuesta de Zaid radica en abordar el problema del campesinado mexicano, el trabajo informal y su falta de integración en los mecanismos distributivos del estado y “la modernidad”. En el contexto latinoamericano, estas críticas eran más o menos ampliamente compartidas, pero Zaid parece ser el único que presenta una propuesta de RBU—coaligada al reparto de medios de producción para “pobres”—como una forma de solucionar este problema.
Este recorrido, que partió de los lenguajes y controversias latinoamericanas y descendió hasta la especificidad de Zaid en México, muestra también la utilidad del enfoque metodológico propuesto para comprender en varios niveles esta propuesta. La formulación de Zaid de “repartir en efectivo” como derecho ciudadano—”Todo ciudadano es socio de la sociedad y, por tanto, tiene derecho a cobrar un dividendo sobre la renta nacional”—captura nítidamente el núcleo semasiológico conceptual de la RBU dos décadas antes de que América Latina apareciera en las historias canónicas de esta idea. En términos de intenciones, es decir, para entender qué estaba haciendo Zaid con la publicación de esta propuesta, podemos decir claramente que estaba interviniendo en el espacio de debate intelectual que comenzaba a construirse en torno Octavio Paz. El objetivo del grupo era generar una alternativa al marxismo tradicional a partir de un pensamiento propio en el campo cultural mexicano. Zaid, en la revista Plural, atacaba así el conjunto del régimen político y económico, en ese momento encabezado por Echeverría, acusándolo de estar fomentando solo a un “sector moderno”.Footnote 14 Con la propuesta de “repartir en efectivo”, en un tono provocador y en ocasiones irónico, estaba generando propuestas concretas de política económica para este grupo a partir del lenguaje dependentista crítico con el desarrollismo. Zaid daba sentido a su propuesta precisamente a partir de la confrontación con la “alianza desarrollista” de la que hablaban los críticos de la CEPAL entre la burguesía industrial y las masas urbanas en torno al estado. Esto le permitía criticar el estado junto al mito de la modernidad y el progreso, apoyándose en una preocupación por la pobreza, la desigualdad y la marginación del campesinado, los indígenas y los trabajadores informales.
Visto desde el punto de vista general de esta historia y los diferentes estratos de sentido asociados a sus distintas formulaciones, este capítulo mexicano de la historia intelectual de la RBU muestra afinidades claras con la “preferencia por el efectivo” frente al “reparto en especie”, más cercano al NIT de Milton Friedman, contemporáneo de Zaid, pero incorpora también el problema del reparto de la tierra y los medios de producción más cercano al sentido que le daban Thomas Paine y Thomas Spence a finales del XVIII. Esta preocupación por la producción acerca a Zaid también a intuiciones del socialismo utópico de principios del XIX como las de Charles Fourier, quien advertía sobre los riesgos de un mínimo social sin una reorganización productiva. Pero Zaid parece responder a esta misma inquietud no mediante la ingeniería social de las pasiones (como Fourier), sino mediante la dotación de capital físico que haga al trabajo autónomo viable y productivo para el sector informal, y sin introducir ningún matiz al principio de incondicionalidad en su propuesta.Footnote 15 La redistribución conjunta de ingresos—de forma universal—y medios de producción de alimentos—de forma focalizada—constituyen sin duda un rasgo propio y novedoso de esta propuesta mexicana que amplía la cartografía internacional de esta historia y sus diferentes estratos de sentido. Esta formulación muestra cómo las discusiones globales sobre RBU se han nutrido también de tradiciones intelectuales diversas y no siempre reconocidas.
Sin embargo, este análisis también pone de manifiesto las dificultades para establecer el impacto real de propuestas como la de Zaid. Al circular la propuesta principalmente en redes intelectuales asociadas a Plural y posteriormente a Vuelta, su influencia directa en el debate sobre formulación de políticas públicas resulta difícil de demostrar. Por un lado, tenemos testimonios recientes de proponentes de la RBU como Pablo Yanes en México que muestran cómo, en realidad, fueron algunas discusiones europeas las que resonaron para pensar los problemas mexicanos (en entrevista con Tena Camporesi, Reference Tena Camporesi2025). Pero, por el otro, también toma cuerpo la hipótesis de que estas ideas resonaron precisamente porque tenían un sentido propio contextual, que no implica una simple importación de ideas, y que Zaid ya había captado.
Desde los debates contemporáneos sobre la RBU, la persistencia de mercados laborales altamente informales y segmentados en México y en buena parte de América Latina se ha convertido en uno de los argumentos más recurrentes para defender la universalización de las prestaciones monetarias: allí donde los sistemas contributivos no alcanzan a la mayoría de la población, una RBU se presenta como la única vía para articular ciudadanía social y seguridad de ingresos. Pero Zaid, preocupado por el problema del desempleo campesino y la falta de oferta productiva local, no concibe el “repartir en efectivo” como una política autosuficiente, sino como una medida que debe ir acompañada de la redistribución de medios de producción para que los pobres puedan producir. Su cautela no es ideológica (desconfianza de la incondicionalidad) sino económica: sin transformar la capacidad productiva, el dinero podría no encontrar qué comprar localmente. Aunque Zaid formuló esta observación décadas antes de la integración comercial de México con Norteamérica, su intuición cobra hoy una vigencia renovada: entregar recursos monetarios sin fortalecer la capacidad de producir localmente podría terminar financiando importaciones y profundizando relaciones de dependencia.
La investigación futura deberá abordar varias cuestiones que este trabajo no puede resolver completamente. En primer lugar, sería necesario hacer un recorrido diacrónico de la evolución de esta propuesta en los escritos de Zaid, ya que ha seguido replanteando la propuesta hasta momentos muy recientes, e ir viendo su evolución al respecto.Footnote 16 En segundo lugar, mapear de manera más sistemática las redes de influencia entre los intelectuales asociados a Plural/Vuelta y los espacios de formulación de políticas en administraciones posteriores. El hecho de que algunos colaboradores de estas revistas hayan ocupado cargos públicos sugiere canales de influencia indirecta que requieren investigación más detallada. En tercer lugar, el análisis comparado con otros países latinoamericanos podría revelar episodios similares que han permanecido igualmente invisibles en las historias estándar de la RBU. La identificación del caso mexicano plantea la posibilidad de que otros contextos nacionales hayan desarrollado formulaciones tempranas con otras palabras que no han sido incorporadas al canon internacional.
Aunque es difícil establecer líneas de influencia directa entre la propuesta de Zaid y desarrollos posteriores de política social en México, resulta llamativo que el debate mexicano contemporáneo sobre RBU haya incorporado algunos elementos presentes en su formulación temprana. La crítica al paternalismo burocrático y la corrupción asociada a la discrecionalidad de asignación de recursos, la preocupación por la integración de poblaciones marginadas del sector informal, han sido, por ejemplo, argumentos centrales de las propuestas más recientes de Pensión Universal para adultos mayores en México. La capacidad de la propuesta de RBU para articular tanto propuestas desde la izquierda como desde la derecha en el debate político mexicano tiene antecedentes claros en algunas ambigüedades de la formulación original de Zaid, por ejemplo, a la hora de definir la magnitud y el tipo de “oferta estatal” que debe subsistir, más allá de la redistribución en efectivo y el fomento de la autosuficiencia descentralizada.Footnote 17
Finalmente, considero que el reposicionamiento de la propuesta de Gabriel Zaid sugiere también una intuición más general: que las historias intelectuales de ideas económicas globales requieren aproximaciones que no reproduzcan automáticamente jerarquías centro-periferia en términos de surgimiento-adopción. Esto parece especialmente claro en el contexto de la centralidad del pensamiento económico de la CEPAL y su capacidad de generar debates y propuestas políticas en países latinoamericanos. De la misma manera que no es posible mostrar una evolución lineal en el tiempo de la idea de RBU, en la que cada caso recoge y actualiza una propuesta anterior, ocurre de manera análoga cuando nos movemos a través del espacio. Aunque Zaid no fuera propiamente un economista y no estuviera aislado de debates—especialmente estadounidenses—, su propuesta estaba claramente impregnada de lenguajes económicos cepalinos y su universo de controversias. La preferencia por el “efectivo” frente a “la especie” no fue simplemente una anticipación o aporte mexicano a debates globales, sino una intervención específica en discusiones latinoamericanas sobre desarrollo, modernización y justicia distributiva que, además, conserva su relevancia para los debates contemporáneos sobre el futuro de las políticas sociales en la región. El hecho de que acompañara de forma explícita esta idea con una propuesta de repartir de forma focalizada también medios de producción “baratos y eficientes” para la producción doméstica y rural refuerza esta especificidad.
Agradecimientos
Me gustaría agradecer a Juan Odisio y al espacio del Congreso SECOLAS, donde se discutió parte del contenido de este artículo; a Humberto Beck (El Colegio de México), por su orientación en las fases iniciales de esta investigación; al Congreso de Historia Intelectual de América Latina (CHIAL) como espacio de discusión colectiva; así como a Óscar Ugarteche y al Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM en el marco de mi estancia como posdoctorante del Programa de Becas Posdoctorales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ciudad de México.
Uso de inteligencia artificial
El autor declara que utilizó la herramienta ChatGPT (OpenAI) exclusivamente para apoyo en tareas de corrección lingüística y de estilo. Todo el contenido intelectual, las interpretaciones y las conclusiones son responsabilidad exclusiva del autor.